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Tribuna:

La lengua, compañera del imperio

Cuando se habla de lengua y de nación parece como si no contase el tiempo. Hace tan sólo unos días, el consejero de Cultura de la Generalitat, Joan Maria Pujals, nos recordaba en La Vanguardia que una lengua es un sistema de signos verbales o escritos que traduce una determinada manera de ver o de concebir las cosas; una lengua expresa una manera de ser, de enfocar la realidad, de sentir, de pensar y, en consecuencia, de hacer. Una lengua, dice Pujals, condensa toda una cultura.Y una nación ¿qué será una nación? Pues una nación son los habitantes nativos de un país, en tanto en cuanto tienen un origen común, hablan una lengua común y se distinguen de los otros pueblos mediante una forma singular de pensar y de obrar. Enseguida se comprende que esta definición de nación guarda una estrecha correspondencia con la de lengua más arriba reproducida. Que la lengua sea la expresión de una manera de ser, pensar y hacer nos lo dice un político de hoy; que la nación sea el conjunto de habitantes que hablan una lengua y se distinguen de otros por una manera específica de pensar y obrar lo escribió en 1776 Johann Christoph Adelung en su Diccionario alemán.

A pesar de los dos siglos y pico transcurridos, Adelung y Pujals llegarían rápidamente a un acuerdo si participaran hoy en un debate sobre lengua y nación: ambos hablan el mismo idioma del romanticismo; protorromántico el primero, más que tardorromántico el segundo. Pero, en esta cuestión, ser proto o tardo no introduce una diferencia esencial. Ambos creen que nación, lengua y carácter es una y la misma cosa, distinta de otras naciones, otras lenguas y otros caracteres. La lengua sigue a esa realidad originaria, primordial, que consiste en haber nacido en un lugar. Pero, a la vez que producto de un orden de la naturaleza, la lengua es, para un romántico, manifestación de una identidad cultural, del alma de un pueblo: la lengua es una manera de ser.

Antonio de Nebrija, si por azar hubiera sido romántico, quizá no habría dicho nada diferente. Pero Nebrija no fue hombre del Romanticismo, sino del Renacimiento, y estaba más preocupado por el poder del príncipe que por el alma de los pueblos. Y Nebrija, al dedicar su Gramática de la lengua castellana "a la Mui Alta y assí esclarecida princesa Doña Isabel, Reina y señora natural de España y las Islas de Nuestro Mar", le recordaba "que siempre la lengua fue compañera del imperio, y que de tal manera lo siguió, que juntamente començaron, crecieron y florecieron, y después junta fue la caida de entrambos". Nebrija se refería a los imperios "assirios, indos, sicionios y egipcios", pero tenía a la vista también el poder imperial en ciernes de aquella reina que le había expresado algunas dudas acerca de la utilidad y provecho de su Gramática. Para terminar de convencerla, Nebrija echó mano de un argumento de autoridad: el obispo de Ávila acababa de afirmar que una lengua común era requisito indispensable para que "los pueblos bárbaros y las naciones de peregrinas lenguas" que su Alteza iba a meter debajo de su yugo "recibieran las leyes que el vencedor pone al vencido". Cuando lengua y nación se identifican, la lengua se convierte en instrumento del imperio, del poder. Los catalanes saben de esto no porque lo hayan aprendido en los libros de historia, sino porque lo han sufrido en la carne, en las bofetadas recibidas para obligarles a hablar la lengua de un andrajoso imperio. Se esperaría, por eso, que al restaurar la lengua catalana como "elemento fundamental de la formación y la personalidad nacional de Cataluña", según reza la Ley de Política Lingüística, enterraran para siempre la causa última del daño sufrido, esto es, la definición de la lengua como expresión del carácter nacional. Pues cuando la lengua expresa realidades metahistóricas se transmuta en un divino sujeto de derechos, un nuevo Leviatán, ante el que cada hablante individual no tiene otra opción que doblar la cerviz.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de julio de 1998