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Tribuna:

Pequeño, tímido, humilde y casi siempre callado

Augusto Roa Bastos, que hoy recibe el Premio Cervantes, es un curioso caso de triunfo literario con una obra escasa. En Hijo de hombre y Yo, el supremo, sus dos novelas más conocidas, publicadas en 1960 y 1974, respectivamente, el escritor paraguayo asume la realidad guaraní de su propia patria partiendo de lo más tradicional de la lengua española. En ambas obras se entremezclan mito e historia, épica y lírica, Paraguay y América Latina, y en ambas se encuentran la fortaleza interior y la humildad de un escritor exiliado durante 40 años.

Pequeño de estatura, tímido y muy callado, Augusto Roa Bastos disimula toda la sabiduría de su raza: la guaraní.Cuarenta años de exilio, que parecen haber terminado, no han podido doblegar su fortaleza interior. Cada tantos años, muy despacio y cuando menos se espera, sorprende con un golpe de fuerza tremenda como Hijo de hombre, Yo el supremo o el Premio Cervantes.

Como le gusta jugar con las cosas, permite que la Prensa construya periódicas quemas de originales. La vieja imagen del escritor en conflicto consigo mismo, tirando los folios, ha perdido vigencia desde que Roa incorporó el ordenador. Sus lectores aprendimos a tener paciencia, y a sus editores no les ha quedado otro remedio que tenerla también.

Ya vendrá un nuevo golpe imprevisible pero certero, porque estas magistrales apariciones de Augusto Roa Bastos tienen que ver con la esencia de su personalidad, que no es otra que la especial forma de ser que ha desarrollado durante siglos el hombre guaraní, esa cultura indígena en extinción que sin embargo todavía marca al pueblo paraguayo y a una parte significativa de argentinos del Noroeste, que siguen hablando y transmitiendo la lengua. En este mundo guaraní es donde está la fuerza de Roa Bastos, la que sostiene su obra literaria, su labor de difusión política, su misma reconstrucción personal y familiar cada vez que fue necesario.

Viejo refrán

Una vigilia silenciosa, algo felina, le acompaña siempre. Una humildad que contrasta con muchos de los grandes escritores latinoamericanos, y que es profundamente paraguaya. Hace tiempo, en París, hablando una noche de ese contraste entre su silenciosa discreción y la llamativa efectividad de sus hechos y sus obras, me contó que en el folclor paraguayo, había un viejo refrán guaraní que servía para entender esa forma de ser. Con su letra clara y ordenada, lo escribió en mi cuaderno: "Aháta aiporokútu-imi ha aju". En castellano quiere decir "voy a dar una puñaladita y vengo".

Puñaladitas

La vida de Augusto Roa Bastos es una serie de puñaladitas muy bien repartidas a lo largo de los años, y el Premio Cervantes, sin lugar a dudas, una de las más importantes. Puñaladitas a los gobiernos autoritarios, como el de Stroessner en Paraguay, que creyó que 40 años de exilio lo harían olvidar su cultura, su lengua y su pueblo, o como el de la dictadura argentina, que lo echó del país en que más tiempo ha vivido y donde escribió casi toda su obra.Puñaladita a los burócratas de una universidad francesa, que lo sancionó porque una vez se demoró en reiniciar las clases, ese año que viajó clandestinamente a Paraguay, para inscribir a su nuevo hijo. Cuando lo descubrieron, el ministro del Interior dio orden de que se lo expulsara de inmediato, y la policía lo sacó del territorio nacional con gran despliegue de fuerza. ¡Qué ironía!, gran despliegue de fuerza y de armas para echar a un hombrecito de 1,60 metros, a quien el general Stroessner decía no tener miedo.

Y puñaladita también para algunos colegas del gremio de los escritores latinoamericanos, que llevan años tejiendo y destejiendo los caminos hacia un gran premio Internacional.

Augusto Roa Bastos pertenece a una familia de longevos. Su abuelo vivió 95 años. Tengamos un poco de paciencia paraguaya, y Augusto Roa Bastos nos dara unas cuantas sopresas más.

Guillermo Schavelzon es editor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 26 de abril de 1990