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Entrevista:ROWAN GILLIES

La razón humanitaria

El presidente del Consejo Internacional de Médicos Sin Fronteras habla de crisis humanitarias actuales y futuras; de políticos, guerras y sida; de su principal objetivo: curar.

Hace ya más de 35 años que un grupo de médicos franceses, entre los que se encontraba el que luego fuera ministro Bernard Kouchner, creó Médicos Sin Fronteras (Médecins Sans frontières). Ninguno de aquellos padres fundadores sigue hoy en la organización. Una de las características que define a MSF es que está formada por jóvenes. Son médicos y cooperantes que aguantan algunos pocos años sobre el terreno. El actual presidente del Consejo Internacional, un cirujano australiano de 33 años de nombre Rowan Gillies, se considera ya un veterano y reclama la entrada de sangre nueva para no caer en la tentación de "institucionalizarse".

Gillies, un tipo larguirucho de cara huesuda, nació por casualidad en Boston en 1971. Su familia es australiana y creció y se educó en Sidney. Era todavía un estudiante de medicina cuando en 1994 viajó hasta Tanzania, justo en el momento en que se estaba produciendo el genocidio en Ruanda y los aterrorizados refugiados llegaban a los campos tanzanos. Volvió a casa, pero aquella experiencia le marcó de tal modo que, ya como médico y en programas de MSF, viajó a Afganistán en 1998 y a Sierra Leona en 1999. Cuando acabó su preparación profesional se tomó un año sabático y, en 2001, volvió a trabajar en programas de ayuda humanitaria en zonas de guerra: en el sur de Sudán, donde se libraba una devastadora guerra civil, y en Liberia.

Algo debe de tener. Probablemente, dotes organizativas y capacidad de gestión y de seducción, porque la suya ha sido una carrera fulgurante en la veterana organización humanitaria. A finales de 2001 entró a formar parte de la cúpula de MSF en Australia y poco después se convirtió en su presidente. Desde principios de este año es presidente del Consejo Internacional de MSF, que tiene su sede en Ginebra. Se ha propuesto permanecer en el cargo durante dos años. "Cuando acabe esta fase volveré a Australia y me prepararé para ejercer como cirujano plástico. Aunque espero que, si me aceptan, pueda trabajar por periodos cortos cada año para Médicos Sin Fronteras".

¿Cómo llega la gente a MSF?

Reclutamos gente y les explicamos lo que hacemos y lo que queremos. Cualquiera puede tener muchas razones para alistarse, empezando por la de ver mundo, pero creo que una de las principales es ese elemento romántico, ese deseo de ayudar a los demás. El desarrollo de un discurso humanitario toma más tiempo; analizar las razones por las que se hace una cosa u otra, por qué se toman determinadas decisiones, es otra cuestión. La gran mayoría de la gente que se apunta a MSF son médicos, lo que quiere decir que ya entienden los elementos básicos de la ética médica, el principio de que hay que ayudar a la gente porque simplemente son seres humanos. Pero debo admitir que vienen a nosotros por muchas y diversas razones.

¿Existe una tradición en MSF? ¿Los padres fundadores se relacionan todavía con la organización?

No, no se relacionan. Eso sucedió hace treinta años y los más viejos que hay ahora en MSF llevan unos 15 años. Lo máximo que alguien ha estado creo que han sido dos décadas. Éste es un tipo de vida que le deja a uno completamente exhausto. Además, debemos evitar que la gente de MSF se institucionalice dando entrada a gente nueva y joven en todo momento.

¿Por qué se alistó usted?

No podía entender que por un simple accidente de nacimiento tuviera una vida tan buena. También es cierto que quería conocer mundo y que el trabajo que estaba haciendo en Australia no me satisfacía plenamente; pero, en el fondo, fue el deseo de convertirme en un médico que ayuda. Y me quedé en la organización porque creo que es esencial que nuestro trabajo siga haciéndose, no necesariamente por MSF, pero que se siga realizando y que su filosofía permanezca tan pura como hasta ahora. Algunas veces podremos establecer algún compromiso sobre el terreno, pero siempre volvemos al principio básico, que no es otro que ayudar a los que sufren.

¿Qué opina del informe de la London School of Economics para la Unión Europea que pide que las organizaciones humanitarias se involucren en misiones militares de paz?

No creo que sea un nuevo concepto. Las potencias occidentales siempre dicen que sus intervenciones son humanitarias. Especialmente en países como Afganistán, dicen que van por muchas razones, pero entre ellas la de ayudar a la gente, reconstruir el país y derrotar a los talibanes. Este tipo de intervenciones supuestamente multifacéticas ha sido usado muchas veces por los norteamericanos en muchos sitios. También Naciones Unidas ha usado el integrated aproach, que creo que es como lo llaman; se trata de un proceso de estabilización, otro de reconstrucción y, finalmente, lo que llaman el proceso humanitario. Nuestro trabajo consiste en responder a las necesidades de seres humanos individualizados, no en conseguir la paz o tratar de evitar la guerra, ni tampoco en intentar crear un mundo mejor. Nuestro trabajo es cuidar de esa gente que ha sido excluida de cualquiera que sea el proceso. Cuando hay una guerra, sea justa o injusta, o una paz justa o injusta, el papel de las organizaciones humanitarias es el de cuidar a quienes han sido excluidos del proceso. Sudán es un buen ejemplo. La crisis de Darfur, las matanzas masivas de grandes sectores de la población, llevaba todo el año pasado en marcha.

Durante este tiempo intentamos llamar la atención pública y política sobre el asunto, y, finalmente, ahora parece que el mundo se ha dado cuenta de lo que pasa y se están tomando medidas políticas. Pero el año pasado la atención era prácticamente inexistente. ¿Por qué? Porque los políticos no querían molestar al Gobierno de Sudán mientras estaba sacando adelante el proceso de paz de la larga guerra civil entre el norte y el sur. No estoy diciendo que este proceso de paz sea malo; al contrario, es muy importante, decenas de miles de personas han muerto en este conflicto. Sin embargo, no es el papel de una agencia humanitaria como la nuestra involucrarse en los procesos de paz, porque cuando en un proceso de paz se toman decisiones, hay gente que queda olvidada, marginada. Quiero decir con esto que sea lo que sea lo que la Unión Europea quiera hacer en el ámbito de la intervención, nosotros iremos a la búsqueda de seres humanos, no por su pertenencia a un grupo étnico, no por estar en un lado u otro, sino porque son seres humanos olvidados.

Ésta es la razón por la que yo creo que no debemos vernos envueltos en un proceso como el que apunta la London School. Nuestro trabajo consiste en responder a los efectos que provoca cualquier proceso, sea bueno o malo.

No se fía de los poderes políticos…

En los planes de intervención siempre hay una fuerte creencia en que lo que hacen es correcto y bueno. Funcionan en torno a verdades absolutas. Ya tuvimos este problema en Afganistán. El Gobierno norteamericano cree que está construyendo democracia y un país más seguro; sin embargo, hay mucha gente que no está de acuerdo con esto, y no sólo los talibanes, también otros señores de la guerra. A escala operacional, si vas a trabajar allí con quienes están interviniendo y eres visto junto a ellos, esto te impide trabajar en las áreas donde hay gente que está en contra y pierdes una gran parte de la población.

MSF se fue de Afganistán. ¿Qué pasó? ¿Todavía piensa que hicieron bien?

Creo que no podíamos hacer otra cosa más que salir. Nos fuimos porque habían asesinado a cinco de los nuestros mientras trabajaban y no hubo ningún interés en investigar estos asesinatos. Poco antes de que esto sucediera, gente que decía que trabajaba para los talibanes nos había avisado de que éramos objetivos. No podemos asegurar que realmente trabajaran para los talibanes, pero lo cierto es que estábamos en medio de un conflicto entre dos grupos en el que ambos aseguran que sólo hay dos bandos: en uno, los norteamericanos diciendo "o estáis con nosotros o estáis contra nosotros" y, en el otro, los talibanes diciéndonos "os vamos a atacar". Es decir, no nos quedaba ningún espacio, por pequeño que fuera, para poder trabajar. Si todavía estuviéramos en Afganistán me sentiría muy incómodo. Es un lugar muy peligroso.

¿Cómo definiría este espacio entre dos partes enfrentadas en el que usted considera que se puede trabajar?

Le daré un ejemplo en el mismo Afganistán. Cuando estuve allí en 1998, trabajaba en una pequeña ciudad que fue invadida por los talibanes. Hubo graves violaciones de los derechos humanos, ejecuciones sumarias de soldados y también de civiles. Fueron unos días horribles dentro de una guerra sucia. Sin embargo, las dos partes respetaban el hecho de que estábamos allí, sabían que estábamos allí para ayudar sólo a los civiles y pactaron un alto el fuego de tres horas para permitirnos salir. Es decir, había la posibilidad, pese a las cosas espantosas que sucedían en torno a nosotros, de proporcionar alguna asistencia a la población civil. Este lugar está a unos 80 kilómetros de donde nuestra gente fue asesinada el pasado mes de julio, así que en seis años este espacio ha desaparecido. Las cosas son así. Sucedía también en Sierra Leona cuando la guerra. Estuve allí en una misión y me acuerdo de que había que pasar seis o siete controles y en todos los casos entendían por qué estábamos allí y nos permitían trabajar. Y nadie dijo que trabajábamos para ellos ni nadie intentó coaccionarnos o atacarnos.

¿Afganistán es el primer lugar en el que MSF se ha encontrado con una situación imposible? ¿Es la primera vez en que las partes han intentado utilizarles?

Han intentado usarnos otras veces. Mucha gente utiliza el concepto humanitario como arma. Casi todo se justifica con razones humanitarias. El concepto de si hacemos una guerra por razones humanitarias es otra discusión. Algunas guerras han sido útiles para el país. Por ejemplo, en Sierra Leona, cuando llegaron las tropas británicas en 1999, estabilizaron el país, no hay ninguna duda al respecto. Sin embargo, muchos civiles murieron durante este proceso de estabilización y una parte de la guerra fue exportada a Liberia, y con ella, muchos de los abusos de derechos humanos. Así que aunque sigo pensando que la intervención fue buena, siempre habrá quien sufra las consecuencias. Y éste es el problema. Pero nunca nos habíamos encontrado con una situación como la que hemos vivido en Afganistán.

Javier Solana, cuando presentó el estudio de la LSE, habló de un proyecto de fuerza de intervención y apuntó que sólo la UE podía hacerlo, ya que, dijo, los americanos sólo están interesados en la guerra.

Esto muestra una interesante autocomplacencia. Los norteamericanos son malos, pero nosotros somos buenos y seremos los que lo hagamos. Siempre es peligrosa la gente convencida de que tiene la razón. Es un punto interesante. Tal vez en los últimos tiempos los europeos se han situado más en el papel de mediadores que en otras ocasiones, pero en el pasado no ha sido precisamente el caso. Me gustaría creer que son los chicos buenos. En cualquier caso, incluso cuando se quiere crear un mundo mejor, al hacerlo se deja a una serie de gente a un lado.

¿MSF tiene algún programa en Irak? ¿Qué tipo de problemas hay?

Sí, tenemos algunos programas en Irak. Allí donde hay fuerzas armadas que al mismo tiempo aseguran que están haciendo una labor humanitaria, tenemos problemas. Es un lugar muy peligroso en el que tomamos las decisiones día a día. Hasta ahora hemos conseguido poder seguir trabajando. De momento hay una diferencia respecto a Afganistán, en Irak no hemos sido amenazados directamente. Pero, dado lo que está sucediendo, debemos considerarnos también objetivos, ya que en términos generales lo es cualquier occidental, por no decir cualquiera.

Ustedes tienen dos problemas básicos: obtener financiación y conseguir llegar a los sitios donde está la crisis y trabajar allí. ¿Hay conflicto entre estos dos campos?

Una de las grandes ventajas que tiene MSF es que se financia muy mayoritariamente de donaciones privadas. Más de un 70% de promedio. En España, un 85%; en Australia, el 90%, y en EE UU, el 100%. Esto nos permite ir a los sitios y también marcharnos, y Afganistán es un buen ejemplo.

No pondré casos concretos, pero hay organizaciones que reciben importantes cantidades de dinero por estar en Afganistán, hasta el punto de que su propia viabilidad depende de si siguen o no allí. Este sistema integrado, la llamada reconstrucción, que se está haciendo en Afganistán, ha llevado a ciertos donantes a decir: si no sois parte de este proceso, no vamos a daros dinero. Nosotros nos las arreglamos para salir y tomar nuestras propias decisiones porque dependemos en gran parte de fondos privados. Esto también nos permitió ir a Angola en 2002 cuando nadie daba nada por ir allí. O el caso de Liberia el año pasado.

Tienen programas en Chechenia.

Sí, tenemos varios programas, desde cirugía hasta tuberculosis. En Chechenia y también en Ingushetia. Es una situación muy difícil, es muy complicado trabajar. Es una de las zonas más inseguras en las que estamos presentes. De hecho, tuvimos a un médico secuestrado durante 20 meses y lo más extraño es que, una vez que fue liberado, ni Europa ni Rusia han vuelto a hablar de ello, ni siquiera Holanda, que es de donde procedía el médico secuestrado. ¿No es extraño que un ciudadano europeo sea secuestrado durante 20 meses y luego Europa se olvide del asunto?

¿Cómo enfocan ustedes los problemas de corrupción? ¿Cuando se encuentran en países en los que la 'mordida' es una parte importante de lo cotidiano, pagan?

Es una cuestión de instinto. Nos las arreglamos, del modo que sea, para no vernos envueltos en situaciones como estas en las que el dinero cambia de manos. Éste es el sistema que normalmente utilizan los periodistas para moverse en zonas de este tipo, pero nosotros somos increíblemente rigurosos en este aspecto. Si se mantiene el diálogo entre organización y organización, no hay problema.

Tienes al soldado en un control que te pide dinero y le contestas: "No, ya conoces las reglas, mi jefe se enfadaría tanto como el tuyo porque nosotros tenemos un acuerdo con tu jefe que nos permite pasar y que especifica que no hay que dar dinero". Si nos piden medicinas, tampoco se las damos, los enviamos a las clínicas, ocasionalmente les damos condones, porque creemos que es bueno que cualquier soldado tenga condones. Sorprendentemente, esto funciona. A lo mejor tienes que estarte cinco minutos más en el checkpoint, pero funciona.

¿Cuál es el lugar más caliente en términos de crisis humanitaria?

Darfur, sin duda. La asistencia es mucho mejor que hace tres meses y, en las áreas en las que llevamos trabajando más tiempo, las estadísticas médicas mejoran ligeramente. Sin embargo, en otras áreas como Kamaka las cosas están empeorando. Y además hay lugares a los que simplemente no hemos tenido acceso. A menos que se mantenga la presión internacional y que la ayuda siga funcionando, la situación puede deteriorarse rápidamente. No está ni mucho menos solucionado.

¿Cuál va a ser el nuevo punto horrible que, de pronto, descubriremos en el mapa?

No estoy muy seguro. Es algo que siempre nos preguntamos. Tal vez Costa de Marfil. Hay una elección en octubre, pero no sabemos cómo saldrá. El África Occidental es un desastre. Se trataba de semidictaduras apoyadas por los bloques. Eran países relativamente estables, pero ahora ha habido una reacción. Además son lugares con grandes riquezas naturales: maderas preciosas, diamantes, minería, petróleo… Hay un interés. Si se quiere ganar dinero éstos son los sitios a los que hay que ir. Es una especie de maldición. En Liberia habrá que ver cómo funciona el proceso, y también es preocupante la República Democrática del Congo, donde la guerra ya dura años y años. Es un país enorme; a veces parece que la guerra se congela un poco, pero luego sigue.

Y no hay que olvidar lo que llamamos "países olvidados", como Somalia, por ejemplo, que sigue sin tener un Gobierno, continúa siendo el único lugar del mundo que posee todos los requisitos de un Estado, pero no tiene Gobierno que ejerza el monopolio de la violencia. Desde 1991, todo permanece igual y hay muy pocas agencias de ayuda humanitaria que trabajen allí, sólo nosotros y alguno más.

¿Ya no hay crisis humanitarias que no estén relacionadas con la guerra, como, por ejemplo, la plaga de langosta en Senegal y Mauritania?

La crisis humanitaria más importante desde nuestro punto de vista, si se excluyen las causadas por las guerras, es el sida. Sida y tuberculosis, porque ahora van juntas. Yo no soy un activista por los derechos humanos, a pesar de que en el Fórum me invitaron a un debate sobre este tema. Sí que sé sobre ética médica y ayuda humanitaria. Por eso quiero decir que en lo referente al sida se ha producido un cambio muy importante. Hasta 2002, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y los grandes donantes asumían la tesis de que era demasiado caro tratar a todos los enfermos. Había que poner todo el dinero en la prevención y sacrificar a los enfermos, de modo que los 35 millones de personas afectadas morirían. Todo esto ha cambiado.

Ha cambiado gracias a los activistas, gracias a la sociedad civil de Suráfrica, que aprendió del movimiento antiapartheid, y a la comunidad homosexual occidental, que aprendió luchando por sus derechos. Estos dos grupos, muy bien entrenados y muy activos, han estado trabajando en HIV y han cambiado el concepto de esta enfermedad: ahora ya no es sólo una cuestión de salud pública, sino una cuestión humana individualizada. Ahora, la Organización Mundial de la Salud, el Gobierno de Estados Unidos y algunos donantes, no todos, creen que debemos tratar a los enfermos. Cierto que hay que hacer prevención, pero para nosotros está claro que lo que tenemos que hacer es curar a la gente. Hemos de curar a cada individuo, y no decirle: "Lo sentimos, usted es demasiado pobre".

¿Qué pasa con las grandes empresas farmacéuticas?

Hay dos problemas. El primero es el de la medicación combinada. Son básicamente tres drogas las que se administran, y la cuestión es si se dan en una sola píldora o en píldoras distintas.

Es más fácil y efectivo que la gente se la tome y se acuerde de las dosis si es solo una. Los fabricantes de genéricos han conseguido hacer esta píldora única, pero cada una de las drogas viene de una empresa farmacéutica distinta y no parece que se vayan a poner de acuerdo en que se fabrique esta combinación en una sola pastilla, aunque últimamente hay indicios de que están trabajando en este sentido porque se dan cuenta de que hay un mercado enorme.

El plan presidencial de Estados Unidos, que tiene muchas cosas sobre abstinencia sexual, también da mucho dinero para antirretrovirales, pero siempre que sean de empresas norteamericanas. En el otro lado están las empresas fabricantes de genéricos que hacen la píldora combinada. Para nosotros no es un problema con quién se trabaja, pero lo importante es que el tratamiento sea eficaz. Tenemos un ejemplo muy claro en Zimbabue. Trabajamos en un hospital donde también trabaja gente de la CDC de Atlanta. Ellos hacen un programa, financiado por la Administración de Estados Unidos, con las píldoras de las marcas farmacéuticas, y nosotros les damos la píldora genérica con las dosis fijas.

La diferencia, no sólo en el coste, sino en la efectividad, es enorme, pero la condición para obtener la financiación norteamericana es no usar combinaciones ni genéricos. La otra cuestión son los tratamientos de segunda línea. El tratamiento del que hablamos, el primero, dura entre 18 meses y dos años. Después de este tiempo, los pacientes se vuelven resistentes a esta medicación y entonces hay que darles los que llamamos tratamientos de segunda línea.

Tengo que admitir que estamos muy disgustados con nuestra reacción ante el sida, ahora vemos que hubiéramos debido responder antes y tratar a los enfermos con antirretrovirales en 2000. La OMS no cambió hasta 2002 y nosotros nos mantuvimos en esta línea y no tuvimos reflejos para cambiar. La OMS decía: a los que están demasiado graves ya no los tratamos porque no tenemos dinero para todos, de modo que se le daba un valor determinado a cada persona. Tal vez sea una postura válida en términos de salud pública, pero no debe serlo para nosotros, que lo que tratamos son pacientes. Y lo mismo sucede con los acuerdos de paz, que siempre pagan algunos.

¿No pueden anticiparse a las crisis?

No creo que el trabajo de las organizaciones humanitarias sea enfrentarse a los problemas estructurales que hay en los lugares donde se desarrolla una crisis. Esto corresponde a otros. No debemos asumir la responsabilidad de los Gobiernos que son responsables. No intentamos cambiar el mundo.

Pero debe admitir que cuando ustedes se involucran en una crisis se convierten también en actores, provocan reacciones, influyen en el desarrollo.

Somos imparciales en nuestra respuesta al atender a las demandas que se nos hacen. No estamos con unos ni con otros. Sin embargo, en Darfur, por ejemplo, ayudamos especialmente a quienes han sido desplazados. En cierto sentido, siempre estamos más en un lado del conflicto que en el otro, porque es ahí donde está la necesidad. Así que somos imparciales en las necesidades y neutrales en el sentido de que no nos involucramos en la guerra, pero estamos del lado de las víctimas.

¿Qué tipo de gente trabaja en Médicos Sin Fronteras?

Cambiante. Antes había más europeos occidentales; ahora tienden a ser escandinavos, australianos y norteamericanos. También cada vez se incorpora más gente de los países en los que tenemos programas, como Kenia u otros. Y también de Europa del Este.

Los voluntarios se quedan entre seis meses y diez años. Hay un cierto tipo de gente que viene, tiene la experiencia del trabajo humanitario, la idea romántica de ayudar a la gente, pues eso es lo que de alguna manera ofrecemos nosotros; una vez que lo han hecho se vuelven a sus vidas. Otros deciden quedarse durante dos o tres misiones. Finalmente hay un tercer grupo que decide subir en la organización.

La mayoría, sin embargo, viene por uno o dos programas, y está bien porque esto significa rotación, lo que tiene efectos benéficos. Siempre hay gente que llega y nos dice: "¿Por qué lo hacéis así?, esto es estúpido, esto no es ético". Hemos cambiado y mejorado en muchas cosas porque quienes llegan de fuera nos avisan. Un ejemplo es el sida. Cuando trataba a enfermos en 1999 no pensaba: "Bueno, a lo mejor los tenemos que intentar curar". Tuvo que ser la gente sobre el terreno la que nos dijera: "Esto es inaceptable, están enfermos, contemplamos cómo los enfermos mueren de una enfermedad que en nuestros países se cura".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de noviembre de 2004