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El conflicto colombiano

Tres meses por la selva con un bebé

El hijo de Clara Rojas fue separado de su madre tras una marcha muy dura

"Estoy viva por Emmanuel". Lo dijo rotunda, sin titubeos, Clara Leticia Rojas minutos después de llegar a Caracas tras recuperar la libertad en algún lugar de la selva colombiana. Traía la foto del pequeño, plastificada, colgada al cuello. Con una serenidad que sorprendió a todos, y una sonrisa de mujer tranquila consigo misma, esta abogada de 44 años dedicó los primeros minutos de su libertad en la noche del jueves al viernes a hablar del hijo que tuvo durante los casi seis años de pesadilla que vivió como rehén de los guerrilleros colombianos de las FARC.

"Un enfermero que no terminó los estudios me ayudó en el parto" Ingrid Betancourt le cantaba nanas en francés al bebé y le hizo unos guantes

"Mi nieta fue un aliciente para resistir", afirma Consuelo González "Los soldados y policías viven encadenados todo el día"

Clara Leticia Rojas habló con voz serena a los periodistas de Caracol Radio que la entrevistaron, a través del teléfono móvil, minutos después de dar el tan esperado abrazo, de mirar a los ojos a su madre, doña Clara.

El niño nació el 16 de abril de 2004. En principio esperaban un parto normal, pero las cosas se complicaron. "No dilaté", ha contado la rehén liberada y fue necesaria la cesárea. Por una entrevista que concedió también a Caracol Radio su compañera de cautiverio y libertad, Consuelo González de Perdomo, a Clara la separaron del campamento donde estaban todos los civiles un mes antes del parto. "Éste fue", dijo Clara, "un parto tenaz, muy duro". Un enfermero de la guerrilla atendió a la parturienta. "Él me dijo que había estudiado medicina, pero no terminó". Dos enfermeras, que también estudiaron allá, lo ayudaron. "Ellos básicamente son prácticos; me atendieron con lo disponible; estoy viva". Pero todos pensaron que el niño iba a morir.

Del papá del niño dijo poco: "No tengo noticia, la realidad". Es un guerrillero, uno de sus captores. Clara Rojas estuvo 40 días en recuperación, sin moverse, sin poder levantarse de la cama. "Era lo más pequeñito, lo más bonito; me impactó su sonrisa, su llanto", afirmó emocionada. Y ella misma se interrumpió: "No puedo ser objetiva; soy la mamá".

Fueron días difíciles. "Teníamos todo el tema militar encima, los helicópteros, el hecho de estar todo el día encerrados y no poder salir", manifestó la rehén liberada en la entrevista con Radio Caracol. Pero también sufría porque no tenía los elementos mínimos para cuidarlo. "Al principio no llegaban las cosas. Luego llegó la dotación de leche en polvo y pañales desechables".

En esos 40 días de recuperación le asignaron a una guerrillera para que cuidara a Emmanuel. "Yo estaba al lado y a mí también me asignaron una persona que me cuidara". Entretanto, Ingrid Betancourt, ex candidata presidencial, su colega y amiga -las dos fueron secuestradas en febrero de 2002-, siguió a través de cartas todo lo que le ocurría: "Yo la tenía al tanto de lo que iba pasando".

Cuando regresó con sus compañeros de cautiverio se reencontró con Ingrid. Ella alzaba a Emmanuel, le cantaba en francés y le hizo, con una sábana vieja, unos mitones, unos guantes cortados. Clara Leticia trajo los mitones en su morral. "Se los quiero mostrar a mi mamá y compartir con la mamá de Ingrid". Al poco tiempo las dos amigas fueron separadas: "Hace tres años que no sé nada de Ingrid".

Pero Clara Rojas sólo estuvo con su hijo unos ocho meses. Los separaron, contó Consuelo, la otra liberada, después de una marcha muy dura a través de la selva, durmiendo en cualquier parte, tres meses. En esa marcha participaron Clara y su bebé. Entonces Emmanuel necesitaba atención médica. Empezó así una larga etapa de incertidumbre. "Ellos [los guerrilleros de las FARC] me decían que estaba bien, que no me preocupara, pero yo no tenía noticia del niño". Su deseo era que entregaran el pequeño a la mamá de Clara, a la abuela del niño. Mandó cartas a la Cruz Roja Internacional, a Manuel Marulanda Tirofijo, el viejo comandante de las FARC: "Pero pasaban los días, los meses, los años y esto no ocurría", contó Clara en la larga entrevista.

Las únicas noticias, ocasionales, las escuchaba por la radio. La última semana del pasado diciembre, en medio de todo el vergonzoso episodio del operativo Emmanuel, que supuestamente iba a terminar con la libertad de ella, Consuelo González de Perdomo y el niño, supo que su hijo estaba bajo la protección de Bienestar Familiar. "La primera sorprendida fui yo". Hoy sueña con abrazarlo, quiere que entre ya al colegio. Está segura de que cuando lo llame Emmanuel, él recordará su nombre original, ya que en Bienestar Familiar lo llaman Juan David. "Emmanuel significa, como dice la Biblia, una bendición con nosotras".

A Consuelo González, la otra mujer liberada, fue también una niña, su nieta María Juliana, quien la ayudó a aguantar en las cárceles del pueblo, como llaman las FARC a los sitios cerrados, alambrados donde tienen a sus rehenes. Lo contó esta mujer, una política de 57 años que fue secuestrada en septiembre de 2001, también a Caracol, la primera mañana de libertad. A través de los mensajes que le enviaban sus hijas -en los programas radiofónicos que en este país de absurdos están destinados para que familiares y secuestrados tengan alguna comunicación- siguió, paso a paso, el embarazo y el parto. "Fue un aliciente para resistir y sobrevivir".

Desde ayer empezó no a recuperar los seis años que le robó esta guerrilla, sino a aprovechar el tiempo que tiene de ahora en adelante para compartir. Hicieron un pacto: hasta las cuatro de la mañana ella escuchó a sus hijas todas sus experiencias vividas en estos largos años y se dedicó a disfrutar a María Juliana. "Ella llenó de ilusión mi vida". Y fue también por estos mensajes que se enteró de la muerte de su esposo, Jairo Perdomo, dos años después de estar cautiva. "Sentí que se me derrumbaba todo, que mi vida no tenía salida".

La meditación y la oración le ayudaron a recuperar la tranquilidad. Y se aferró al recuerdo de sus hijas y al deseo intenso de estar con ellas. Y hacía todo lo posible por distraerse. "Leía todos los libros y revistas que llegaban al campamento, jugaba, cosía, bordaba, hacía gimnasia diariamente. Lo hacía para mantener la salud y para tener resistencia para las marchas, que podían durar meses, horas, días o semanas".

Consuelo González dedicó gran parte de la entrevista a hablar de sus compañeros de cautiverio, en especial de los soldados y policías sometidos a condiciones absolutamente infrahumanas. "Viven encadenados todo el día; los tienen amarrados al cuello y llevan una maleta al hombro, para irla soltando o enrollando para ir a comer, para bañarse". Por la noche, la cadena se amarra a un palo al pie de la cama; a los tres políticos rehenes los amarraban por la noche.

"En este siglo, que en el mundo esté ocurriendo esto es inadmisible", señaló dolorida. Algunos de sus compañeros de pesadilla llevan más de nueve años sufriendo humillaciones.

"Nos están dando una lección de coraje", agregó González. Salió decidida a hacer todo lo que estuviera a su alcance para que vuelvan a sus familias y fue enfática: es necesaria la mediación de Chávez. "No se puede acudir a la guerra para solucionar este conflicto".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de enero de 2008