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19ª FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE GUADALAJARA

Pérez-Reverte recrea la literatura de la frontera con escritores mexicanos

Sada, Mendoza, Parra y Toscana se reúnen para compartir el gozo del lenguaje

Guadalajara
La feria continúa su andadura con numerosos actos culturales y la ya tradicional afluencia masiva a los mismos. El español Pérez-Reverte reunió a cuatro escritores del norte de México para dialogar sobre la literatura de frontera. La Oficina del Autor, del grupo PRISA, presentó su nuevo portal informático, El Boomeran(g), desde el que informará cumplidamente de sus novedades. Claudio Magris, Vargas Llosa y la mexicana Denise Dresser debatieron en torno a uno de los temas más constantes de la literatura: las diferencias o confluencias entre la realidad y la ficción. Tusquets Editores declaró desierto su primer premio de Novela y Andalucía será la gran invitada de la edición de la feria del próximo año.

Éstos son sus nombres: Élmer Mendoza, Eduardo Antonio Parra, Daniel Sada y David Toscana. Escriben historias en las que el lenguaje tiene un protagonismo esencial. No forman grupo, cada cual tiene su estilo y su mundo. Pero todos vienen del norte de México, y las sacudidas de la frontera muchas veces irrumpen en sus libros. Los juntó Arturo Pérez-Reverte en la feria, él mismo (aunque un pinche gachupín) escritor norteño de adopción y familiarizado también con el ruido de la frontera; al fin y al cabo nació en Cartagena. Seguro que fue al contar la historia de Teresa Mendoza cuando los conoció, pero resulta irrelevante que fuera La Reina del Sur, con sus balazos y su violencia y su vértigo, la que los hiciera amigos; lo que importaba en la cita del lunes por la tarde era recrear ese territorio literario, ese mundo mestizo, esa franja, esa delgada línea.

Tierra habitada por hombres y mujeres en los que se confunden el candor y la malicia

Hablaron de la dureza de vivir en lugares donde todo está por hacer

Estamos en 1996 en un pueblo cercano a Monterrey y un tipo, al que le habían robado la novia, llega a una cantina donde se celebra una fiesta. La gente se hace a un lado. Abre su chaqueta, brilla una Coll 45. Al otro lado de la pista, ahí al fondo de la barra, ocurre lo mismo. También se abre una chaqueta y aparece una pistola. Se dispararon y se mataron. La vida no vale mucho ahí en la frontera. Todo el mundo está familiarizado con la muerte. Es algo que viene de lejos, los gobiernos se olvidaron del norte y, cuando se impone la supervivencia, las leyes no cuentan mucho. Pero acaso ahora, con los narcos, la indefensión sea mayor. Un sicario tiene que liquidar a alguien. Lo lleva a un lugar apartado. La víctima pide un cigarrillo. El verdugo se lo da, él mismo enciende otro y, en ese mismo instante, dispara.

Así de rápido, sin mayores preámbulos. Acaso el que iba a morir pensó que tendría un momento para decirle adiós al mundo, que acaso se abría una corta intimidad con el que iba a matarlo, hecha de volutas de humo y de cigarrillos. Se murió y se murió, y hay que seguir adelante, ésa es la historia. Tres de los cuatro escritores que acompañaron a Pérez-Reverte son ya conocidos por el lector español. Daniel Sada (Mexicali, Baja California, 1953) publicó en Tusquets Porque parece mentira la verdad nunca se sabe (1999) y Una de dos, en Alfaguara en 1994, y está considerado ya como uno de los grandes escritores del México actual. Eduardo Antonio Parra (Ciudad de León, Guanajuato, 1965) ha tenido también fortuna y toda ella en el mismo sello: Txalaparta ha publicado Tierra de nadie (2001), Los límites de la noche (2002) y Nadie los vio salir (2002), el último libro que ha publicado.

Élmer Mendoza (Culiacán, Sinaloa, 1949), en México, es Cóbraselo caro y, tal como se ha visto estos días en la feria en los encuentros con los lectores, su popularidad no deja de crecer. En España se editó El amante de Janis Joplin (Tusquets, 2003). Salvo errores del ISBN, donde no figura ningún registro, David Toscana es el único que no ha publicado en España. Nacido en Monterrey en 1961, es autor de un libro de relatos, Historias de lontananza, y de las novelas Las bicicletas, Estación Tula y Santa María del circo.

Hay una minúscula nube que se posa sobre la punta de un cerro. Hay ciudades que parecen fantasmas. Están el desierto y sus alimañas, pero existen también grandes zonas agrícolas que podrían convertir la zona en el granero del mundo. Pueblos polvorientos. Más arriba, río Bravo. Los mexicanos se ponían de cuclillas mientras esperaban que anocheciera. Luego intentaban cruzarlo. El agua llevaba remolinos, muchos se ahogaban.

Arturo Pérez-Reverte fue provocando con preguntas, y Mendoza, Parra, Sada y Toscana fueron contestando. Hablaron de un medio ambiente "extremoso", de la dureza de habitar en lugares donde todo está por hacer, y también del lento proceso de aprendizaje que supone encontrar las palabras para revelar un mundo. Ahora muchos de los escritores que vienen del norte están transformando la literatura que se hace en México. Son muy distintos, pero todos comparten el afán de gozar con el lenguaje. El encuentro discurrió por paisajes diferentes. Igual se hablaba de esos pueblos en ruinas donde no hay otra alternativa que irse o pudrirse, que se contaba del carácter hospitalario de unas gentes que saben lo que es la solidaridad para salir adelante. Muchos tienen sólo la fuerza de sus brazos (los braceros) y la frontera como única alternativa.

Se dijo que ahí en el norte hay incluso una forma específica de maldecir. Se habló de Dios. Con el inmenso desierto y la miseria, muchos viven mirando hacia arriba. Pero se contó también que no hay tanta fiesta, como en el resto del país, en el día de los muertos. Claro que también ahí hay que hacerle escarnio al desastre de morir, pero cuando toca no hay manera de ver una risa en el velorio. Eso sí: la frontera le quita toda solemnidad a la muerte. "¿Has visto a fulano?". "Ah, es que lo mataron". Poco más, una frase, una noticia.

Tierra de un fatalismo duro y resignado, habitada por hombres y mujeres en los que se confunden el candor y la malicia. Que son reservados: "No me andes presentando a gente que no conozca", contaron que se dice por la zona. En el encuentro con sus amigos mexicanos, Arturo Pérez-Reverte se borró del mapa. Cogiendo cosas de los libros de uno y otro los hacía hablar, pero cuando luego le preguntaron al terminar el acto, casi no quiso ni contestar. El protagonismo entero lo tuvo ese lugar donde no hay nada, y donde lo que necesitas tienes que hacerlo tú mismo. La violencia en el norte es seca, dura, pragmática, sin rencor. El Gobierno es el enemigo y lo peor es la traición. Entonces no hay piedad, no hay culpa, no hay remordimiento. Encontraron a una mujer muerta con tres agujeros limpios que le horadaban uno de los lados de su rostro. Entrevistaron al asesino. "Puedo ya pasar toda la vida en la cárcel", eso dijo, "pero tenía que matarla porque me traicionó". No hay otra, ésos son los códigos no escritos de la frontera. Pero tan severos como la ley más dura.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 30 de noviembre de 2005