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Tribuna:

El fenómeno López MARÍA DEL MAR ARNÚS

Se quiere eliminar la estatua de Antonio López, pero se acepta de buen gusto la de Cambó, estéticamente deleznable por cierto, quien ya se sabe que ayudó a financiar a los facciosos contra la Segunda República. También se ha logrado convertir el templo de la Sagrada Familia en tal disparate que hasta el propio Cristo está a punto de aparecer y expulsar a los mercaderes. Al fin y al cabo, el monumento a López simboliza el del más famoso de los emigrantes, que vuelve rico y se establece en la única ciudad española moderna capaz de generar riqueza, el del indiano protector de las artes y las letras. "Saba de cedre i de gegant la força / tenia, tot batentse amb l"huracà: / dexava a la formiga dins sa escorça / sa casa obrir i atresorar son gra...". Así le describía Verdaguer, además de dedicarle La Atlàntida y de compartir con él sus mejores años como capellán de sus empresas y de su propia casa. La figura de Antonio López representaba la culminación del periodo de la Renaixença que provoca el Modernisme. Es el personaje que mejor ilustra la proyección internacional (finanzas, comercio, marina, emigración, mecenazgo) de la economía y la sociedad catalana del siglo XIX. Toda su vida gira en torno al hecho colonial, puesto que el esfuerzo de modernización colonial se lleva desde Cataluña, y el último tercio es un momento de gran proyección y rivalidad colonialista en el mundo occidental. Mas como todo personaje que acumula tanto dinero y poder en un corto periodo de tiempo, López tuvo su historia negra, escrita por su propio cuñado -la oveja descarriada de la familia, Francisco Bru- y que ha quedado como la única biografía que existe sobre este personaje tan controvertido. Bru, resentido y acomplejado, en unos libelos panfletarios alude a la crueldad con los esclavos y al espíritu ambicioso e implacable de su cuñadísimo. Sin embargo, hoy hay varios estudios que avalan su no participación en el tráfico de esclavos, aunque si su comercio, como lo demuestra el anuncio en portada de El Redactor de Santiago de Cuba, de compra venta de fincas, ganado y esclavos. Y es que pese al decreto de abolición de la esclavitud de 1824 y a los torpes y falsos consejos del obispo de entonces en Santiago, Antonio M. Claret, el comercio de esclavos estaba autorizado y solapadamente bendecido por la Iglesia, y es sabido que directa o indirectamente fue una de las fuentes de riqueza de la próspera sociedad bienpensante colonial española de mediados de siglo. A pesar de las presiones de los países anteriormente enriquecidos gracias al esclavismo -EE UU, Inglaterra, Países Bajos, Alemania, Francia- y de que la flota inglesa interceptaba continuamente barcos españoles con cargamento de esclavos, el tráfico de éstos no se abolió definitivamente hasta el año 1886. Esta figura paradigmática de la Barcelona vuitcentista, compañero de fortuna de muchos catalanes en Cuba, punto indispensable del Grupo Catalán que promueve la Restauración y uno de los hombres más ricos de la Península, en Comillas (Cantabria), su villa natal, quiso dignificar su nombre y realizar el sueño máximo del indiano: construir una gran casa, en su caso un palacio (en Barcelona ya había comprado el Palau Moja en 1870, en el mejor sitio de las Ramblas), un mausoleo para sus restos y los de su familia, y hacer una gran obra de caridad. Lo que empezó proyectado como una escuela de artes y oficios, acabó siendo por presiones del clero y de su hijo Claudio, el seminario más importante de España, transformado por los más cualificados artistas y artesanos catalanes del momento. Y es así como en Comillas se crea un enclave modernista de enorme trascendencia. Allí dejaron obras los tres grandes del modernismo: Gaudí, Domènech i Montaner y Llimona. Y allí se dio el primer ensayo de la vanguardia artística: La porta dels ocells, de Gaudí (1900).

Maria del Mar Arnús es historiadora y crítica de arte.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 1 de junio de 1999