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Tribuna:

Responsabilidad

El presidente del Gobierno salvó a la nación de un serio empeoramiento de su estado. Puedo ofrecer en exclusiva, con carácter de estreno mundial, la noticia de que durante el segundo día del debate, Felipe González se planteó a sí mismo el ultimátum de dimitir: "O encargo una investigación parlamentaria sobre fondos reservados y el GAL o dimito. No quiero ser cómplice de un Estado delincuente".Nada más decirse esto a sí mismo, el reflejo condicionado del estadista empecinado salvó a la nación de la catástrofe. González se dio cuenta de que si dimitía dejaba de ser jefe de Gobierno, igual que algunos presuntos suicidas descubren a tiempo que si se suicidan, se mueren.

En un momento de lucidez personal y de estratosférica altura de miras, el presidente evitó un vacío de poder que sólo tenía una terrible consecuencia clara: que él mismo dejaba el poder. Sin pensar ni por un instante en la gravedad de que el poder fuera a parar a Aznar o a una coalición entre el grupo mixto, los agentes sociales y el Frente Amplio Mediático, González asumió su responsabilidad histórica e hizo caso de un consejo telefónico de Jordi Pujol: "Si tú no modernizas España antes que España nos modernice a nosotros, ya no la moderniza ni Dios".

Instantes después de tomar la decisión de no dimitir, se produjeron las escabrosas declaraciones de Pérez Mariño. Horroriza imaginar qué habría ocurrido si a lo dicho por el juez se hubiera sumado el anuncio de la dimisión de González.

Se habría creado una situación de teatro del absurdo de irreparables consecuencias, de la que nos ha librado, una vez más, el sentido de la responsabilidad de un hombre que siempre ha encontrado la respuesta justa a sus propias preguntas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 13 de febrero de 1995