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ESCALERA INTERIOR

Gallardón y la madre de Emilio

Después de tanta bronca, Ana se ofreció a conducir, pero Emilio, igual de dispuesto a la reconciliación, no le dejó. Sabía que a su mujer no le gustaba conducir, y sabía también que tenía razón. Aquella ceremonia era un disparate, pero no había sido capaz de decir que no. Con su madre sola, aún habría podido, pero con su madre y sus dos hermanas juntas, haciendo frente común, no podía ni Dios.

Intentó explicárselo media docena de veces, pero sólo consiguió enfurecerla del todo. ¿Y qué más dará que tú seas el padrino del niño, si nosotros ni siquiera hemos bautizado a los nuestros? Ya, pero… ¿y cómo se va a graduar un mocoso de catorce años, si eso ya no se ve ni en las películas de Walt Disney? Ya, pero… ¿y si lo que quieren es que vaya la gente, por qué no lo hacen en Madrid? Ya, pero… ¿y por qué tengo yo que perderme el único sábado que no tengo de guardia este mes, yendo a ese dichoso colegio bilingüe a ver cómo hace el ridículo toda tu familia? Ya, pero… ¿Ya, pero qué? Que yo tengo que ir, Ana, que no me queda más remedio. ¿Y encima no podemos llevar a los niños? Pues no, por lo visto. ¿Pero qué clase de colegio es ése? ¡Hala, a pedirle otro favor a mi hermana…!

"Fue muy parecido a lo que le sucedió a Ulises cuando se le ocurrió volver a su casa"

Después de tanta bronca, Ana se había ofrecido a conducir, pero Emilio no le dejó. Hacía un día espléndido, y mientras bajaba por la Cuesta de San Vicente se dijo que al menos sería un placer conducir en una mañana tan clara y luminosa. Y entonces ocurrió. Entonces, de repente, la salida de la carretera de Andalucía desembocó en la de Extremadura como por arte de magia.

-¿Pero qué pasa aquí? -se preguntó Emilio, absolutamente seguro de no haberse equivocado-. ¿Qué hago yo ahora?

-Métete por la Casa de Campo -sugirió Ana-. Podemos…

-Sí, ya sé.

Y sabía. Él creía que sabía. Conocía su ciudad, los caminos, las salidas, los atajos… De lo que no tenía ni idea era de que la vesania municipal pudiera llegar tan lejos, pero lo aprendió muy pronto, esa misma mañana. Porque lo que le sucedió a Emilio mientras intentaba encontrar el camino de Ocaña fue muy parecido a lo que le ocurrió a Ulises cuando terminó la guerra de Troya y no se le ocurrió otra cosa que volver a su casa, el muy pardillo. Emilio no iba en un barco, sino en un coche, y la hostilidad feroz, arbitraria e incondicional que se le puso en contra no se debía a la omnipotente voluntad del dios Poseidón, sino a las obras promovidas por la no menos poderosa voluntad del alcalde de Madrid. Pero por lo demás, lo mismo.

-Esto no puede ser…

Ana perdió la cuenta del número de veces que su marido repitió esta frase entre vallas, y vallas, y más vallas amarillas, al salir de la Casa de Campo, al desembocar en la avenida de Valladolid, al darle tres vueltas al arco que está enfrente de la estación del Norte antes de distinguir un cartel minúsculo donde por fin ponía A-4, y después, mientras sucesivos desvíos obligatorios lo apartaban cada vez más de su destino, sólo para obligarle a atravesar al final, y por narices, el puente de Segovia. Otra vez en el punto de partida, y eso sin contar que su madre ya le había llamado un par de veces. Una pesadilla. Entretanto habían perdido tres cuartos de hora, e invirtieron uno más en llegar hasta un guardia que tampoco les dejó girar a la izquierda.

-¿Y por dónde salgo yo a la carretera de Andalucía, vamos a ver?

-Al final del paseo de Extremadura coge usted la M-40.

-¿La M-40? ¡Pero, oiga…! -y el guardia no le oía, porque se había dado la vuelta y estaba tocando el pito como un loco para no oírle-. Esto no puede ser…

Y sin embargo era. Fue. Será. Seguirá siendo. Con un pequeño detalle adicional, eso sí, porque la desviación a la M-40 no está al final del paseo de Extremadura, sino en plena carretera, bastante más allá de Cuatro Vientos. Eso era lo que Emilio quería decirle al guardia, y eso fue lo que él prefirió ahorrarse mientras lo encaminaba hacia un atasco monstruoso, fruto de la genial iniciativa municipal de cortar todas las salidas a una carretera en una mañana de sábado y primavera.

-Y luego pretenden que paguemos impuestos…

Ana, que había estado callada todo el rato, se atrevió a quejarse por primera vez cuando ya se veía la señal de la M-40. Entonces volvió a llamar su suegra, y en ese instante su marido puso el intermitente contrario.

-¿Pero qué haces?

-Dar la vuelta. ¿No ves que ya no llegamos? Dile a mi madre que no vamos. Que con ella no podrá ni Dios, pero que con esto no puede ni ella. Y que siga votando a Gallardón…

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 30 de abril de 2006