44ª BERLINALE

Alain Resnais vulnera los límites de la paciencia con 'Smoking, no smoking'

Una ligera comedia alemana hizo más llevaderas las cinco horas de abuso francés

ENVIADO ESPECIALEntre las dos horas y media de Smoking y las otras tantas de No smoking, con que ayer el cineasta francés Alain Resnais vulneró los límites de la paciencia de un hombre frente a una pantalla, los programadores de la Berlinale tuvieron el buen criterio de proyectar, como interludio de respiro, una agradable y ligera comedia alemana con título premonitorio: Todo recomienza. Y, en efecto, acto seguido volvió a reanudarse la paliza francesa, que convirtió la gran sala del Kongresshalle en un viciado ámbito lleno de 3.000 jaquecas.

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Alain Resnais, a lo largo de casi medio siglo de carrera y más de 20 películas, se ha ganado, para unos merecidamente y para otros no tanto, un renombre mundial y un lugar indiscutido en la historia del cine francés. Hay no obstante quienes le niegan el pan y la sal, pero lo cierto es que Hiroshima, mon amour y El año pasado en Marienbad han dado muchas vueltas al planeta, aunque están lejos de ser sus mejores trabajos. Muriel y Providence se mantienen más vivas y los dos mediometrajes documentales con que se ganó la fama en 1956, Toda la memoria del mundo y Noche y niebla, siguen siendo obras magistrales, perfectas.

Carta y cheque en blanco

Un hombre del renombre de Resnais es, en su país y en su oficio, una autoridad dulce e indirectamente despótica: lo que susurra es ley y lo que dice se hace. De otra manera no se entiende que le hayan dado carta blanca y cheque en blanco para hacer impunemente Smoking, no smoking, un engarce encadenado por las bravas de varias comedias cortas del inglés Alan Ayckbourri, con aires mitad de sainete de boulevard parisiense y mitad de cine primitivo -interminables tomas en plano general- de la escuela finisecular de Georges Meliès. Y todo ello combinado con gotas de calculada sofisticación en el montaje y de refinamiento en algunos movimientos de la cámara sutilísimos y precisos. Quien tuvo, retuvo.Nadie puede negarle a Resnais maestría en su oficio. Pero a tenor de este Smoking y de otros trabajos suyos posteriores a 1976, año de su último gran acierto en Providence, se observa que su proverbial inclinación hacia la complejidad del entramado de la secuencia se convierte no en vehículo y armazón formal de una indagación, una representación, un poema o un relato, sino en un fin en sí mismo, por lo que puede acusársele con justicia de formalista retórico, de manierista, un defecto por exceso que en Smoking adquiere tintes casi deshonestos, pues son propios de una impúdica vanidad, como ocurre con todo acto de regodeo abusivo en el vicio del estilo por el estilo, esa pasión por el "sello personal" y por el "aquí estoy yo" que caracteriza a los cineastas vacíos o vaciados: no tienen ya nada que decir, nada que contar, nada con qué mover o conmover.

La estéril y ofensiva colección de dúos y de variantes y más variantes de dúos tan sólo dos intérpretes para encarnar ni más ni menos que 12 personajes en permanente contrapunto- que se sucede como una sosa e interminable pedrea de imágenes repetitivas en Smoking, lo demuestra. Si esta película hubiera sido dirigida por un cineasta de a pie, a estas horas una horda de espectadores injuriados estaría corriéndole a gorrazos para tirarle de cabeza al río Spree, por chulo.

Todo recomienza, la comedia alemana que rellenó el bocadillo de pan incomible formado por Smoking y No smoking, está dirigida por un joven llamado Reinhard Münster y pretende ser también un vodevil, con la diferencia de que efectivamente lo es y auténtico, sin trascendentalismos, ni intelectualismos banales adosados encima de la condición frívola del género.

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