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Crítica:

La estética de la basura

Corazón salvaje

Dirección y guión: David Lynch (según la novela de B. Gifford La historia de Sailor y Lula). Fotografia: Fred Elmes., Música: A. Baladamenti. EE UU 1990. Intérpretes: Nicholas Cage,Laura Dem, Willem Dafoe, IsabellaRossellini, Harry Dean Stanton. Cines en Madrid: Lope de Vega, Benlliure,

Novedades y (en V. 0.) Rosales.

Desde su estreno en Cannes, Corazón salvaje dividió en dos de un tajo a sus espectadores: creó entusiasmos y rechazos, e incluso entusiasmo y rechazo simultáneos en una misma persona. Lo que no se observó alrededor de la película fue indiferencia: gustó (en ocasiones exageradamente) y disgustó (a veces con injustificado exceso), sin gama intermedia. Y es esta duplicidad de la respuesta del espectador, en la balsa de aceite del cine de hoy, una virtud muy valiosa porque no abunda. He ahí un mérito de este duro y divertido (salvo para quienes les repugna) filme.No es éste el único mérito de Corazón salvaje. Es además una inteligente provocación, lo que le convierte en una obra de la estirpe del sello de la caja de Pandora: desveladora de miserias anidadas en el subsuelo moral de este terreno que pisamos, porque destapa con soltura y desparpajo nuestras vergüenzas y desvergüenzas, el maloliente fondo en que se hunden los cimientos de las sociedades dominantes y con la piel perfumada. De ahí que irrite, porque para muchos el celuloide de Lynch contiene una emulsión de sosa cáustica, una feroz -arbitraria pero ordenada por una secreta lógica- mezcolanza entre mala baba y lucidez libertaria que corroe a toda norma: la perversidad, el mal gusto, la barbaridad incluso como fuentes de esa forma extrema de ironía que llamamos sarcasmo.

Si estos días el golfo Pérsico es el cráter de un viejo volcán que mucho antes de estallar ardía bajo tierra o la punta súbitamente visible del enorme iceberg basurero que las sociedades cimentadas en la ideología de la opulencia han ido engordando en su subsuelo moral, este espectacular y brillante filme es -sin tener nada que ver con ello- premonitorio de la salida a la luz de este estruendo: el estallido en carcajadas sarcásticas de la brutalidad y la irrisión que se genera en los sucios arrabales del bienestar. Pues no deja títere con cabeza la cámara de Lynch. Cuando más confortable se siente el espectador en su butaca, una imagen inesperada perturba este bienestar y abre camino al malestar, a una indefinible incomodidad, indefinible a causa de su saludable malevolencia, ya que nos divierte con cosas que no nos hacen ninguna gracia y nos arrastra a la aventura alquímica de fabricar oro estético con pura y simple mierda.

Hay, no obstante, en un filme tan trepidante graves arritmias, debidas al aligeramiento, hecho por el propio Lynch, de escenas que no osó montar integralmente, sobre todo las del personaje de Isabella Rossellini, que queda diluido a causa de estas carencias. Tampoco es convincente el personaje de la madre de la chica. una bruja sin escoba que desentona: una cosa es el exceso y otra la exageración. Pero la médula del relato -el magnífico triángulo entre Nicholas Cage, Laura Dern y Willem Dafoequedó intacta, y ahí sigue, con un pie en el territorio del escándalo de laboratorio y otro en la visión irrisoria del lóbrego y lúguibre escenario del asfalto y las cunetas de Occidente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 1 de febrero de 1991