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Editorial:

Septiembre

TRAS EL fracaso de la concertación, el mes de septiembre marca el inicio de un trimestre decisivo para el enderezamiento de una economía más zarandeada de lo previsto y que persiste en mantener los mismos desequilibrios de los últimos meses, agravados por un fuerte déficit público. La inflación, causa fundamental de los males según todos los análisis, mantiene a lo largo del año una desaceleración que el Banco de España ha calificado como "suave". Lo que ocurre es que el índice de precios oscila fundamentalmente por razones coyunturales, sin que sus males estructurales se solucionen. Un rebrote en el precio de las frutas y hortalizas ha llevado el índice de precios al consumo de los siete primeros meses al 3,4%, lo que puede dificultar conseguir el 5% de objetivo para fin de año. Con todo, que la alimentación suba en julio puede ser meramente estacional; pero que la inflación subyacente, que no tiene en cuenta ni energía ni alimentos frescos, descienda sólo una décima -6,2% en tasa interanual- tiene peor arreglo.La resistencia de los precios, de los servicios a bajar ya llevó al Ministerio de Economía a anunciar para el futuro mayores medidas de control sobre determinados sectores (seguros, finanzas...). El vicepresidente, Narcís Serra, ha anunciado que en septiembre se tomarán medidas para atajar el incremento de los precios. Quedan saber cuáles, pero, en todo caso, habrán de encajar en un complicado puzzle. A su vez, de la evolución de los precios dependerá la rebaja de los tipos de interés, cuyo atisbo dejó ver tímidamente el Banco de España hace unos días, y que el mercado espera ansioso, una vez que la peseta ha recobrado fortaleza dentro del Sistema Monetario Europeo.

Es difícil mantener unos tipos tan altos en relación a Europa cuando la economía crece a un ritmo inferior en un 40% con respecto al año anterior, la demanda sólo la sostiene el sector público y la formación bruta de capital (inversión) cae desde hace ya un año. Pero también es dificil bajarlos si los precios se resisten a ceder o si no se consigue poner en marcha una política presupuestarla restrictiva.

Lejos de esto, el gasto público se ha disparado en este ejercicio y el déficit ha vuelto a subir el primer semestre un 15,7% por encima del registrado en igual periodo del año anterior. Afortunadamente, los datos de julio insuflan optimismo y hacen pensar que la situación puede controlarse. El superávit del mes pasado ha permitido, por primera vez en lo que va de ejercicio, situar el déficit público casi un 6% por debajo del registrado en el mismo periodo del año pasado; y, sobre todo, acercarse algo al objetivo inicialmente previsto de medio billón de pesetas. Julio ha dado efectivamente un vuelco al déficit público -si en junio ascendía a 874.000 millones de pesetas, a 31 de julio era de 491.000 millones-, pero aún queda por despejar la incógnita de cómo el Estado va a pagar la financiación que durante el primer semestre ha obtenido del Banco de España, superior en 800.000 millories de pesetas a lo que se había comprometido en los presupuestos de 1991.

Si por un lado los tipos de interés tienen que bajar para reactivar la economía, por otro no queda más remedio que emitir de aquí a fin de año deuda pública atractiva para sufragar el recurso al Banco de España utilizado hasta ahora. La desaceleración de la economía se ha dejado ver en un menor ritmo de creación de empleo a lo largo del año y en un frenazo en el descenso del número de desempleados. Como es tradicional, el número de parados descendió en julio, pero prácticamente en igual número que el año anterior. Durante el último año, la reducción acumulada del paro ha sido de 67.438 personas, frente a las 212.000 que había descendído en los 12 meses anteriores a julio de 1990 y a las 301.146 del año inmediatamente anterior. Además, el desempleo aumentó en julio en el sector de la construcción, tradicional locomotora de mano de obra y que en este segundo semestre se verá tocado por la reducción presupuestarla impuesta por el Ministerio de Economía y que afecta muy especialmente a obras de infraestructura.

Septiembre es también el mes para perfilar los presupuestos del año que viene, el último antes de que entre en vigor el mercado único. Esta circunstancia hace necesario que nuestra economía muestre mayores niveles de convergencia con las del resto de los países comunitarios y convierte a los presupuestos en el instrumento fundamental, dado el estrecho margen de la política monetaria, Aunque ya se haya abandonado el objetivo de déficit cero, su disminución y el control de los precios obliga a que los presupuestos sean restrictivos, y tanto más en cuanto no se ha conseguido el pacto social con el componente de la moderación salarial.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 26 de agosto de 1991