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51º FESTIVAL DE BERLÍN

Sombras en el escaparate

No es cosa de ahora, pero en los últimos años lo que esta cosa tiene de estafa y de acto de intrusismo se ha acentuado. Hablo de que el viejo equilibrio que en los grandes festivales de cine mantenían el escaparate y el laboratorio se está rompiendo poco a poco. Y aquella antes equilibrada balanza se inclina cada vez más hacia las luces del escaparate donde se hilan los negocios, dejando casi en la inexistencia las sombras del laboratorio donde se tejen los delicados hilos del lenguaje del cine. Son tildadas estas sombras de improductivas, y tal vez lo son de hoy para mañana, pero un poco más a la larga, de hoy para pasado mañana, su productividad no sólo es real, sino la única cierta. Es la evolución del lenguaje lo que engrasa el movimiento que hace posible el cine que viene, el que está aún larvado y en período de forja, incluido el bajo cine del escaparate. Cuando hace medio siglo surgieron en Europa los movimientos de renovación formal o nuevas olas, las películas que desencadenaron no daban más francos o pesetas que las que contaban con los dedos de la abuela unas cuantas manos de cinéfilos cómplices. Pero eso que desencadenaron es hoy una mina de oro. No existirían ayer las millonadas de El soldado Ryan si no hubiera existido anteayer la pobreza de El diablo sobre ruedas, ni esta aventura hubiera sido posible sin una ojeada hacia atrás, hacia sus raíces, de Steven Spielberg en busca de lo que hace medio siglo introdujeron en el equipaje de la mirada contemporánea mirones como Jean-Luc Godard y John Cassavetes. Una vez le preguntaron a Francis Coppola cómo había encontrado la mina de oro de El padrino y dijo que el mapa se lo había robado a Michelangelo Antonioni. No bromeaba, pues tras el estilo de Coppola está, como raíz, el de su lejano maestro.

Y vuelta al principio. Los dos o tres grandes festivales, en los que sobre el papel se concentran los títulos y los rostros más ilustres del cine del mundo, en realidad tienden a ser amontonamientos de celuloide movido por la lógica del negocio de la compraventa de imágenes al por mayor. La histeria de la productividad instantánea está olvidando que el cine productivo de mañana hay que sembrarlo hoy en ese territorio triangular de la improductividad que limita con lo desconocido, lo aventurado y lo arriesgado. Y ése es el cine que el jurado de esta Berlinale ha hecho que aflore.

Este entendimiento de lo que pasa no está sólo en el reconocimiento de algo tan evidente como que Intimidad es cine futuro que brota ahora y que con el desconcierto que siembran algunas de sus secuencias presagia algo que aún no existe. El entendimiento de lo que pasa está también en la forma limpia con que han ido a parar al cesto del celuloide innecesario películas de tanto relumbrón como Finding Forrester, Chocolate y, sobre todo, Traffic, que iba de ganadora por aclamación y nada se ha llevado de esta Berlinale, salvo el reconocimiento del inmenso talento de Benicio del Toro, que ya se sabía.

Es justo ese olvido, porque Traffic -como otras películas de corte e ideología similares, como Erin Brockovick, Jóvenes Prodigiosos y Gladiator- incurre en la vergonzosa contradicción, que entra en el corral de la pura y simple inmoralidad, de proponer un despliegue inicial de cine valiente sobre el pozo sin fondo del tráfico de drogas para poco a poco ir cercando esta aventura y desviar la pantalla hacia una resolución cobarde del audaz comienzo. El dinero ordena, y es obedecido, que la película se traicione a sí misma y que la dura verdad que indaga se cubra al final de mentira acaramelada que la haga digerible por los estómagos conservadores. ¿Qué pinta una mentira de este calibre en la Berlinale? A esa pregunta ha respondido el jurado echándola fuera.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 19 de febrero de 2001