El pintor impecable
"Como todo", apunta Carlos Alcolea como apertura del catálogo de esta muestra de su obra más reciente, "la pintura mata". Y en ese humor mantiene el pintor el tipo, ante la perplejidad del abismo que la tela abre ante él, en el vértigo eternamente reiniciado por ese viaje en alas de un sentido voluntariamente errante y esquivo, en el que el ojo flota arrastrado por el azar virtual de una materia, la pintura, que es puro fluido, viaje de inalcanzable destino, que el cuadro acaba disecando, frenando en seco, en una ilusión o capricho de orden.Alcolea evocó su estrategia ante ese viaje en un libro memorable, calificándola como "aprender a nadar". Esto es, renunciar a toda administración mezquina o mecánica de esos flujos, zambulléndose sin reservas, y dejándose arrastar; no ofrecer resistencia, sino aprovechar su inercia multiforme como impulso en el que el lenguaje descubre su más fértil libertad.
Carlos Alcolea
Galería Gamarra y Garrigues. Doctor Fourquet, 12. Madrid. Noviembre y diciembre.
Aunque nace, en su semilla, del más puro automatismo, no es tal. Alejándose -por así decir, a nado- de esa dispersión paralizante que siempre acecha en lo automático, lo que, de hecho, Alcolea practica es una suerte de zambullida higiénica en la que el pintor y la pintura se limpian mutuamente de todo prejuicio, en la que el lenguaje pierde toda sombra de reiteración mecánica.
En un tiempo tan empalagosamente plagado de historicismos banales y blandas citas irónicas, en el que la histérica rotación de las modas descubre, cada temporada, el Mediterráneo de turno, un caso como el de Alcolea se erige en auténtico raro.
Nadando literalmente a contracorriente, Alcolea convierte su piscina en mar y hace de la ironía una hoja que corta el aliento. De esa voluntad de nadar sin guardar la ropa, surge la soberbia energía de las obras que componen esta exposición, entre las que se cuentan, sin duda, algunas de las más hermosas e inquietantes que se han pintado en Madrid en los últimos tiempos.
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