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CARTAS AL DIRECTOR

Los efectos de la nube volcánica

Un grupo de científicos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) estamos siguiendo con perplejidad, no exenta de profundo malestar, los terribles efectos de la nube de partículas que se extiende por Europa sin que nadie sepa qué hacer con ella. Pero lo que más nos está haciendo sufrir es oír en los medios de comunicación que los científicos estamos inermes y no hemos sabido prepararnos para una situación como esta.

Pues bien, quiero informarle de que hace más de 20 años, como consecuencia de una situación semejante a la actual (la nube tóxica producida en la central nuclear de Chernóbil), el Instituto de Elementos Transuránidos (IET) de Karlsruhe, perteneciente a la Unión Europea, se puso en contacto con el grupo de investigación que yo dirijo (Grupo de Ultrasonidos de Potencia del CSIC) para aplicar una tecnología desarrollada por nuestro grupo (precipitación de partículas por ultrasonidos) a la precipitación de estas nubes como "única tecnología existente con potencial para atacar este tipo de problemas". Se estableció así una colaboración entre el CSIC y el IET y durante más de cuatro años trabajamos en el desarrollo de esta tecnología a nivel experimental.

Los resultados fueron positivos, pero en un momento dado había que dar el paso de cambio de escala, desde lo experimental en laboratorio a la realidad de precipitar nubes de grandes dimensiones.

Evidentemente, este paso requería una fuerte inversión, pero como el tema Chernóbil ya se había enfriado, la inversión no se llevó a efecto y la tecnología desarrollada quedó congelada. Los resultados se recogieron en varias publicaciones internacionales e incluso en programas televisivos (un programa de la serie Beyond two thousand fue dedicado al tema). Y así quedó la cosa.

Una vez más, la falta de visión política a largo plazo ha impedido disponer de soluciones cuyo desarrollo hubiera sido infinitamente menos costoso que las grandes pérdidas económicas que está sufriendo nuestro continente.

Así pues, tiene que quedar claro que la culpa de no disponer de medios técnicos para abordar este problema y otros similares no ha sido precisamente de los científicos.- Juan A. Gallego-Juárez. Profesor de Investigación del Grupo de Ultrasonidos de Potencia. CSIC. Madrid.

Parece que la Tierra se haya propuesto, mediante la erupción de un volcán, abrirnos los ojos al loco estilo de vida que, artificialmente, nos hemos montado los humanos.

Europa lleva días sumida en el caos y todo porque los aviones no es que no salgan a la hora (cosa que, más o menos, toleramos), sino porque, simplemente, no salen. Da qué pensar el que la pérdida del norte no haya sido sólo consecuencia de no haber podido coger un avión en esa dirección, sino que también lo sea en sentido figurado porque ¿es normal llegar a pagar 2.000 euros por viajar en taxi para llegar a una determinada cita en un determinado lugar?

Seamos realistas. Puede que, en el 1% de los casos, el llegar o no a un lugar sea cuestión de vida o muerte. Pero ¿y en el otro 99%? ¿Realmente era necesario? ¿No se puede aplazar una reunión? ¿No podemos llegar un día más tarde al trabajo? ¿No somos capaces de frenar un poco nuestras vidas y no dejarnos llevar por este ritmo frenético que nos arrastra?

De vergüenza... Es de vergüenza que, con todas las injusticias que suceden a nuestro alrededor, la sensación de caos llegue de la mano de un frívolo colapso aéreo. Quizá, más que los aviones, sean nuestros cerebros los que se están colapsando. Si no, no me lo explico...

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 22 de abril de 2010