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47º FESTIVAL DE BERLÍN

Maravillosa Carole Bouquet en 'Lucie Aubrac', recreación histórica del cineasta Claude Berri

La obsesión por la espectacularidad echa a perder la prometedora 'Rosewood'

Parece una maniática reiteración de lo ya dicho, pero si ayer acumulaba esta Berlinale nada menos que 12 películas de reconstrucción histórica, hoy la cuenta sube a 15: Ia buena película brasileña Cuatro días de septiembre, la francesa Lucie Aubrac y la estadounidense Rosewood hacen que la maniática, sea la pantalla del Zoo Palast berlinés y no los ojos que la observan. La hermosa Carole Bouquet hace una gran creación en la segunda, mientras la tercera se viene abajo estrepitosamente en la zona de desenlace, de boba espectacularidad.

ENVIADO ESPECIAL

Si bastante más de la mitad de los filmes que cuentan aquí son conversiones del pasado en espejo sesgado del futuro, el presente se hace por fuerza un enclave de presagios o de temores que flotan en el aire, se respiran, y el cine (siempre al acecho de demandas colectivas ambientales) los devuelve convertidos en una aventura y en sueño con frecuencia escorado a la pesadilla.Cuatro días de septiembre, dirigida por Bruno Barreto, recompone en forma de reportaje ficción el secuestro (de la mañana del 4 a la tarde del 7 de septiembre de 1969) del embajador de EE UU en Brasil, Charles Elbrick, por un comando del llamado MR-8, uno de los grupos armados de la izquierda brasileña, arrojada a la clandestinidad desde que en 1964 el Ejército derrocó al Gobierno constitucional e instauró una sangrienta tiranía militar que comenzó a hacer agua precisamente tras el éxito de este incruento golpe. La película, muy sencilla y funcional, se ve sin respirar.

Un cuarto de siglo antes, el 9 de junio de 1943, en la Francia nazificada por Hitler, la Gestapo detuvo al general Delestraint, jefe militar de la Resistencia que tuvo que dispersar sus cuadros operativos y reorganizarse desde cero. En plena reorganización, la Gestapo de Lyon, al mando de Klaus Barbie, detuvo a un grupo de jefes resistentes en Caluire. Uno de los capturados fue Raymond Aubrac, marido de Lucie, heroína del filme al que su nombre da título.

Mujer de fondo

Carole Bouquet encarna a la perfección a esta formidable mujer que, embarazada de su segundo hijo, llevó a cabo dos golpes de mano de inconcebible audacia, coraje e ingenio, para rescatar a Raymond (el gran Daniel Auteil, que está a la altura de sí mismo) de los calabozos donde esperaba su fusilamiento. La película es toda ella esa mujer de fondo y esa actriz que la reconstruye. Su director, Claude Berri, nada nuevo aporta al cine, pero Carole Bouquet pega a los ojos su belleza y su talento y convierte esta película olvidable en un inolvidable espectáculo.Y más historia, esta vez menos reconfortante que en los anteriores casos, tanto por lo que el suceso tiene de atrocidad verídica como por la adulteración formal que padece el filme, a causa de la deleznable manera que tiene el director John Singleton de encarar su desenlace, pues lo que comienza en delicadas tonalidades a lo Matar a un ruiseñor acaba en un zafarrancho de vulgaridades a lo Rambo.

En un poblado de colonos blancos llamado Sumner, en Florida, una noche del verano de 1922 una mujer fue brutalmente apaleada por su amante y culpó de ello a un habitante de una aldea vecina llamada, como la película, Rosewood, habitada por 200 negros. Una cuadrilla de granjeros de Sumner linchó a un muchacho negro de Rosewood y mató a tiros a una anciana, cuyo hijo mató a su vez con su escopeta a dos asaltantes. Y ahí comenzó un aterrador baño de sangre, que exterminó incluso a muchos niños refugiados en los pantanos. La matanza duró cuatro días y fue frenada por el coraje de uno de los escasos colonos blancos de Rosewood y por un ex soldado negro veterano de la II Guerra Mundial.

El crecimiento del filme es correcto, e incluso interesante, hasta que, en la escena del intento de ahorcamiento del citado ex soldado, un resorte (el de las cuentas del show business) salta en mala hora de las entendederas (por lo visto cortas) de los organizadores del filme y deciden que ya está bien de tanta verdad y conviene comenzar a contar trolas. Y el soldado negro vengador se convierte en un personaje inverosímil, que rompe toda la credibilidad que requiere la verdad que hay dentro de esta película: mitad John Wayne con betún en la cara, mitad Mike Tysson con pistolones en vez de guantes y una tercera mitad adicional de Rambo-Stallone en su mejor forma para jugar al tiro de pichón con vietnamitas. Y, naturalmente, la película y la terrible realidad que contiene se vienen abajo como un estrepitoso castillo de naipes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 21 de febrero de 1997