Al otro lado del muro

Veinte años del derrumbe del Muro y todavía estamos investigando quiénes moldearon la piqueta. La BBC ha emitido un documental llamado How the Beatles rocked the Kremlin, donde Leslie Woodhead argumenta que los de Liverpool fueron decisivos en la desintegración de la URSS. Poniéndose medallas, Keith Richards desarrolla similar argumento en la Biografía desautorizada (Global Rhythm), de Victor Bockris: "Aparte de los pantalones vaqueros, la música ha tenido probablemente más efecto en la caída del muro de Berlín y de la Unión Soviética que todos los misiles y los políticos juntos". Y eso que el guitarrista de los Rolling Stones seguramente ignora que el teniente de la Stasi que decidió finalmente abrir la frontera berlinesa se apellidaba Jäger...
"La guitarra eléctrica es una enemiga del pueblo soviético", dijo Nikita Jruschov en los sesenta
Hay un fabuloso anecdotario que refleja la pasión por el rock de los jóvenes que padecían el socialismo real: los discos copiados en placas de rayos X, los robos para elaborar equipos de sonido, la escucha clandestina de la Voice of America y otras emisoras occidentales. Evitemos la nostalgia boba: aquella opción estética comportaba graves riesgos. Lo de menos era que te raparan el pelo en una comisaría: en la Cuba de los sesenta, disfrutar del rock (y llevar las pintas correspondientes) te podía llevar a un campo de trabajos forzados. Más suavemente, aquella película de Radoslaw Piwowarski llamada Yesterday explicaba la imposibilidad de seguir a los Beatles y sus pautas vitales en un pueblo polaco.
Pero Yesterday se rodó -esto es importante- en 1984, bajo el régimen del general Jaruzelski; casi todos los Gobiernos comunistas dejaron de pelearse con el rock, tolerando su variedad local. Durante los ochenta, era posible conseguir esos exóticos discos en la Fiesta del PCE, en la Casa de Campo madrileña. En los puestos de los "partidos hermanos" de Europa del Este, dependientes taciturnos vendían elepés entre sus productos de artesanía. Inútil preguntarles sobre los contenidos -eran funcionarios, no disqueros-, pero podías arriesgarte y comprar a ciegas: costaban cien, doscientas pesetas.
Entrados los noventa, todo aquello había sido barrido sin piedad. Particularmente cruel fue la desaparición de la fértil escena rockera de Yugoslavia, aplastada por la implantación del turbo-folk más grosero y nacionalista. Pero ocurrió lo mismo en países que no sufrieron la guerra civil: uno era mirado como bicho raro en Budapest o en Berlín Este cuando preguntaba por discos editados en los sellos estatales Hungaroton o Amiga.
Según creo, no ha habido reediciones panorámicas del rock creado tras el telón de acero, al estilo de lo que se ha hecho con el jazz. Una lástima, ya que se podían hallar tímbricas interesantes (no todos los instrumentistas tenían acceso a las marcas Moog, Hammond, Fender o Gibson) y curiosas variaciones sobre los estilos de moda. Se grababa mucha basura comercial, pero también aparecían ocasionalmente proyectos audaces, que se beneficiaban de funcionar fuera de la lógica del mercado: ambiciosos discos conceptuales, fusiones con ritmos autóctonos, esforzadas propuestas internacionalistas.
Hoy sólo parecen dignos de reivindicación los grupos y solistas situados en la disidencia. Estos días, ha girado por Estados Unidos una representación de aquellos resistentes culturales, bajo el lema Rebel Waltz: underground music from behind the Iron Curtain. Qué paradoja: aunque eran visitas auspiciadas por los países respectivos, Washington no concedió visados a los eslovenos Pankrti. Sí estuvieron Bez Ladu a Skladu (Eslovaquia), Kontroll Consort (Hungría), Psi Vojaci (República Checa), Dezerter (Polonia), Timpuri Noi (Rumania). No se contó con los nombres más legendarios, los eslovenos Laibach y los checos Plastic People of the Universe, conectados con el movimiento que encabezaba Václav Havel. Precisamente, la música de Plastic People sonaba en Rock 'n' roll, la reciente obra teatral de Tom Stoppard sobre el mensaje libertario del rock en una sociedad represiva.
Al final, va a ser cierta aquella advertencia del astuto Nikita Jruschov, pronunciada a principios de los sesenta: "La guitarra eléctrica es una enemiga del pueblo soviético".
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