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Reportaje:DESAPARECE LA GRAN NARRADORA DE LA POSGUERRA

Muere Carmen Laforet, cronista del vacío

El silencio de la autora de 'Nada' va a romperse en mayo con la aparición de una novela inédita

Ayer murió en Madrid Carmen Laforet. Nacida en Barcelona en 1921, saltó a la fama cuando en 1944 ganó el Premio Nadal con Nada. Eran los difíciles tiempos de posguerra, donde muchos de los grandes escritores habían sido silenciados o vivían en el exilio, y entonces la joven voz de esta narradora supo llevar a las páginas de su novela toda la desolación y el desconcierto de aquellos dolorosos años. A través de ella, la literatura española atrapó las inquietudes de una generación que se miró en el crudo espejo del existencialismo. Más adelante, siguió publicando diferentes libros, todos ellos presididos por su elegante escritura, pero su nombre seguirá asociado a aquella obra que narró los inciertos pasos de una mujer en un tiempo difícil.

Cuando la noche del 6 de enero de 1945 se dio a conocer, al final de una cena celebrada en el café Suizo de Barcelona, el nombre de la ganadora del primer premio Nadal, creado por algunos miembros del semanario Destino como un homenaje a su joven redactor-jefe Eugenio Nadal, muerto ocho meses antes, nadie sabía quién era aquella mujer de 23 años, llamada Carmen Laforet, que había logrado el galardón, imponiéndose a autores tan célebres en la época como César González Ruano, con una novela fascinante y de extraño título: Nada.

Muy poco tiempo después, la autora y el libro, que trazaba un desolador relato de nuestra oscura posguerra a partir de la historia de una joven, Andrea, que iba a Barcelona a alojarse en casa de unos lóbregos familiares, se habían hecho célebres, Nada era consideraba la mejor novela española contemporánea junto a La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela, después de ser el libro más vendido del momento y de recibir el prestigioso premio Fastenrah, de la Real Academia de la Lengua Española, y un torrente de alabanzas que incluía artículos firmados por Juan Ramón Jiménez -de un poema suyo salían el título y la cita inicial de la obra de Laforet-, Azorín -que llegaba a compararla con Dostoievski y con Pío Baroja- o Miguel Delibes.

Nunca disfrutó demasiado de todo aquel éxito fulminante e inextinguible

La escritora consideraba que 'Nada' era un libro inmaduro y lleno de fallos

Hay una maleta desaparecida llena de escritos de su proyecto más ambicioso

Hoy día, casi sesenta años después, Nada sigue siendo juzgada de forma unánime como una obra ineludible; es la novela más traducida de nuestro idioma tras El Quijote y La familia de Pascual Duarte; ha sido y sigue siendo estudiada en cientos de tesis doctorales en todo el mundo; se reedita de manera continua; ha conocido dos versiones cinematográficas y le ha asegurado a Carmen Laforet un puesto de honor en la historia de nuestra narrativa.

Sin embargo, su autora nunca disfrutó demasiado de todo aquel éxito fulminante e inextinguible, tanto por razones personales como literarias. Con respecto a las primeras, Laforet huyó desde el primer momento de la fama, y las energías que la mayor parte de los escritores dedican a dejarse ver, ella las dedicó a esconderse y buscar una existencia apartada, que le parecía la más lógica para un creador, como viene a decir en un texto de febrero de 1969 en el que habla de Xavier Zubiri: "El autor no había aparecido ante las cámaras de TV, ni había concedido entrevistas populares, ni creo que no populares tampoco. No había hecho anuncio de su libro, no había firmado ejemplares en público. El autor del libro (...) ha elegido siempre la senda callada de los sabios".

Con respecto a las razones literarias, Carmen Laforet nunca estuvo muy contenta con Nada, que consideraba, por sorprendente que pueda parecer, un libro inmaduro y lleno de fallos. Su perfeccionismo la llevó, consecuentemente, a escribir y publicar poco, apenas otras tres novelas en 11 años -La isla y los demonios, en 1952; La mujer nueva, en 1955, y La insolación, en 1963-, además de siete novelas cortas y algunos cuentos. La insolación fue anunciada como el primer tomo de una trilogía que nunca llegó a completar.

La isla y los demonios continuaba en muchos aspectos el camino de Nada, aunque la acción no transcurra en Barcelona, sino en Gran Canaria, donde la escritora había pasado su adolescencia. Pero su dura historia de una familia que pasa los años de la Guerra Civil apresada a la vez en la viscosa telaraña del drama histórico, visto a lo lejos desde las islas, guarda muchos puntos de conexión con el ambiente opresivo y desesperanzado que la autora había construido en su primera novela. La mujer nueva es, sin duda, el mayor fracaso de Laforet y un libro que refleja uno de los rasgos más extravagantes de su naturaleza, que consistía en dejarse llevar por intuiciones súbitas y decisiones radicales. En este caso, lo que refleja es el cambio espiritual de Carmen Laforet tras haber tenido, de pronto, una especie de visión mística que la hizo volcarse en la fe católica. La lejanía que debió ver entre la pura doctrina religiosa y la realidad de la Iglesia la hizo sufrir, sin embargo, una severa decepción.

El célebre silencio de Carmen Laforet, que ha durado cuarenta años, empezó al acabar La insolación. Antes de eso, la escritora barcelonesa había publicado, siempre para incluirlas en conocidas colecciones semanales de los años cincuenta, una serie de extraordinarias novelas breves, que se cuentan entre lo mejor de su producción: El piano (1952), Un noviazgo (1953), La niña y Los emplazados (ambas en 1954) o La muerta (1952).

La insolación inauguraba, teóricamente, una trilogía que iba a llamarse Tres pasos fuera del tiempo y cuyos dos siguientes tomos serían Al volver la esquina y Jaque mate. Laforet explicó en el prólogo a La insolación que las tres novelas podían leerse independientemente, pero sus personajes serían los mismos, abordados sucesivamente en su infancia, su juventud y su madurez. La escritora trabajó obsesivamente en la segunda entrega del ciclo, e incluso llegó a enviar el manuscrito a la editorial Planeta, pero cuando le enviaron las galeradas para que las corrigiese entró en un proceso cada vez más depresivo e insatisfactorio de reescritura del texto, en una reorganización interminable con continuos ajustes, tachaduras y depuraciones que cada vez parecían llevar el libro más lejos de su intención inicial. El resultado es que Carmen Laforet jamás devolvió esas pruebas y Al volver la esquina ha permanecido inédito justo hasta ahora, cuando los hijos de la novelista acaban de anunciar la salida de la obra para el próximo mayo.

Contra la idea aceptada de que Laforet se retiró voluntaria y definitivamente de la escritura tras publicar La insolación, ahora sabemos que nunca dejó de escribir y que durante décadas intentó concluir a su gusto, sin conseguirlo, su proyecto más ambicioso, esta trilogía que se llama Tres pasos fuera del tiempo y que quizá sí llegue a conocerse, si se encuentra una misteriosa maleta llena de originales que Laforet le dejó a un conocido en Roma, donde vivió algún tiempo, y que éste nunca ha devuelto a la familia. En esa maleta debe haber, entre otras cosas, una gran cantidad de páginas de Jaque mate, el tercer tomo de la trilogía.

A comienzos de los setenta, Carmen Laforet decidió separarse de su marido, el periodista Manuel Cerezales, con quien tuvo cinco hijos, y buscar una vida nueva, independiente, que la permitiera concentrarse en escribir. Viajó a París y a Roma, donde trabó amistad con Rafael Alberti y María Teresa León y conoció a María Zambrano. Es curioso, pero la libertad no le sirvió de nada, y antes de caer en un nuevo silencio, agravado por una enfermedad psicológica que acabó con ella en una residencia geriátrica, apenas pudo completar Diario de Carmen Lafore

t, que publicó por entregas en Abc, y media docena de artículos de opinión que aparecieron en los ochenta en EL PAÍS y que son sus últimos textos conocidos. Ahora, cuando su ausencia de cuatro décadas estaba a punto de atenuarse con la salida de Al volver la esquina, Carmen Laforet entró ayer en un silencio sin vuelta atrás. Sus libros, sin embargo, no la dejarán callar: cuando los escritores esenciales hablan, lo hacen para siempre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 29 de febrero de 2004