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España es más que el ministro

El país merece un cargo clave en el Banco Central Europeo; pero no debe equivocarse en el perfil de su candidatura

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El ministro de Economía, Luis de Guindos. EFE

A España le corresponde un cargo relevante en la cúpula del Banco Central Europeo (BCE). Por peso específico. Y para deshacer el entuerto de 2012, cuando no pudo conservar el puesto del consejero ejecutivo de José Manuel González Páramo, al proponer un sustituto de perfil inadecuado.

Contra la apariencia, el puesto clave para la elaboración de la política monetaria (equilibrada, como hasta hoy) no es la vicepresidencia, que pronto deja el portugués Vítor Constâncio. Sino el de economista-jefe, que el belga-alemán Peter Praet dejará vacante luego.

Aquel es más mediático, releva al presidente ausente: parece ilusionar personalmente al ministro Luis de Guindos. El de Praet es sustantivo. Requiere un perfil de gran especialista en política monetaria: lograr ese puesto conviene más a los intereses de España, porque ayuda más a conjugar los fines de la eurozona con los de su componente sureña.

Guindos es un buen macroeconomista. Pero no un especialista en política monetaria. Es su deber —como tipo sagaz—, y del Gobierno, colocar los intereses generales por encima de los particulares. ¡Buscad una/un especialista!

Sobre todo si, además, él exhibe otros flancos débiles. Formalmente, por ser ministro en ejercicio (sin pasar por una cuarentena de banquero central local), lo que puede friccionar con la independencia de Fráncfort.

La independencia es exigencia histórica. Y jurídica: va en el artículo 7 del Estatuto del BCE —ni aceptar ni dar instrucciones políticas—, ese principio de la mujer del César.

Pero además acarrea obstáculos debidos a una trayectoria personal muy fermentada en el sector bancario, con disfunciones y eventuales conflictos de interés.

Luis de Guindos militó en la filial de Lehman Brothers para España y Portugal entre 2004 y la bancarrota de 2008 (el último bienio, como presidente). El banco de las subprime repartió sus activos ficticios por el país.

Como tal asesoró a la Caja de Ahorros del Mediterráneo en su emisión de cuotas participativas, una suerte de acciones sin derecho a voto. Esa operación debería “ser estudiada por las mejores escuelas de negocios” (proclamó el 24-5-2008), pues marcaba “la historia de éxito de la CAM”.

La entidad fue intervenida poco después (en 2011); vendida por un euro; con las cuotas a cero, y 54.000 pequeños ahorradores damnificados. Generó grandes pérdidas: “Puede acabar teniendo un coste de 15.000 millones”, reconoció en enero de 2014 ante el Congreso.

Y presidió (2010 y 2011) el comité de auditoría del Banco Mare Nostrum (BMN), una fusión fría de cajas (las que criticó cuando fracasaron). Al final la salvó Bankia, a la que Guindos procuró abundante liquidez europea.

Sería bueno que si se decide a formalizar su candidatura, el aspirante acreditase antes su cumplimiento del artículo 7 de la ley de incompatibilidades de 2006. El que obligaba a inhibirse en decisiones sobre empresas relacionadas dos años antes de tomar posesión. Europa no suele obviar ese tipo de filtros.

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