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Reportaje:

Los jemeres rojos, en el banquillo

El tribunal respaldado por la ONU trae a los camboyanos la ansiada justicia

Para muchos camboyanos la justicia asoma tarde, pero otros muchos vieron finalmente el martes cómo el régimen más sanguinario de la historia del planeta se sentaba en el banquillo. El tribunal que, apoyado por Naciones Unidas, debe juzgar por genocidio a los líderes de los Jemeres Rojos que siguen vivos, acusó el pasado 31 de julio a Kang Kek Ieu.

Apodado Duch, este antiguo profesor de matemáticas -hoy de 64 años- supervisó minuciosamente los interrogatorios de la cárcel S21 de Phom Penh, en la que ingresaron 17.000 reos. La absoluta mayoría de ellos fue brutalmente torturada y murieron víctimas de sus verdugos, ejecuciones sumarias, hambre y enfermedad.

Sin embargo, Duch nunca formó parte del liderazgo del régimen que acabó con al menos uno de cada siete camboyanos y cuya locura plasmó la película de Roland Joffé Los gritos del silencio (1984). Se trata más bien de un gesto simbólico, ya que el tribunal, formado a partes iguales por jueces camboyanos e internacionales, sólo ha transferido a Duch de prisión. Kang Kek Ieu se encontraba bajo custodia militar desde 1999, cuando fue descubierto por unos periodistas y confesó su pesar por las muertes que había causado. No dudó, sin embargo, en exculparse. "Estaba a las órdenes de otros y habría muerto si les hubiera desobedecido. No lo hice por gusto", declaró.

Religión, cultura, propiedad privada, dinero, educación, familia... todo quedó prohibido cuando los Jemeres Rojos, de la mano de Pol Pot, su máximo líder y principal ideólogo, tomaron el poder y establecieron el año O. Su nueva era comenzó con el envío de toda la población urbana a curtirse y limpiarse las tendencias burguesas con el trabajo en campo.

En los cuatro años que permanecieron en el poder (1975-1979), murieron al menos un millón de camboyanos, de los siete que tenía el país. La invasión de Vietnam acabó con el régimen, y los Jemeres Rojos se refugiaron en la jungla del noroeste de Camboya, donde continuaron los combates hasta que las luchas internas y la muerte de Pol Pot, en 1998, acabaron con la resistencia armada.

A la desaparición del Hermano número uno se sumó la de su comandante supremo Ta Mok, apodado El Carnicero, que falleció el año pasado. Pero aún están vivos cuatro importantes dirigentes, que se pasean por Camboya como hombres libres. Los familiares de las víctimas consideran que el tribunal sólo mostrará su voluntad de hacer justicia cuando los cuatro se sienten en el banquillo y sean acusados de crímenes contra la humanidad.

Se trata de Nuon Chea, de 73 años, el Hermano número dos, que en 1998 se acogió al perdón que ofrecía el primer ministro, Hun Sen, a los Jemeres Rojos para que abandonaran las armas. Le sigue en la lista de genocidas Ieng Sary, el Hermano número tres y ministro de Exteriores, que fue el primer dirigente que desertó, en 1996, por lo que obtuvo el perdón del rey Norodom Sihanuk. Ieng Sary, de 76 años, vive desde entonces en una lujosa villa en Phom Penh y viaja frecuentemente a Tailandia a tratarse sus problemas cardiacos.

El tercero en la lista es Khieu Sampan, de 73 años, jefe del Estado e imagen pública del régimen, que asegura que él nunca tuvo nada que ver con los órganos represores, aunque evidentemente debía saberlo. Por último aparece Meas Muth, yerno de Ta Mok y casi tan sanguinario como él.

Después de que haya costado casi una década y 40 millones de euros poner en marcha el tribunal apoyado por Naciones Unidas, la comunidad internacional acogió con satisfacción la rapidez con que se decidió acusar a Kang Kek Ieu. Se espera que el juicio comience el año próximo y se sienten junto a él los demás responsables de los Jemeres Rojos para que finalmente se acabe la impunidad con que viven los mandos de un régimen genocida que sólo repartió sufrimiento a su pueblo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de agosto de 2007