Reportaje:GRANDES REPORTAJES

Día a día del cambio climático

Convenio de Kioto, deshielo de casquetes polares, huracanes tropicales. A veces, los efectos del calentamiento del planeta suenan lejanos. Pero los trastornos están a nuestro lado. La naturaleza que nos rodea cambia. Aves, plantas e insectos se comportan de modo distinto. Éste es el cambio climático cotidiano, en el patio de nuestra casa.

Este mismo mes de enero, el lector que lea estas páginas podrá hacer la prueba de acercarse al campanario más cercano; con alta probabilidad avistará a las cigüeñas en sus nidos. Contradiciendo al "por San Blas, la cigüeña verás" del refranero, las zancudas vienen retornando de Nigeria con mucha antelación al día del santo, el 3 de febrero. Es más, en Doñana y en el interior de Andalucía se las oye crotorar todo el año. No se trata de la única ave en portarse de modo anormal; abandonando la pauta seguida desde tiempo inmemorial, la abubilla y la codorniz dejan de migrar y se vuelven sedentarias.

Algo raro les sucede a estos pájaros de puntualidad legendaria. ¿Cómo interpretar su conducta? Descifrar el vuelo de las aves ha desvelado a los humanos desde muy antiguo. Movidos por ese afán, los griegos pergeñaron un saber adivinatorio, la ornitomancia, conforme al cual la aparición de un águila por la derecha o por la izquierda anticipaba el resultado de una batalla. Hoy contamos con un instrumento interpretativo a la altura de nuestra civilización científica-técnica: la fenología, la disciplina abocada al estudio de los ciclos vitales de animales y plantas en relación con el tiempo y el clima. En los movimientos de los pájaros sus practicantes leen un mensaje preocupante: el cambio climático está afectando a los seres vivos.

Si llamamos invierno al periodo con árboles desnudos, en 2000 duró un mes menos que en 1952
Durante 50 años, Pere Comas apuntó cuándo se caían las hojas, llegaban las golondrinas, maduraban los frutos y cantaban los ruiseñores
Con este deshielo acelerado, es posible que los glaciares de los Pirineos desaparezcan en 20 años
El 75% de los artículos científicos entre 1993 y 2003 avalaba la tesis de la influencia humana

Que España, estación de paso de muchas especies, se haya tornado una parada permanente, tiene para los fenólogos una explicación: el aumento sostenido de las temperaturas. Es verdad que en ello influye la proliferación de vertederos, una fuente de alimentos a lo largo del año; pero son los inviernos benignos los que propician que se queden entre nosotros. Otras aves, por el contrario, han retrasado su llegada: el ruiseñor, la golondrina y el cuco vienen dos semanas más tarde respecto a 1970, según señala Josep Peñuelas, director de la unidad de Ecofisiología CREAF del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Sus retrasos, precisa el biólogo, guardan probablemente relación con la sequía que asola sus cuarteles de invierno africanos, por la cual el acopio de energías para el viaje intercontinental les demanda más tiempo.

Las aves son "importantes indicadores" del aumento de la temperatura media en superficie, asegura Juan José Sanz, experto en ecología animal del Museo Natural de Ciencias Naturales-CSIC. Cualquier madrileño puede comprobarlo en los bosques de la Casa de Campo si repara en los gigantescos nidos armados por las cotorras suramericanas. Su presencia sólo se explica por un ambiente más cálido. Introducidas en cautividad, "no habrían sobrevivido en condiciones distintas a las de su hábitat natural", apunta Sanz. Que se hayan aclimatado tiene un significado: España se recalienta.

En efecto, entre 1864 y 1999 la temperatura en nuestro país aumentó 1,5 grados centígrados, muy por encima del 0,6º registrado a nivel mundial; así lo ha establecido el Estudio de los Efectos del Cambio Climático en España encargado por el Ministerio de Medio Ambiente y el Departamento de Ciencias Ambientales de la Universidad de Castilla-La Mancha, y realizado en colaboración con 400 expertos.

El calentamiento se ha hecho más acentuado en los inviernos. Que son cada vez más suaves "se nota al mirar las fotos de nuestros abuelos, sepultados bajo montañas de ropa de abrigo durante la estación invernal", apunta Antonio Ruiz de Elvira, ecólogo de la Universidad de Alcalá de Henares. El calor aprieta, sobre todo en las ciudades: Madrid es la capital europea con el mayor aumento de temperatura media de los últimos 30 años: 2,2º, según indica un estudio de WWF/Adena. Con tan tórrido clima no sorprende que las mascotas exóticas huidas campen a sus anchas en los espacios verdes urbanos.

01 El microcosmos del maestro

Con toda su aplastante objetividad, las cifras del termómetro nada dicen del impacto del calentamiento en la fauna y flora española. Nuestro conocimiento en ese aspecto tiene un origen muy distinto, y se remonta a 1952, cuando Pere Comas, un maestro del pueblecito catalán de Cardedeu, comenzó a llevar un cuidadoso registro de las fechas de aparición y caída de las hojas, salida de las flores y de la maduración de los frutos de más de cien especies de plantas cultivadas y silvestres. Durante más de la mitad de su vida, Comas, un apasionado de la cultura, la arquitectura y la meteorología local, aprovechó sus paseos diarios para auscultar los biorritmos del Vallés Oriental a través del comportamiento de almendros, membrillos y fresnos; de la llegada de golondrinas, vencejos y mariposas; del canto de los primeros ruiseñores, cucos y codornices; de las primeras lluvias y de las últimas nevadas. Así fue llenando cuadernos y cuadernos con "una de las mejores series disponibles en el mundo, en cantidad y calidad", recuerdan el escritor Miguel Delibes y su hijo biólogo en el libro La Tierra herida.

La labor de Comas era excepcional en un país sin tradición en tales registros. Peñuelas y sus colegas supieron de él por boca de los naturalistas de la región del Montseny. Ellos necesitaban datos de las alteraciones biológicas producidas en las últimas décadas, a fin de relacionarlos con las variaciones térmicas. Ya octogenario, el maestro de Cardedeu les pasó sus series sin vacilar. Al cotejarlos con los guarismos de los satélites meteorológicos, vieron que los indicios de aquel microcosmos casaban con los indicadores globales. Para la fenología española esos cuadernos fueron el equivalente a la Piedra Rosetta para el descifrado de los jeroglíficos egipcios, pues con ellos se pudo entender los mensajes que emitían plantas y animales, sin ser oídos hasta ese momento.

El primer mensaje descifrado no podía sonar más sensacional: la primavera biológica se está adelantando. Los datos de Comas permitieron establecer que las hojas de olmos e higueras brotan un mes antes y caen 13 días después de lo acostumbrado medio siglo atrás. También demostraron que las flores se han sumado al despertar prematuro del follaje: la zarza florece 42 días antes, y el guisante, 23; y otro tanto ocurre con los frutos: el membrillo aparece 23 días antes, y el albaricoque, 24. "Si llamamos invierno al periodo del año en el que los árboles están desnudos, en 2000 esa estación habría sido un mes más corta que en 1952", comenta Peñuelas.

La naturaleza ha adelantado sus relojes. El lector aficionado a la jardinería se dará cuenta de ello al ver las yemas del granado y los primeros capullos del rosal despuntar en febrero. Quien no se entere del cambio de hora llegará tarde al espectáculo de los almendros en flor de la madrileña Quinta de los Molinos, que cada año se despliega más temprano. El cambio climático, un trastorno al que creíamos confinado al Ártico o a las islas del Pacífico, se ha introducido con sigilo en nuestros jardines. Las narices de los alérgicos tampoco han necesitado anuncios oficiales para percatarse del despertar floral. "El adelanto en la floración supone una presencia polínica en el aire más prolongada, con previsibles repercusiones en un aumento del número de pacientes de alergia", sostiene Carmen Galán, coordinadora de la Red Española de Aerobiología. Por otra parte, las emisiones de polen a destiempo amenazan con provocar desencuentros entre las plantas y sus animales polinizadores. Como explica Peñuelas, "si las flores adelantan su ciclo y los insectos que las polinizan no lo hacen, no coincidirán en el tiempo", con riesgo de que la fructificación se vaya al garete, y con ella no sólo la producción de miel y frutas, sino el conjunto de la flora.

Por lo pronto, las plantas se han puesto a crecer a toda prisa. Al acortarse su letargo, su crecimiento anual se ha alargado unos 18 días. A ello contribuye la acción fertilizadora del CO2, pues, a medida que su disponibilidad aumenta, los vegetales lo absorben a raudales y crecen más rápido. Pero esa reacción exuberante es engañosa: "Las plantas de hojas caducas sufren peor la falta de agua y un ciclo vital más largo las hará más vulnerables a la sequía"; al cabo de un tiempo, la productividad se desplomará, prevé Peñuelas. A través de las plantas, la Tierra está respirando con más fuerza, no de manera saludable sino como alguien sometido a un estrés físico permanente.

Otras plantas, agobiadas por la presión térmica, protegen sus hojas emitiendo gases refrigerantes llamados monoterpenos. En ocasiones, ese recurso no basta y los vegetales deben refugiarse en las montañas -un ascenso de 500 metros les ayuda a contrarrestar un aumento de 3º C de temperatura-. El excursionista que suba a Peñalara, el pico más alto de la sierra madrileña, verá la cumbre invadida por especies de zonas cálidas como arbustos, enebro rastrero, piorno serrano. "Su avance se debe al cambio climático", afirma Eduardo Sobrino, investigador de la Universidad Politécnica de Madrid que estudió el fenómeno. Algo similar se aprecia en el macizo del Montseny; en sus laderas, los encinares, árboles de clima mediterráneo, ganan terreno a los hayedos y robledales, los cuales se repliegan a las cimas y desalojan su vegetación alpina.

02 El síntoma mariposa

Comas perseveró en sus observaciones hasta su muerte, y tuvo la satisfacción de ver su nombre en prestigiosas revistas internacionales: el suyo fue el triunfo de un científico aficionado. Su gesta está siendo continuada por un grupo de investigadores. Gracias a ellos sabemos que ciertas mariposas han adelantado su metamorfosis 11 días. ¿Qué importancia tiene este detalle? Mucha; los lepidópteros son un fiel indicador de la salud del bosque. ¿Y qué indican ahora? De entrada, que las altas temperaturas fuerzan a los insectos a madurar antes de tiempo. Ello entraña un desbarajuste ecológico, pues los ritmos naturales están regulados por una red de relojes biológicos bien sincronizados, y la alteración de uno repercute en los demás, trastornando las cadenas reproductivas y alimentarias. Ya lo sufren en carne propia las aves migratorias, que, "al llegar con la primavera avanzada, tienen menos tiempo para poner huevos, y su éxito reproductor se resiente", refiere Sanz. Y también los papamoscas cerrojillos de Holanda, cuyos pollitos nacían "en 1980 a primeros de junio, cuando había más orugas", dice Peñuelas; "en el año 2000 seguían naciendo más o menos por la misma fecha, pero, debido al adelantamiento del ciclo vegetal, las orugas abundan a mediados de mayo y los pájaros se las pierden". Tales desajustes ponen a ciertas aves en peligro de extinción; aparte de promover la proliferación de insectos dañinos, libres del control ejercido por aquéllas.

Los seguidores de Comas han advertido además que los animales acosados por los calores imitan a las plantas y huyen hacia arriba. En la laguna Grande de Gredos (Madrid), y en los lagos de altura de Somiedo (Asturias), han aparecido ranas comunes y ranitas de San Antón, respectivamente. En la sierra de Guadarrama, los senderistas marchan entre mariposas que revolotean muy por encima de sus niveles habituales. Y en la sierra de Baeza, la oruga procesionaria ha subido a cotas inéditas, lo cual supone una mala noticia para los pinos silvestres, hasta el momento a salvo de su voracidad.

Otras criaturas escapan a climas más templados: mariposas y libélulas oriundas de Murcia y Andalucía se dejan ver en Cataluña, en tanto las mariposas de esta región caen en las redes de los coleccionistas del sur de Francia. Los testimonios de los cazadores hablan de movimientos parecidos que han puesto patas arriba el mapa cinegético peninsular: ahora las tórtolas abundan en el noroeste, y las codornices y perdices escasean en tierras bajas de las dos Castillas; mientras aves de climas cálidos, como la garcilla bueyera, el abejaruco y el flamenco, se expanden hacia el norte.

No todas las especies reaccionan al calentamiento -el vencejo, por ejemplo, no ha variado un ápice sus peregrinaciones-; pero la falta de un inventario exhaustivo impide saber cuántas son. Podemos hacernos una idea con el estudio de Terry Root, de la Universidad de Stanford (EE UU), referente a 1.473 especies animales y vegetales de todo el mundo: el 81% sufre transformaciones biológicas relacionadas con esa causa, y apenas una minoría soporta sin inmutarse el aumento medio de 0,6º en la temperatura. ¿Qué ocurrirá con las plantas y animales de los que dependemos para comer, vestir y curarnos de cumplirse las previsiones de una subida de entre 1º y 5º este siglo? ¿Y al conjunto de los seres vivos? Nadie se atreve a pronosticarlo.

03 Glaciares en fuga

El mismo año en que el maestro de Cardedeu iniciaba sus observaciones, un amante de los Pirineos comenzó a notar cambios semejantes en ese entorno. Desde 1952, Eduardo Martínez de Pisón, geógrafo y montañero, viene siendo testigo de cómo los glaciares, arrinconados por el calor, se retiran a las cumbres. "Donde antes pisabas mucho hielo, ahora pisas mucha piedra", recuerda este catedrático de Geografía Física de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). Si para alcanzar el glaciar del macizo Maladeta-Aneto, en 1990 debía subir 2.800 metros, el pasado verano tuvo que ascender hasta los 3.000 metros. Su encogimiento es dramático: de 700 hectáreas a mediados del siglo XIX, pasó a 180 en los años noventa y a 90 hectáreas este año. El glaciar del Monte Perdido, que ocupaba 1.779 hectáreas, se contrajo a 65 este verano, según informa la organización ecologista Greenpeace. Con este deshielo acelerado, es posible que el glaciar del Aneto y los otros 19 glaciares del Pirineo español desaparezcan en 20 años. "Los hombres llegan y los glaciares se van", reflexiona con melancolía Martínez Pisón.

En vez de un aviso susurrado, el retroceso de las imponentes montañas de hielo está dando la alarma por megafonía. "Un glaciar es un altavoz de las modificaciones en los ecosistemas montañosos", dice el geógrafo, dolido por "la pérdida paisajística que entraña su desaparición". Su retroceso corre en paralelo con la disminución de las nevadas. "Décadas atrás, era normal que nevara una vez al año al menos en el norte e interior de España; eso ya no sucede", advierte José Luis García Ortega, de Greenpeace. Hasta el rocío va desapareciendo de los campos; de él pronto sólo quedará constancia en la poesía. Si bien en España no puede hablarse de una relación directa entre la sequía actual y el cambio global, el régimen de precipitaciones ha variado notablemente. "Aunque llueva la misma cantidad que antes, a los seres vivos no les da igual que lo haga en invierno que en verano, ni que el agua caiga en forma de lluvia y no de nieve", explica Luis Balairón, investigador del Instituto Nacional de Meteorología. "Por lo que sí puede decirse que el calentamiento intensifica los efectos negativos de la sequía".

04 Mediterráneo tropical

Si de la montaña bajamos al mar, veremos multiplicarse las señales del calentamiento. De darnos un chapuzón en el Mediterráneo lo sentiremos más tibio en comparación con nuestros baños de la infancia. La memoria no nos engaña: en los años ochenta, sus aguas se calentaron 0,3º; en la década siguiente, 0,75º, y en 2003 registraron los valores más altos de los últimos 45 veranos, con 32º en algunos puntos, según informa el Centro Meteorológico de Baleares. Lo mismo ocurre en el Atlántico, de forma atenuada. En conjunto, la temperatura de las aguas superficiales que rodean la Península viene aumentando "en torno a 0,4-0,5º por década", se dice en el Estudio de los Efectos del Cambio Climático en España.

Si además practicamos submarinismo tendremos otro signo en el avance imparable de las macroalgas de afinidad tropical y algas rojas diversas. Como un monstruo de ciencia-ficción que todo lo devora a su paso, las invasoras arrasan las comunidades de algas autóctonas e incluso llegan a afectar a las ondulantes praderas de Posidonia, las hierbas que tapizan los fondos marinos y constituyen auténticos oasis de biodiversidad donde habitan insectos, moluscos, gusanos, caracoles, esponjas… Por no hablar del peligro planteado por la llegada de algas y fitoplancton tóxicos, como las que originaron las temibles mareas rojas. Aunque su aparición no responde al cambio climático, "su prevalencia puede asociarse al calentamiento del agua, lo que favorecería su aparición cada vez más frecuente", se asegura en el mencionado estudio. A la misma causa cabe atribuir las floraciones de algas que, al teñir las aguas de una coloración verde-parduzca, dan un aspecto sucio a las playas del Mediterráneo y del Atlántico.

Otra señal de alerta proviene de mar adentro, y la dan los peces con su huida al norte. Los pescadores baleares lo han notado en sus menores capturas de sardinas, boquerones y alachas, cuyos cardúmenes siguen al plancton en su busca de aguas frías, y en la presencia en el Mediterráneo septentrional de peces de la costa norafricana. La alacha, por ejemplo, necesita 24º de temperatura en verano para procrear, condiciones que ya se dan en la Costa Brava. Peces de ambiente frío como el espadín comienzan a escasear, mientras el recalentado Mare Nostrum se vuelve un hogar cada vez más confortable para los meros tropicales, salmonetes arco iris y otras criaturas procedentes del mar Rojo. "Asistimos a la tropicalización del Mediterráneo", sostiene Enric Ballesteros, experto en ecología acuática del Centro de Estudios Avanzados de Blanes-CSIC. El cúmulo de alteraciones ha llevado al director del Centro de Estudios Ambientales del Mediterráneo, Millán Millán, a afirmar que las previsiones climáticas para dentro de 50 años "son ya una realidad en el Mediterráneo".

Un trasiego similar tiene lugar en el litoral atlántico. El aumento de la temperatura en el golfo de Vizcaya empuja a las anchoas y sardinas a desovar más al norte. En las costas asturianas aparecen especies de aguas cálidas como el pez vela o la carabela portuguesa (un tipo de medusa), en tanto peces, plancton e ictoplancton del Algarve extienden su hábitat hasta la zona de Brest (Francia), según señalan fuentes del Instituto Oceanográfico de Gijón. Y en costas canarias, el marlín, un pez originario del océano Índico, ha adquirido carta de ciudadanía hasta el punto de convertirse en pieza de pesca deportiva.

Las señales emitidas por el coro de aves, insectos, peces e insectos de nuestro país coinciden con los datos de otras partes de nuestro hemisferio: por donde quiera que se mire, las avanzadillas de la fauna y la flora huyen al norte o a las alturas montañosas.

05 La era del 'antropoceno'

¿Hasta qué punto la culpa de la redistribución de aves y peces la tiene el clima, y no la sobrepesca, la caza o la urbanización? A veces cuesta dar una respuesta concluyente, puesto que en ecología los hilos de las causalidades se cruzan y forman una madeja enmarañada. La escasez de salmón en los ríos de la Cornisa Cantábrica puede deberse a la temperatura, a la pesca o a la contaminación. "Ciertas modificaciones en los ecosistemas de alta montaña responden al abandono de la agricultura y la ganadería", admite Martínez de Pisón. La profusión de medusas en la costa levantina no puede disociarse de la pesca que diezmó a los peces que las tenían a raya. Ni la reforestación del Montseny es ajena a la prohibición de quemar pastos, una práctica que no dejaba crecer a los retoños arbóreos. Pero esos factores no alcanzan a explicar los ciclos vitales alterados; "sólo se entienden por el calentamiento global", concluye Peñuelas.

"Determinados comportamientos de la Naturaleza son mejores indicadores de la realidad que algunas variables geofísicas", explica Balairón. "Los seres vivientes y los glaciares expresan la complejidad climática en términos fáciles de observar. El sistema atmosférico se caracteriza por oscilaciones extremas y transitorias; las reacciones de las especies, en contraste, reflejan las variaciones permanentes de modo más fehaciente". Con todo, advierte el meteorólogo, las respuestas biológicas sólo dan prueba del calentamiento veloz; no dicen nada de la responsabilidad humana. Dilucidar ese punto sólo resulta posible en el marco de los grandes modelos climatológicos.

¿Por qué se calienta la Tierra? Para entenderlo hay que partir del dispositivo de climatización natural por el cual ciertos gases atmosféricos -vapor de agua y dióxido de carbono (CO2), entre otros- dejan pasar los rayos solares y atrapan la radiación infrarroja que el planeta devuelve al espacio, y al hacerlo ayudan a calentar el globo. A esto se le llama efecto invernadero, por su similitud con las estructuras acristaladas en donde la energía solar entra pero la infrarroja no puede salir, con el resultado de que en su interior hace más calor que fuera. Sin dicho efecto, la superficie planetaria se helaría; pero, de intensificarse, se produciría un calentamiento adicional. Es lo que sucede a raíz de la inyección de CO2 liberado por la combustión de cantidades monstruosas de carbón y petróleo. Las cifras no mienten: desde que en 1781 James Watt inventó la máquina de vapor y sentó las bases del consumo masivo de combustibles fósiles, la concentración atmosférica de CO2 ha ido al alza: de 280 partes por millón en el siglo XVIII pasó a 330 en 1970, y a 375 hoy día; en paralelo, la temperatura media global subió de los 14,8º de la era preindustrial a los 15,4º actuales. Algunos expertos dicen que vivimos en el Antropoceno, la era del clima modelado por la acción humana.

Cuesta encontrar un científico español que no crea en el cambio climático o en su vínculo con la actividad humana, el factor antropogénico. "Ningún investigador serio niega ese factor", afirma Ballesteros. Los escépticos se hallan entre los economistas y periodistas conservadores que han colgado a los análisis climatológicos el sambenito de "ecoalarmismo". Para los portavoces del pensamiento "ecológicamente incorrecto", el calentamiento del planeta no es sino la coartada esgrimida por los enemigos del neoliberalismo y la globalización, para trabar la expansión del mercado. Lo que no aciertan a explicar es por qué extraño motivo el estamento científico se presta a dar pretextos a los radicales. Sucede que en este punto el consenso es abrumador: de 928 artículos sobre cambio climático difundidos entre 1993 y 2003, el 75% avalaba la tesis del factor antropogénico, y el 25% restante se centraba en cuestiones de método, de acuerdo con el estudio publicado por Naomi Oreskes en Science. ¡Ni uno solo en contra!

Pese a todo, subsisten algunos disidentes. Sin negar la subida de la temperatura, estos expertos dudan de la influencia humana en su gestación y relativizan su impacto. Arguyen que se trata de algo natural, como el enfriamiento causante de la Edad de Hielo, contra el cual poco podemos hacer, salvo adaptarnos. Los ciclos solares y los gases de los volcanes, añaden, tendrían mucho que ver con el cambio climático; a este argumento replican sus adversarios que, aun otorgando a ambos factores cierta influencia en el siglo XIX, ésta no explicaría las temperaturas de los últimos 30 años, un lapso sin mayor actividad solar ni volcánica.

06 La pequeña Edad de Hielo

La modificación climática más drástica anterior a la que estamos viviendo culminó hace apenas 150 años, y se la conoce como Pequeña Edad de Hielo. Este periodo frío, abierto a mediados del siglo XVI y concluido a mediados del XIX, afectó a todo el globo. De causas inciertas, se le relaciona con una actividad solar disminuida y una mayor erupción volcánica. Su magnitud inspiró a la pintura europea un tema: los paisajes invernales con gente patinando en canales helados. En España, los glaciares volvieron a expandirse, incluso en Sierra Nevada; los ríos Ebro, Turia y Tajo se congelaron repetidas veces; numerosos puertos montañosos se abrieron sólo en agosto, y disminuyeron los pastos de alta montaña. Las bajas temperaturas, apunta Martínez de Pisón, favorecieron el surgimiento de una industria basada en el almacenamiento y distribución de hielo (la ciudad tinerfeña de La Orotava, de clima tropical, prosperó con la venta de hielo del Teide). Finalmente, "en 1864, un ingeniero notó que los glaciares pirenaicos comenzaban a retroceder, marcando el cierre del intervalo gélido", añade el catedrático de la UAM. Hoy se aprecia que España atravesó aquellos rigores climáticos sin penalidades extraordinarias; en contraste, parece dudoso que, vistas las alteraciones biológicas en curso, vaya a superar indemne los calores que se nos echan encima.

Como última línea defensiva, los incrédulos se atrincheran en las incógnitas relativas a procesos naturales susceptibles de mitigar el efecto invernadero. Tal es la postura de Richard Lindzen, un meteorólogo del Massachussets Institute of Technology (EE UU) que se apoya en la sequedad de las capas altas de la atmósfera inducida por el calentamiento, para predecir una mengua en el volumen de vapor atmosférico y, en consecuencia, un descenso de 1º en la temperatura media.

¿Podemos cruzarnos de brazos a la espera del cumplimiento de tan tranquilizadora previsión? ¿O debemos creer los vaticinios inquietantes y actuar en consecuencia? Las alteraciones citadas certifican que lo que una década atrás era una conjetura, ya se despliega a nuestra vista. Los sutiles indicios replican a pequeña escala los colosales síntomas referidos en grandes titulares. El calentamiento global, que primero se hizo sentir en el casquete polar ártico y en los tifones, ha alcanzado a los seres vivos. "Los medidores biológicos indican que, al mudar el clima, los organismos vivientes reaccionan con una carrera adaptativa en la que puede haber más perdedores que ganadores", manifiesta Balairón. Por eso, y pese a las incógnitas por despejar, "no hay más remedio que tomar decisiones en medio de incertidumbres", prosigue. "Nos urge actuar para que no se concreten los peores escenarios manejados por los modelos climáticos, y el Tratado de Kioto es una de las vías de acción posibles, a medio camino de la transformación radical de la sociedad industrial reclamada por ecologistas y de la pasividad confiada de los escépticos", concluye el meteorólogo. Entretanto, el cambio climático continúa estrechando el cerco a la Humanidad. Quien haya tomado nota del aviso de las cigüeñas, no podrá decir que no fue advertido a tiempo.

El enigma de las tormentas violentas

La proliferación de pequeños indicios sobre el calentamiento global no llega a modificar la percepción dominante: para la mayoría de los españoles, el cambio climático consiste en trastornos de gran magnitud y, en concreto, en las alteraciones más visibles de los regímenes de lluvias y tormentas. Ejemplo de lo último es la que devastó parte de las islas Canarias el pasado mes de noviembre: mientras en la opinión pública se alza una multitud de dedos acusando al cambio climático de la llamada tormenta Delta, los expertos no se ponen de acuerdo: mientras que algunos meteorólogos norteamericanos descartan cualquier relación entre Delta y el calentamiento del planeta, especialistas de la Organización Meteorológica Mundial no rechazan algún tipo de conexión. Equidistante de ambas posiciones se sitúa Luis Balairón, investigador del Instituto Nacional de Meteorología, que juzga tan poco científico afirmar una relación de causa/efecto como negar de plano esa posibilidad. "Resulta muy extraño que esa tormenta nacida en África occidental se desviara en su camino inicial y enfilase a las Canarias. Es un fenómeno singular, como el huracán Vince de octubre pasado; pero como estos trastornos violentos e inesperados se están volviendo más frecuentes, merecen ser estudiados con rigor para saber si se trata de nuevos síntomas del cambio global o de eventos aislados dictados por el azar climatológico".

Una red de 'testigos del clima'

La preocupación por cartografiar los desajustes del calendario natural ha llevado a las redes fenológicas europeas a reclutar voluntarios. La United Kingdom Phenology Network cuenta con 21.000 fenólogos aficionados que, armados de cámaras y libreta de notas, merodean por jardines y campos para detectar pruebas del desquicio biológico y fotografiarlas. Por ellos se sabe que la primavera se ha anticipado en Inglaterra: la prímula ha perdido el título de primera flor del año, pues desde finales de octubre sus pétalos alegran los parques, en lugar de hacerlo en febrero, y los sapos, en vez de desovar entre enero y marzo, lo hicieron en noviembre. Algo parecido les pasa a los animales domésticos: "Tengo dos tortugas que siempre hibernan a principios de noviembre", informa una vecina de Kent, "pero este año se las ve muy despiertas, haciendo lo que las parejas de tortugas suelen hacer en primavera". Este verano hubo otro hecho sorprendente: la maduración de las moras, que anunciaba la llegada del otoño, se adelantó a julio. De Europa del norte llegan noticias similares: las palmeras de cáñamo importadas de China se aclimatan en Alemania; la mariposa bómbice, jamás vista en esos pagos, asola los robles de ese país; los estorninos adelantan su retorno; la garzota y el abejaruco del Mediterráneo se encuentran a gusto en los países nórdicos, y el reyezuelo y la alondra dejan de viajar, de acuerdo con el Instituto Max Planck. En el medio acuático ocurre otro tanto: sardinas, anchoas y ostras del Pacífico abundan en el mar del Norte; algas tropicales invaden los ríos alemanes, y en el Atlántico, diversas variedades de zooplancton se desplazan diez grados de latitud al Norte, en perjuicio de peces como el salmón, que se internan en el mar en pos de una comida que se ha ido.

De estos desarreglos quieren alertar los Testigos del Clima a las autoridades comunitarias. Con el respaldo de la organización WWF/Adena, cinco habitantes de la Unión Europea viajaron en noviembre a Bruselas a dar su testimonio personal de cómo les afecta el cambio climático: el español José Luis Oliveros, un agricultor que ha perdido su cosecha de legumbres a causa de la sequía veraniega; el alemán Georg Sperber, un guarda forestal que ha visto cómo, por el aumento de la temperatura, las plagas de escarabajos se ceban con los abetos de Baviera; Cassian Garbett, un residente de la costa inglesa testigo de la subida del nivel del mar; el escocés Alan Stewart, dueño de un centro para perros de trineo amenazado por la desaparición de la nieve, y el italiano Giuseppe Miranti, un apicultor cuya producción ha caído debido a la menor actividad de las abejas, por el adelanto de la floración. "Para tener credibilidad internacional, la UE debería cumplir sus compromisos con el Protocolo de Kioto y reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero un 8% para 2012", comenta Stephan Singer, responsable de Cambio Climático y Energía de WWF/Adena. "Los ciudadanos esperan ver iniciativas auténticas por parte de la UE, puesto que el cambio climático constituye ya una realidad de su vida cotidiana".

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0008, 08 de enero de 2006.