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47º FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN

Ironía budista y cine político abren el programa de Zabaltegi

Con el festival a todo ritmo, los ciclos de homenaje -a Bertrand Tavernier, el que revisa la comedia italiana desde los setenta, el de John Stahl- y sus múltiples sesiones diarias, le ha llegado también el turno de despegue a Zabaltegi, esa "zona abierta" que es el espacio donde se dan a conocer las propuestas estética o temáticamente más arriesgadas. La sesión inaugural del jueves, dedicada a Locos en Alabama, de Antonio Banderas, dio paso ayer a la proyección de algunas películas de curiosa factura u origen entre las que destacaron dos: La copa, de Khytentse Noribu, primer filme de Bután que haya visto jamás este cronista, y Marana simhasanam (El trono de la muerte), del indio Murali Nair, reciente ganador de la prestigiosa Cámara de Oro con que el Festival de Cannes premia a la mejor ópera prima del certamen. La copa, que el espectador español podrá ver puesto que tiene distribución comercial, es un filme entre entrañable y minimalista, íntegramente ambientado en un monasterio budista de la India, aunque regido por tibetanos en el exilio. El filme tiene dos claras vertientes: una, la puramente anecdótica, proporciona al espectador los mejores momentos de solaz, al hacer que la rutina del monasterio se vea interrumpida por los deseos de algunos jóvenes novicios de ver por televisión nada menos que el Mundial de fútbol de Francia 98 y las portentosas piruetas de Zidane.

Moda

La otra incluye algunas enseñanzas morales, al tiempo que se permite abundantes recordatorios sobre la situación política en el Tíbet ocupado por China. Jeremy Thomas, habitual compinche de Bernardo Bertolucci y responsable de aquel engendro llamado El pequeño Buda, aparece como productor del filme, cuya razón de ser tiene más que ver con la moda del budismo entre ciertos prohombres del Hollywood que con los (escasos) valores artísticos que el filme muestra.

Muy diferentes son los valores de El trono de la muerte, magnífico ejemplo de película política hecha con cuatro cuartos, un amplio dominio de la narración y una claridad de discurso encomiable. La absurda peripecia de un campesino pobre de solemnidad, falsamente acusado de un asesinato; la manipulación a que someten a su mujer, y las intrigas políticas que se tejen alrededor de su ejecución, revestida de excepcionalidad por el método elegido, la silla eléctrica del irónico título que se presenta como sinónimo de modernidad, dan pie para que el debutante Nair borde un brillante ejercicio crítico. En apenas una hora y con un lenguaje seco, un tono corrosivo y un tempo narrativo siempre controlado, el director propone el primer título estrictamente político de una programación, la de este año, que abundará en propuestas similares.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 18 de septiembre de 1999