Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Pisagua fue un infierno

Una fosa clandestina alojó en el norte de Chile los cadáveres de presos políticos ejecutados durante la dictadura

El ministro del Interior del Gobierno chileno, Enrique Kraus, declaró que no es susceptible de amnistía ni de prescripción el proceso abierto tras el hallazgo de cadáveres de ejecutados por motivos políticos en el campo de prisioneros de Pisagua, por donde en 1973 y 1974 pasaron entre 1.500 y 2.500 personas. Los partidos democráticos, la Iglesia y los familiares han pedido a Augusto Pinochet y al general retirado Carlos Forestier, entonces jefe militar de la zona, que expliquen lo ocurrido en ese pueblo del norte de Chile convertido en centro de detención.

MANUEL DÉLANO ENVIADO ESPECIAL Prendió un cigarrillo y permaneció en silencio respetuoso, mirando hacia la fosa, del ancho de una persona, de dos metros y medio de profundidad y 12 de largo La cuadrilla de obreros sacaba en esos momentos dos cuerpos momificados, con expresiones crispadas, de horror, en sus esqueléticos rostros. Eran los exhumados números 18 y 19 en una semana. En el otro extremo de la tumba clandestina, bajo dos montículos de tierra, se adivinaban más restos humanos. A 100 metros, golpeaban las olas del Pacífico y había un hedor que impregnó las ropas durante horas.

Apagó el cigarrillo. Con el rostro tenso y los ojos brillantes, Pedro Arancibia, un ex detenido del campamento de prisioneros de Pisagua, inaugurado por la dictadura del general Augusto Pinochet al día siguiente del golpe militar del 11 de septiembre de 1973, revivía las jornadas en el campo de concentración.

"Un compañero fusilado agitó su mano para despedirse de los que seguíamos encarcelados. Otro fue al paredón cantando La Internacional. Asesinaron con la llamada Ley de fugas a seis compañeros que se ofrecieron cuando un oficial pidió voluntarios para trabajos de carpintería. Fusilaron también a coqueros (vinculados al tráfico de cocaína) y hasta hubo crímenes por venganzas personales", recordó Arancibia, un profesor de castellano que tiene aún huellas en los brazos y piernas de las torturas con electricidad y golpes que recibió de los soldados en Pisagua, en 1973.

Entre 1.500 y 2.500 personas pasaron por el campo de concentración de Pisagua durante 1973 y 1974. Muchos, al menos 21 de los prisioneros exhumados fueron ejecutados allí, aunque el número final puede ser superior. "Además de los cuerpos en las fosas, hay testimonios sobre esqueletos encadenados que están en el fondo de la bahía de Pisagua", dijo el ex diputado de la zona, VIadislav Kuzmicic, ex prisionero en el lugar.

En sacos de patatas

Los recuerdos de Alberto Newmann, un médico, también prisionero en Pisagua, que fue obligado a presenciar fusilamientos para certificar la muerte de sus amigos, y de un sargento retirado, cuya identidad se mantiene en secreto para protegerlo, permitieron los hallazgos de Pisagua. Los cuerpos estaban alineados en filas, uno al lado del otro, envueltos en sacos de patatas, con su ropa conservada, algunos atados de pies y manos y vendados, otros con sus manos en los bolsillos. Todos tienen impactos de bala.

Rodeado por cerros de 400 metros de altura y pendientes lisas, y por más de 80 kilómetros de desierto, Pisagua es una cárcel natural. En 1948, el entonces capitán Augusto Pinochet tuvo su primer destino importante: jefe militar de Pisagua, cuando el pueblo fue usado para la deportación de comunistas. Allí aprendió la perversidad del comunismo y comenzó a estudiar cómo contrarrestarlo, escribió después Pinochet.

La tradición izquierdista del norte chileno explica el mayor grado de represión respecto de otros lugares después del golpe militar. "Fue como un campo nazi", dijo Francisco Prieto, un ex prisionero. Freddy Alonso, víctima de dos simulacros de fusilamiento, recordó qué después de la alfombra roja, cuando una compañía de soldados corrió durante horas sobre las espaldas de 60 prisioneros desnudos, un subteniente especialmente sádico, para relajarse, tocaba el Réquiem de Mozart en un órgano en la parroquia de Pisagua.

Las excavaciones son cuidadosas, casi sin instrumentos, y dirigidas por un arqueólogo. Entre los obreros, hay uno particularmente delicado. Es hijo del abogado Julio Cabezas. Busca entre los restos humanos el cuerpo de su padre, fusilado por orden de un consejo de guerra, con el cargo de autor del plan Z en la zona, un supuesto intento de los izquierdistas para asesinar militares y opositores al Gobierno de Salvador Allende y tomar el poder. Un burdo plan, como se comprobó después, inventado para justificar la represión.

Los detenidos en Pisagua coinciden en que el abogado Cabezas fue ejecutado por una venganza personal de uno de los fiscales de los consejos de guerra. Cabezas estaba investigando en el momento de su detención las conexiones entre traficantes de cocaína y el poder judicial en 1973, afirmó Carlos Vila, presidente de la comisión de derechos humanos de Iquique, la ciudad más cercana a Pisagua.

Ejecuciones ilegales

"Los consejos de guerra eran una parodia para las ejecuciones ilegales", dijo Haroldo Quinteros, ex detenido de Pisagua. Él fue condenado a muerte por uno de esos tribunales en tiempos de guerra en 1973 y se salvó por influencia familiar. "Conocí al abogado defensor cinco minutos antes del consejo. Le dije que era inocente de los cargos, pero él no se atrevió a plantearlo en el consejo, porque era peligroso. Sólo pidió clemencia", contó Quinteros.

"¡Qué horror! ¿cómo es posible?", comentó a EL PAÍS, junto a la fosa, el juez especial investigador Hernán Sánchez, designado en un controvertido nombramiento de la Corte Suprema. Su antecesor en este caso, el juez local Nelson Muñoz, fue amenazado. "Hoy, tu gatito. Mañana, tú. Pisagua 1990", decía un mensaje que encontró Mufloz el viernes junto al cuello de su felino degollado. Los abogados de la Vicaría de la Solidaridad de la Iglesia católica, que denunciaron la inhumación ilegal de cuerpos en Pisagua, y altos funcionarios del Gobierno de Patricio Aylwin prefieren que siga Muñoz ante el temor de que el juez trasladase la investigación a un tribunal militar.

"Forestier y Pinochet son responsables. La sociedad chilena tiene que saber la verdad, hacer el duelo por sus muertos y debe una reparación a las víctimas por el tiempo en que no se les creyó", afirmó el diputado Jaime Estévez, uno de los parlamentarios que visitó la zona. El conocimiento de "la catadura moral de los autores de estos crímenes será la primera sanción. Estos hechos muestran la necesidad de que Pinochet se retire del Ejército", añadió.

En el desierto chileno, el más seco del mundo, están surgiendo las huellas de la "gesta liberadora", como el general gusta llamar al golpe de Estado de 1973.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 12 de junio de 1990