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Editorial:

21 años después

LA DECISIÓN de los Gobiernos del Pacto de Varsovia de condenar la invasión de Checoslovaquia, que ellos mismos realizaron en 1968, carece de antecedentes históricos. Cuando una coalición militar proclama públicamente que ha cometido una acción de guerra contraria a los principios que debía defender, es obvio que algo muy profundo ha cambiado. Es cierto que los Gobiernos actuales del Pacto de Varsovia son distintos de lo que eran hace unos meses. Pero hay algo más: la coalición está perdiendo su carácter militar. Si el Pacto de Varsovia tuviese que cuidar la moral de sus soldados para nuevas operaciones militares, reconocer su error de 1968 sería suicida.El fondo de la cuestión estriba en que las condiciones en Europa han variado radicalmente. Tanto en el Pacto de Varsovia como en la OTAN -y ése ha sido el efecto esencial de la cumbre de Malta- se ha iniciado una especie de desmilitarización, o de reducción del peso de los factores militares, en favor de una politización, o sea, un incremento de lo político en la actividad y funciones de los bloques militares. En la medida en que el gran enfrentamiento Este-Oeste surgido en 1948 pierde su razón de ser, cabían dos opciones: disolver los bloques o transformarlos. La primera podría ser desestabilizadora en estos momentos, cuando aún se desconoce el destino final de una Europa en plena evolución. Por eso ha prevalecido, tanto en Moscú como en Washington y en las capitales europeas, la idea de que vale más conservar por ahora los bloques, primando su carácter político, para que encuadren el proceso de cambios y eviten actos desestabilizadores.

En el Pacto de Varsovia, esa transición de lo militar a lo político va acompañada del paso a una nueva filosofía sobre las relaciones entre los Estados aliados. Durante muchos años ha predominado la doctrina Breznev, es decir, el derecho a intervenir en un país si éste -según el criterio de Moscú- se alejaba del socialismo. Ahora el Pacto de Varsovia adopta como norma el derecho de cada país aliado a escoger su propio camino. Al promover la condena de la intervención contra Checoslovaquia de 1968, la URSS toma una decisión de enormes repercusiones exteriores. Convierte en doctrina militar colectiva el abandono de la doctrina Breznev. No es una sorpresa: la condena pronunciada ahora en Moscú por los Gobiernos del Pacto materializa la tesis enunciada por Gorbachov en Estrasburgo. Pero esa continuidad en el pensamiento del líder soviético merece ser subrayada.

Esa decisión tendrá ya consecuencias muy serias en la lucha que se está librando en Checoslovaquia en torno al Gobierno que preparará las elecciones libres. A pesar del silencio guardado hasta ahora por Moscú sobre los sucesos del año 1968, los checos han demostrado en la calle que rechazan la permanencia en el poder de los continuadores del régimen instalado por Breznev tras una intervención militar reconocida como injusta por los mismos que la realizaron. ¿Quién puede hoy discutir a los hombres de la primavera de Praga -que siguen vivos y presentes en las calles de la capital checa- su calidad de auténticos defensores de los intereses de la nación y del pueblo?

Es preciso que Adamec -a quien nadie niega el mérito de haber abierto la negociación con la oposición- llegue a un acuerdo con el Frente Cívico para constituir el Gobierno que prepare unas elecciones libres el próximo verano. Es la forma de garantizar la libertad del pueblo y la estabilidad del país. Al condenar la intervención de 1968, Moscú ha apostado por esa solución. Al fin.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 6 de diciembre de 1989