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Editorial:

Prácticas de tortura

Los argentinos y los demócratas de todo el planeta acaban de enterarse con estupor e indignación de que las Fuerzas Armadas de ese país latinoamericano han seguido entrenándose para torturar durante los 11 años posteriores al final de la dictadura militar. Han sido unas fotografías tomadas en un campo de instrucción y difundidas por la prensa las que han levantado la liebre. Bajo los Gobiernos democráticos de Raúl Alfonsín y Carlos Menem, unidades de élite del Ejército de Tierra, la Marina, la Aviación y la Gendarmería de Argentina seguían ensayando los métodos que aplicaron salvajemente durante la dictadura militar que rigió ese país entre 1976 y 1983. Estos métodos son los que aplicaron los militares franceses en las guerras colonialistas de Indochina y Argelia y que fueron perfeccionados en la Escuela de las Américas, que funcionó en Panamá bajo control del Ejército de EE UU.

¿Con qué objetivo se entrenaban los militares argentinos en esos procedimientos bárbaros, condenados unánimemente por la humanidad civilizada? ¿Era una forma de mantenerse en forma para una situación de eventual retorno al poder por la vía del golpe de Estado? ¿No han superado los militares argentinos la idea siniestra de que deben actuar como un Ejército de ocupación en su propio país? Las respuestas oficiales que ha obtenido el muy preocupado presidente Kirchner no son, en absoluto, satisfactorias.

Las fotografías son estremecedoras. Con toda frialdad, grupos de militares torturan a sus propios compañeros, usados como cobayas, con métodos que incluyen la picana, el instrumento de descargas eléctricas del que fueron víctimas miles de argentinos en los años de plomo de la dictadura militar. También el llamado "submarino", el ahogo con agua o bolsa de plástico. Con estas imágenes el horror de aquellos años ha resucitado con viveza. Pero tan grave como ello es el que la difusión de estos testimonios gráficos haya ido acompañada de una denuncia según la cual cuatro presos de una cárcel de la provincia de Buenos Aires fueron golpeados y sometidos a descargas eléctricas hace unos días.

El argumento de que los ensayos de tortura eran inocentes, puesto que sólo pretendían preparar a soldados de élite para resistirla en caso de que algún día fueran capturados por enemigos, es banal. Con un pasado como el de las Fuerzas Armadas argentinas, es instantánea la sospecha de que aquellos que practican los ensayos, al igual que los que los sufren, aceptan que la tortura es posible y están predispuestos a aplicarla algún día. Unas Fuerzas Armadas como las argentinas, con un pasado reciente tan siniestro, deberían ser, al contrario, un modelo de pulcritud profesional y respeto a la Constitución de su propio país y a las convenciones internacionales sobre derechos humanos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de enero de 2004