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57º FESTIVAL DE VENECIA

Stephen Frears traza una dura crónica de la vida obrera británica

Sorprende un excelente filme chino sobre una banda de rock

ENVIADO ESPECIALEl gran director británico Stephen Frears, que le echa mucho y muy frío oficio a sus trabajos para Hollywood, suele recuperar el calor de su talento cuando vuelve la mirada a los orígenes. En Liam, Frears reencuentra a los personajes que alimentan los mejores momentos de su cine y destapa el tarro de las esencias bordando una crónica dura y divertidísima de la vida obrera en el Liverpool de los años treinta. El ejercicio interpretativo coral del reparto de Liam es, como de costumbre en el cine británico, de admirable precisión y refinamiento.

Algo misterioso

Desde la fría y artificiosa Mary Reilley, película de la que reniega, el siempre brillante y en todo momento un virtuoso de su oficio Stephen Frears parecía estar oscurecido e indeciso, metido en horas bajas o tal vez estudiando y revisando los pasos que ha de dar en lo que le queda de su ya larga carrera. Si es así, este repaso íntimo le ha conducido a mirar hacia atrás, tanto a los orígenes de su estilo como al mundo donde su estilo encontró la cantera de relatos y de historias verídicas que han alimentado lo más vivo y veraz de la obra de este cineasta.Lo mismo si son verídicas que si son inventadas, las ficciones que ama Frears tienen sus raíces e indagan en el hormiguero que se mueve en las aceras sórdidas y en los mundos mínimos que hay detrás de las puertas de las casas en los barrios pobres de las ciudades inglesas e irlandesas. Esta vez se va a Liverpool, a una barriada de emigrantes católicos irlandeses cercada por la hostilidad social y religiosa. Y dice Frears: "He hecho Liam porque admiro a Jimmy McGovern, el autor de la novela. Es uno de los más grandes cronistas del estilo de vida inglés. Yo no he nacido ni pertenezco a la clase obrera, ni tampoco soy católico, pero lo que cuenta este relato me recuerda los años que pasé con mi madre después de la guerra".

Y por eso, sin duda, hay algo -un resto o un rasgo de fondo- secretamente autobiográfico, aunque nada sucediese así en su vida, en la figura, elaborada de acuerdo con las leyes del más puro cine lírico, del niño sobre el que converge esta intensa y, aunque terrible y amarga, trepidante y divertida crónica familiar. Frears sabe filmar la vida cotidiana y contagiarnos de ella.

El niño protagonista de Liam es un prodigio de gracia y de expresividad. Y hay algo misterioso en cómo Stephen Frears se las arregla para que esta mínima criatura, que no levanta dos palmos del suelo, nos dé a entender con precisión matemática honduras y negruras del mundo adulto que el niño contempla e interpreta a su manera, que no es la nuestra, pero de cuya sorprendente lógica extraemos choques de ideas y de imágenes irrefutables acerca de la sórdida encerrona de la vida obrera en que está sumergido.La imagen del niño y de sus relaciones con el entorno estallan de humor, de inteligencia y de generosidad indignada. Frears es un viejo humorista radical y cabreado, de los pocos que se atreven a mirar hacia atrás con ira, que envuelve en ternura a las víctimas de su relato y escupe bilis de vitriolo a la cara de los opresores y sus verdugos del fascismo en alza. Es Liam una fraternal mirada a la charca de miseria histórica de donde procede esta Europa del neofascismo emergente, que aguarda la hora de su retorno y se mueve de forma alarmante en el subterráneo donde guardamos nuestros miedos.

También es una mirada tierna y dolorida la película china Platform, escrita y dirigida por Jia Zhangke, sobre otro lejano fondo autobiográfico. Es un filme, de casi tres horas y media de duración, que discurre sobre una cadencia parsimoniosa vertebrada por prolongados -formalmente muy complejos y casi siempre admirablemente sostenidos y resueltos- planos secuenciales llenos de rigor y vitalidad tanto dentro como fuera del campo de encuadre.

No es una película fácil de ver, y encontrará serias dificultades para exhibirse en Europa. Sin embargo, Platform merece verse y estudiarse, porque expresa con fuerza y nitidez un suceso histórico de colosales proporciones: los inicios de la mutación, en la China de los años ochenta, del maoísmo estalinista al informe rompecabezas ideológico en que se agita la China actual. El relato de la formación y el itinerario de un grupo de rock en una pobre provincia del norte de China es la metáfora que sirve de vehículo a esa mutación, a ese desencadenamiento de un giro histórico de consecuencias enormes pero aún desconocidas. Inabarcable asunto que es milagrosamente abarcado por esta humilde y honda película.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 6 de septiembre de 2000