46º FESTIVAL DE CINE DE SAN SEBASTIÁN

Los nuevos "zorros" presagian una fuerte alza en el consumo de palomitas de maíz

El gran cine llegó ayer al concurso dentro de una pequeña obra maestra del realismo francés

Un pequeño ejército de zorros de guardarropía escoltó ayer aquí a dos vulpejos de carne y hueso, el galés Anthony Hopkins y el malagueño Antonio Banderas, que alborotaron el gallinero del teatro Victoria Eugenia. Los granjeros de todo el mundo también andan estos días alborotados, ante el presagio de que tan magníficos y astutos cánidos enrolados por la tienda del glamour hollywoodense disparen el alza de la demanda en el mercado de palomitas de maíz. Mientras tanto el gran cine, el verdadero cine, llegó en la humilde y magistral película francesa Finales de agosto, primeros de septiembre.

Más información
Bella crónica de la muerte del verano
Dos óperas primas compiten en la sección Zabaltegui

Las leyes del mercado de noticias están también hoy alborotadas, al verse obligadas (por la lógica inapelable del cómo funcionan las cosas dentro de los mercados de cine) a dar prioridad informativa al malo sobre el bueno, a un vulgar y epidérmico espectáculo opulento sobre un inteligente y elegante, pero pobre, ejercicio de elocuencia cinematográfica.No obstante, La máscara del Zorro no es una humillante basura de chatarra visual informatizada, ni va de lagartos memos emparentados con Godzilla, sino que procede del noble mito popular creado a primeros de siglo por la leidísima novelucha titulada Bajo el signo de Capistrano, que un inmenso y zorruno histrión del cine fundacional, Douglas Fairbanks, olfateó como marco perfecto para dar uno de sus arrolladores recitales de cine circense, en los que hizo, entre otros prodigios, aquel viejo Zorro mudo de 1921, en el que el director de este nuevo Zorro, que en realidad son dos zorros, entra a saco y le sorbe el zumo hasta casi el mimetismo plagiario. Eso sí, con agil y divertido desparpajo y viva trepidación de escuela westerniana, lo que a ráfagas convierte a la zorrada en zorrería.

Los chavales del mundo lo pasarán mejor que bien galopando sobre los lomos de sus butacas detrás del aire de los corceles negros de estos dos guapos zorros . Y contagiarán a sus mayores con el buen hacer del Fairkbanks con suave acento andaluz de un suelto y vivo Antonio Banderas (segundo español que hace de Zorro, pues el primero fue el canario Charles Quiney, en dos espaguetis almerienses dirigidos por José Luis Merino en los años sesenta), que debe haber aprendido cosas de Hopkins, pues se permite despuntes de magníficos achulamientos a lo Hannibal Lecter, como su estupendo tangazo a lo Rodolfo Valentino y su gracioso duelo a punta de espada desnudadora de la guapísima hija de Papá Zorro, Catherine Zeta-Jones, que hace de andaluza con acento de Arkansas, y que en vez de la consabida españolita casta tiene, en consonacia con el padre y el novio que la ha puesto en bandeja, un punto de zorra de estirpe, lo que da ánimos al gallinero.

El director del divertido caramelo, un tal Martin Campbell, asegura que su único modelo ha sido el Zorro de Fairbanks. Demasiado evidente la cosa para ocultarla. No olvidemos que el director de aquella reliquia fue Frank Niblo, muy eficaz pero tosco donde los haya, y por ello fácilmente imitable. En realidad, Campbell emplea una verdad para mentir, pues se calla que ha tomado notas a punta de pala y a pie de pantalla de otros muchos modelos no zorrunos de la historia del cine de aventura circense, desde las deslumbrantes diabluras de Burt Lancaster y Nick Cravat en El temible burlón a cualquiera de los formidables Indiana Jones de Harrison Ford, y Steven Spielberg sobre todo el tercero, ese en que asoma la jeta Sean Connery y la pantalla arde.

Lo que Campbell quiere a toda costa es desviar nuestra mirada del absolutamente genial Zorro de Robert Mamoulian y Tyrone Power, una de las obras supremas del cine de aventura, de la que obviamente no ha imitado nada, porque no se atrevido, ya que se hubiera estrellado contra el muro de lo imitable. Lista zorrería la suya, al no dar cancha, para así evitar comparaciones engorrosas para su tosquedad, a aquel milagro de esquisitez.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS