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Tribuna:

El fuego y el agua

Cuentan que a Rafael Azcona le indigna -él en realidad dice (soy testigo) que es una calumnia- ser noticia. Pues debe sentirse calumniado perpetuo, porque desde hace mucho tiempo es noticia incesante, ya que no para de escribir películas. Estos días su indignación debe haberse triplicado por dos motivos añadidos: uno, que le han ofrendado (y le amenazan con otro) un libro de autoría colectiva, Azcona, con perdón, cuyas 600 páginas tamaño folio pesan tanto que hay que transportarlo en carretilla; y otro, que es -antes de que se sepan qué otros cineastas le acompañarán en el bochorno- el único premio Goya seguro de este año. Al escondido Azcona se le supone (si no se escabulle, que nunca se sabe) triplemente indignado por tener que encaramarse en un escaparate del glamour, ponerse allí a tiro de miradas ajenas, aguantar con su magnífica sonrisa de caballo una ovación asustante y luego, antes de huir, tener que decir a la concurrencia que él, uno de los hombres más elocuentes de esta tierra y el más elocuente de cuantos hacen películas en esta tierra, no es un orador, aunque si lo dice se calumniará, porque Azcona habla mejor que hace hablar a los parlanchines que pueblan sus películas, que él dice que no son suyas sino de los directores, pero miente, porque sin él no existirían -o no serían lo buenos que son- los directores que las dirigen.En una cosa está fundado el cabreo de Azcona contra la intromisión dé las plumas en su trabajo: escribir películas es una tarea que no debe salir, y ojalá no salga nunca, de las bambalinas del cine, pues es tarea de observadores silenciosos, gente alérgica a los focos. Pero esto, que -para quien como Azcona cuenta con mucho más que dar a enseñar que tomar para aprender- es un ocultamiento confortable, ya que puede elegir lo que hace y con quien lo hace, no cuenta para sus colegas menos expertos, que las pasan moradas para emerger del pozo profesional a que la industria (o el tinglado preindustrial) los arroja como últimos monos de su compañía, cosa sorprendente si se acuerda que lo que se encarga a esos últimos monos es nada menos que la construcción, es decir: la existencia misma, de la película.

Me han dicho que hay tortas para enrolarse como guionista en películas resultonas y series de televisión a precio de esclavitud: una miseria y sin contrato. No hay que romper la crisma a la lógica para deducir que tal tropelía condiciona los resultados, que están a la vista. Sé de un director que proclamó con tono triunfal que había escrito su película en cuatro 0 cinco días. Fui a verla y lo único que recuerdo de ella es ese chiste. Del resto, nada, incluido el nombre de su director y escritor, al que convendría leer aquella letanía de un tal John Ford, al que preguntaron qué tres cosas requería una película para ser buena y contestó: "La primera, un buen guión; la segunda, un buen guión y la tercera, un buen guión". 0 esta (apócrifa: la inventé yo, pero nadie la ha desmentido) de un tan Joseph L. Mankiewickz a la pregunta de cuanto tiempo le llevaba hacer una película: "Dos años escribirla, dos meses filmarla, dos semanas montarla, dos horas verla y dos minutos olvidarla". Mankiewicz era un perfeccionista y Azcona no lo es, al menos no tanto. Pero algo acerca del tiempo que ha dedicado a dar identidad al cine español podemos entresacar de esa apócrifa, pero no falsa, frase. Pero hay otra cita más precisa y oportuna para el caso y que nada tiene de apócrifa: está escrita en las memorias de un tal Akira Kurosawa y dice textualmente: "Con un buen guión un buen director puede realizar una obra maestra; con el mismo guión un director mediocre puede hacer una película pasable; pero con un mal guión ni siquiera un buen director puede hacer una buena película. Para lograr una buena película, la cámara y el micrófono han de ser capaces de atravesar el fuego y el agua. Eso es lo que hace una película ser buena y el guión debe ser algo que le proporcione poder para hacerlo". Dentro de tres semanas, Azcona saldrá del escondrijo para ir a recoger su Goya y atravesar una vez más el fuego y el agua. Basta esto para hacer necesaria una (como todas) arbitraria celebración por el cine de sus ombligos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de enero de 1998