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56º Festival de San Sebastián

Cine independiente del bueno y parodia irregular

Aunque no posea datos ni referencias o se haya perdido los títulos de crédito, cualquier cinéfilo sabe a los cinco minutos de comenzar una película si pertenece al cine independiente norteamericano. Desde el tono de la fotografía a la planificación, desde los escenarios a los intérpretes (independientemente de que alguna vez aparezcan en él estrellas de Hollywood que pretenden redimirse artísticamente o aplacar su mala conciencia), desde el pretendido realismo a la atmósfera, revelan unas señas de identidad comunes, un estilo narrativo alarmantemente parecido, huida de todo aquello que pueda relacionarse con las convenciones, maniática obsesión porque el producto parezca libre y auténtico. A partir de ese espíritu y como en todas las familias, grupos ideológicos o artísticos, cofradías y militancias, existen los listos y los tontos, los que tienen claro lo que pretenden hacer y los diarreicos mentales, los penetrantes y los epidérmicos, los ingeniosos y los pesados. Bajo la etiqueta de la independencia, han aparecido en los últimos años bastantes cochambres con inútil vocación de trascendencia, pero ese posibilismo también se ha inventado películas admirables como Entre copas, Pequeña Miss Sunshine, La familia Savage y Una historia de Brooklyn.

'Frozen river' viene avalada por algún premio en el festival de Sundance

El esperpento de Ben Stiller funciona con brillantez a ratos

Frozen river la firma Courtney Hunt y viene avalada por algún premio que le ha concedido Sundance, el Vaticano del cine independiente. Tardas poco tiempo en meterte en ella, en reconocer que esas profesionales de la supervivencia que la protagonizan son de verdad, que hay talento y sensibilidad en el retrato de dos mujeres acorraladas por la vida, endurecidas, metidas en la sordidez del contrabando de inmigrantes para intentar paliar su ruina, que descubrirán la solidaridad y la necesidad de mínimos códigos morales. No existe por parte del director la menor tentación de edulcorar o poetizar a esta gente a la deriva que transgrede la ley por salvar del desastre a sus hijos y mantener el frágil techo que les da cobijo. No te pide que las quieras, sólo que intentes comprenderlas. Y lo logra. Sin trampas ni efectismos, con sobriedad y sutileza, sin subrayar las emociones. Y tiene mérito que con medios ínfimos, una actriz con notable en 21 gramos y una atmósfera perturbadora consiga emotividad y realismo del bueno.

El danés Khristian Levring puede presumir en su currículo de haberse movido por la geografía de ese invento tan vacuo como publicitado llamado Dogma (¿qué es eso, cómo se come, a qué sabe, para qué sirve?). Y que tan bien ha amortizado el talento en ocasiones irritante de Lars von Trier, pero dudo que pase a la historia del cine por la retorcida e insustancial Fear me not, retrato de un psicópata sin causa y sin gracia que comienza a planificar barbaridades convencido de que un antidepresivo nuevo que han experimentado con él le ha hecho encontrarse a sí mismo y le legitima para practicar el sadismo con su familia. La realización es tan enfermiza y desagradable como el personaje que la protagoniza.

Hay que agradecerle al actor y director Ben Stillers que intente hacernos reír continuamente en la esforzadamente corrosiva Tropic Thunder, ya que el sentido del humor y la comicidad no acostumbran a frecuentar los festivales de cine, pero en mi caso lo consigue sólo a veces. Es abrumador lo de intentar ser gracioso ininterrumpidamente, sin pausas, mezclando paridas y aficiones escatológicas con verdadero ingenio. Es una parodia de los tópicos y las chorradas de cierto cine bélico, un feroz ajuste de cuentas con los productores y los agentes que manejan Hollywood, una sátira de los actores y las estrellas vampirizados por el personaje que representan. El esperpento funciona con brillantez a ratos, en otros se queda en gamberrada inequívocamente adolescente. Lo que más me divierte de ella es la aguda e hilarante explicación que ofrecen de cómo lograr que te caiga el Oscar cuando interpretas a un deficiente mental. Y me hace gracia el renacido y siempre inquietante Robert Downey Jr. autoconvencido de que es un negro porque interpreta a un soldado de ese color. Y siempre es grato que te arranquen una carcajada en medio de tantas tragedias.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 21 de septiembre de 2008