Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:Genio de la escena

La voz de la soledad y la muerte

El cineasta sueco Ingmar Bergman, hombre clave en la cultura europea, fallece a los 89 años

Ingmar Bergman, uno de los grandes referentes de la cultura europea del siglo XX, falleció ayer a los 89 años en la isla sueca de Faarö, donde vivía solo y recluido. El artista, conocido universalmente por su obra cinematográfica, en la que retrató con un personal lenguaje la naturaleza humana y su reacción ante la soledad, la muerte, la religión o el deseo, fue también un apasionado hombre de teatro y prolífico realizador de televisión. Director de más de 40 películas y ganador de seis oscars, la agitada vida privada del director sueco saltó con frecuencia a la luz pública. Se casó en cinco ocasiones y mantuvo una duradera relación con la actriz noruega Liv Ullman en los sesenta.

Aunque Ingmar Bergman se considerara a sí mismo director de teatro antes que hombre de cine, los 60 títulos que realizó para la gran pantalla o para la televisión han abierto caminos fundamentales, estéticos y morales, que muchos otros cineastas han prolongado. Partiendo frecuentemente de sus propias vivencias, Bergman ha filosofado en imágenes sobre la condición del hombre contemporáneo, desde su creencia en la posibilidad de algún dios, al que el autor en cualquier caso reprochaba su silencio, hasta la consideración de la muerte como único referente real del ser humano: El séptimo sello (1956), Fresas salvajes (1957), Los comulgantes (1962), El silencio (1963)... son, en este sentido, algunas de sus películas más representativas.

Hijo de un severo pastor luterano que frecuentemente le castigaba, Bergman concebía la figura de Dios como un enigma, y al hombre, por su maldad, como un producto deforme de la naturaleza, al decir de sus propias definiciones. Inquieto por la dificultad de los seres humanos para entenderse entre sí, reflexionó en algunas de sus películas sobre las relaciones de pareja y la incomunicación -Persona (1966), La carcoma (1971), Gritos y susurros (1972)-, o explicitó su terror al abuso de los poderosos y a la guerra -La vergüenza (1968), El huevo de la serpiente (1977)-. Su influencia en la obra de otros directores de cine ha sido y sigue siendo enorme, y no sólo en la admiración confesada públicamente por Woody Allen en películas como Interiores (1978) o Septiembre (1987).

Las referencias autobiográficas de Bergman fueron constantes en sus películas, y a veces obvias -El rostro (1958), Como en un espejo (1968), Fanny y Alexander (1968)-, dando a su cine el carácter de confesión personal, aunque no hasta el punto de aquel eslogan oportunista con el que se lanzó en España su película Escenas de un matrimonio (1973): "¿La vida íntima de Ingmar Bergman y Liv Ullmann?", utilizando como reclamo la relación personal del director con la actriz, de la que nació una hija.

Hombre pasional y de grandes amores, Bergman contrajo matrimonio en otras cuatro ocasiones, alimentando con ello la curiosidad de muchos de sus seguidores. Como igualmente ocurrió con su gesto de rebeldía contra el fisco sueco que le impulsó a abandonar su país natal en 1976 para refugiarse provisionalmente en Alemania. A su regreso dirigió para el cine dos de sus obras inmortales: Fanny y Alexander, y Saraband (2003).

Hoy pueden verse en formato DVD casi todas sus películas, pero hubo un tiempo en que en España era casi un milagro conocerlas, al menos tal como habían sido concebidas por el autor. La censura, personificada en este caso por el jesuita Carlos María Staehlin, no dudó en introducir diálogos, músicas o textos que distorsionaran su significado, llegando incluso a convertir a Bergman en un católico practicante. Aquella dificultad para tener acceso hizo que no todos apreciáramos sus películas con similar entusiasmo o entendimiento.

A veces críptico o con referencias simbólicas que resultaban muy oscuras, siempre complejo, el cine de Bergman fue entonces más respetado que comprendido. Sólo cuando comenzaron a verse algunas de sus películas prohibidas -Juegos de verano (1950), estrenada 26 años después y con cortes de 30 minutos, los mismos que la censura suprimió de Cara a cara (1975), estrenada dos años más tarde- y se descubriera que Bergman también podía ser divertido -Sonrisas de una noche de verano (1955), por la que unos curas escolapios clausuraron su cineclub en Madrid al no responder la película al "apostolado catequístico" que ellos pretendían-, el cine de Ingmar Bergman, una vez superada la censura, fue aceptado plenamente en España. Hoy son legión sus admiradores. No podía ser de otro modo. Bergman aplicó su gran talento a la contemplación de las dudas, ansiedades, cobardías y temores de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, y logró calar hondo en cualquier rincón del planeta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 31 de julio de 2007