Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
FESTIVAL DE BEAUNE

Antonio Florio dirige la fulgurante recuperación del 'Parténope' de Vinci

Aluvión de óperas barrocas desconocidas en la región francesa de Borgoña

El Festival Internacional de Beaune, en el corazón de Borgoña, lleva siendo desde hace bastantes años el lugar de encuentro por excelencia de la ópera barroca durante el verano en Francia. Año tras año -y van 22- se reúne aquí en el mes de julio la flor y nata de los intérpretes de la música antigua. El pasado sábado, Antonio Florio cautivó con su dirección de Parténope (Venecia, 1725), ópera recientemente recuperada del calabrés Leonardo Vinci (1690-1730), a partir de un manuscrito encontrado en Londres.

El de Beaune es un festival de fines de semana. Fuera de los viernes, sábados y domingos, no hay conciertos. Si hace buen tiempo, estos se celebran al aire libre en el bellísimo patio de los Hospicios (Hôtel Dieu), con sus tejados multicolores. De lo contrario, hay una alternativa a cubierto en la basílica románica de Notre Dame. El parte meteorológico es clave y siempre hay un informe previo de la organización. El del pasado sábado, para el concierto de Florio, vaticinaba 13 grados de temperatura, más del 85% de humedad, vientos racheados y chubascos ocasionales. No era la situación ideal para estar al fresco. Los músicos lo suelen agradecer. Siempre es más controlable el sonido en recintos cerrados. Además, Parténope se transmitía en directo por radio a 19 países, con lo que más valía concentrarse en el equilibrio sonoro global sin estar pendiente de los efectos del viento.

El pasado fin de semana fue especialmente atractivo en Beaune, con la presencia de dos grandes estrellas del barroco, como son Antonio Florio y William Christie. El viernes hubo, en cualquier caso, un sustancioso aperitivo con un programa dedicado a músicas alemanas e italianas durante la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), a cargo del grupo Le Poème Harmonique, dirigido por Vincent Dumestre.

Descubrimientos

Florio reaparecía el sábado con otro de sus descubrimientos: Parténope, de Leonardo Vinci, un compositor del que ya había montado años atrás Las muchachas en galeras. Parténope se une a las óperas olvidadas de Provenzale, Latilla, Paisiello, Cavalli y otros que la Capella de Turchini saca a la luz sin desfallecimiento y con tenacidad admirable.

En cuanto a Christie, su participación este año en Beaune es doble. Por un lado, viene el 23 de julio con su triunfal Hércules de Aix-en-Provence, antes de que se pasee por París (en diciembre), Nueva York o Londres, y, por otra, ayer domingo se dio un paseo por los motetes de Couperin y Campra, en un concierto que servía de excusa para festejar los 20 años de colaboración con el festival. En otros fines de semana, comparecen en Beaune Minkowski y Alessandrini con óperas de Haendel, Rousset con una recuperación de Melani y Dantone con otra de Pergolesi.

En Parténope, Vinci se muestra como una especie de Haendel mediterráneo. De hecho, el compositor sajón tomaba buena nota, en general, de lo que hacía el calabrés. Incluso compuso una ópera sobre el mismo tema, y con el mismo libretista: Silvio Stampiglia, cinco años después del estreno de la Parténope, de Vinci. Antes, en 1722, Domenico Sarro ya había estrenado otra Parténope en Nápoles. Tal vez por ello no se ha hecho ahora en Beaune una versión filológica al pie de la letra de la Parténope de Vinci, y para dar una mayor idea del ambiente de época se han intercalado tres intermedios cómicos de la Parténope de Sarro, que contemplan el combate galante de la legendaria fundadora y reina de Nápoles con sus tres pretendientes a través de dos sirvientes, lo que permite un lucimiento excepcional de dos cantantes-actores de escuela bufa napolitana como Pino de Vittorio y Giuseppe Naviglio.

En la ópera de Vinci, las cuatro mujeres están inmensas: Sonia Prina, Maria Ercolano, Maria Grazia Schiavo y Lucia Cirillo, mostrando, de principio a fin, una fogosidad de la mejor ley. Los tenores Makoto Sakurada y Rosario Totaro se contagian en la medida de lo posible. La estrella de la noche fue, en cualquier caso, Antonio Florio, que sacó de la Capella de Turchini oro puro. Director de gesto pacífico, con cara de no hacer nunca una travesura, extrae una energía de sus músicos verdaderamente fulgurante. Un ejemplo: la violonchelista Rebeca Ferri, un espectáculo en su alegría de hacer música, su complicidad con los compañeros y su atención al director.

De Bach a Bacchus

En las bodegas antiguas del Château (así, en francés) de Meursault, a unos kilómetros de Beaune, comenzó ayer con un concierto enológico

(así se define en los carteles) el festival musical De Bach a Bacchus,

dedicado a los

grands crus

de Borgoña, certamen que ya va por su 19ª edición.

Asistir suponía perderse el homenaje a Christie, pero, en fin, hay otras compensaciones. No es, en cualquier caso, un festival alternativo, sino complementario, y forma parte del sinfín de actividades que relacionan la música y el vino en esta región, donde el vino, no nos engañemos, es el rey absoluto.

Los dos rituales, el de la música y el del vino, encajan en Borgoña a las mil maravillas. Para los no iniciados es aconsejable hacerse con una guía de vinos fiable -la de Parker, sobre todo, pero también la Hachette e incluso la de vinos seleccionados por la revista

Bourgogne Aujourd'hui,

cuya edición 2004-05 ya está en la calle- para organizar un recorrido por bodegas emblemáticas durante el día, que finaliza felizmente con Haendel, Vinci, Pergolesi o Couperin, es decir, músicos para una buena digestión sin necesidad de recurrir al

almax de rigor.

Dicen las buenas lenguas que la fidelidad absoluta de intérpretes señeros como William Christie, por ejemplo, al Festival de Beaune, se debe, entre otras razones, a que repone aquí las existencias vinícolas para el resto del año. No está mal, desde luego. Y si alguien tiene "mala conciencia" de tanto epicureísmo, cosa que dudo, y piensa que lo del vino no es una forma depurada de alta cultura,

puede darse un garbeo por el Hospicio y contemplar el políptico del

Juicio final,

de Van der Weyden, un alivión de inmediato para cualquier amodorramiento etílico, por muy pequeño que sea. Y además, qué bellezón.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 12 de julio de 2004

Más información