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Todo está en ese libro

Juan Rulfo decía, y esto se ha contado tantas veces, que escribió Pedro Páramo porque no lo encontraba en la estantería. Hay libros que se van imponiendo a los escritores y terminan siendo Últimas tardes con Teresa, Juntacadáveres, La montaña mágica o Cien años de soledad. Y hay libros que terminan imponiéndose a los lectores de manera irrevocable y pasan a formar parte ya de su piel y de su alma. A veces esos libros no son los más importantes de sus autores, ni siquiera aquellos que figuran en la cabecera de las listas de los libros inolvidables. Entre estos libros que ya pasan a ser imperecederos estaría Moby Dick, por ejemplo, pero nadie podría olvidar Bartleby el escribiente, o estaría, también, El viejo y el mar, pero ¿cómo despreciar Los asesinos?En la memoria literaria cabe todo, pero de pronto irrumpe un fogonazo, lo que uno no se esperaba hallar porque ya lo vio o lo leyó en otro tiempo, y esto ha pasado ahora con un libro que descansaba sus recuerdos en la estantería y de pronto se ha subido sobre sus patitas de libro, ha irrumpido en el otro cuarto, en el cuarto de los libros actuales, y, se ha convertido en el último gozo del último verano. Se trata de las Notas de prensa (1980-1984), de Gabriel García Márquez, que uno leyó como sucesión de artículos maravillosos (y maravillados) en este periódico, entre otros del mundo, que Mondadori publicó ya como libro en 1991. Pues ahí ha estado, como libro, aguardando el turno de maravillar otra vez, y de hacerlo no como recopilación de artículos sueltos sino como varios libros a la vez: estas notas de prensa que Gabriel García Márquez escribía de nueve de la mañana a una de la tarde de los viernes y que este periódico publicaba todos los miércoles de aquel entonces (cuando en efecto todos éramos mucho más jóvenes, como dice García Márquez cada vez que puede) son, al tiempo, una autobiografía, una novela, un libro de cuentos, un tratado de periodismo y una carta múltiple a todos los amigos que tiene dispersos por el mundo y que configuran una especie de red de corresponsales secretos que van contándole al hijo del telegrafista de Aracataca cómo pasa la vida.

En este tiempo de periodismo atribulado y gritón, en el que el dado falta tantas veces en la opinión y en la propia información, regresar a ese reguero de páginas frenéticas y pausadas del escritor colombiano es como el regreso a la pasión por el más fabuloso oficio de esta tierra. Y hay que volver a ese libro como si fuera, en efecto, una novela en la que están todas las claves de la vida y el pensamiento del periodista y también del niño indefenso que se defiende de la claridad del día y de los miedos de la noche escribiendo porque si no se moriría. Hay que leerlo, pues, a la velocidad con que uno se enfrenta a los libros que se han escrito de un tirón, sin desdeñar por eso aquellos tramos en los que García Márquez habla de la actualidad de aquel entonces, porque la memoria de Kermedy le lleva a su infancia, la visita al Papa le lleva al río Magdalena y todo, como el río, le lleva a la vida. En la nostalgia de las nostalgias que siempre despiertan la buena escritura y el buen periodismo, extraña en este escritor acosado por tanta fama que ya tenía entonces -y sigue teniendo ahora- que tuviera aún las ganas del dato, esa pata, de mosca que tiene la realidad y sin la cual cualquier nota de prensa, grande, pequeña o extraordinaria, huele a mojada y a falsa. Esa pasión por la verificación le lleva a veces a fantasías controladas, a contar los minutos que pasaron desde que se fue hace tantos meses de Colombia o las patas simétricas de ingleses escuálidos que esperan una diarrea en un hospital. Esta memorable manera de narrar que hizo famoso García Márquez por tantas novelas anteriores y posteriores de este libro le da a esta recopilación, aún más, el carácter de antología de esa pasión que Rilke atribuía a la escritura por encima de todas las cosas y que es -lo decía Hemingway, lo dice García Márquez recordándolo y lo dice la historia de la literatura- una mano contra el tiempo, el recurso contra el miedo, la única forma posible de luchar con sueño contra la idea voraz de la muerte. Así que en este libro están todos los libros, en la cabecera de una obra que si no existiera de otra forma aquí tendría su mejor ejemplo, su fórmula mágica para explicar que, en efecto, en la realidad están todas las novelas y en este libro están todos los libros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 01 de septiembre de 1995.

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