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Crítica:TEATRO

Consuelo del solitario

Letras y músicaDe Samuel Beckett (1962). Traducción de Sanchis Sinisterra. Intérpretes :Juan de la Cruz, José F. Esteve, José M. Casiano. Danza: Enrique Cárdenes, Carmelo Salazar, Claudia G. Padilla, Blanca Luz Acosta. Coreografía: Agustí Ros. Iluminación: Juan Alonso, A. Trujillo, Rafael Morán. Dirección: lago Pericot. Producción del Aula de Teatro de la Comisión de Cultura del Cabildo Insular de Gran Canaria. Sala Francisco de Rojas del Círculo de Bellas artes de Madrid, 5 de mayo.

Beckett escribió esta pieza breve para la radio -la BBC- en 1962, después de algunas de sus obras fundamentales. No es de antología. Son tres, cuatro frases de definiciones, entrecortadas, repetidas, como la música repetitiva que a veces le da fondo, junto con frases sueltas de grandes composiciones. La versión castellana de Sanchis Sinisterra, es adecuada. El hombre solitario dialoga con sus consolaciones, que tienen voz y respeto de mayordomo inglés antiguo: hay una ironía británica en todo. Es como una especie de masturbación intelectual, cuya resonancia se amplía en esta versión escénica, donde el solitario está, completamente desnudo, en su bañera; no sólo invoca las voces, sino que le acompañan, como fantasmas, dos bailarines y dos bailarinas.

Como la escritura para la radio no estuvo nunca pensada en la representación, sino solamente, como dice su título, Letra y música, es indudable que todo lo que es visual tiene una libertad absoluta. Iago Pericot no ha abusado de ella. La iluminación responde a esos conceptos de soledad acompañada -por los fantasmas o las consolaciones-, y sobre todo añade lo que se suele llamar lo misterioso, que siempre va bien con Beckett.

El actor que interpretó el personaje principal la noche del estreno (alternan dos en distintos días) actúa con clara dicción y gestos solemnes, burlones y adecuados pese a la dificultad de su situación escénica; tiene -también buena dicción y suficiente misterio amable la voz grabada, de José María Castaño. Es justa, discreta y suficiente la coreografía de Agustí Ros, bien interpretada.

El público del estreno aplaudió, no con mucho entusiasmo, la totalidad del espectáculo. Tres cuartos de hora se soportan bien.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de mayo de 1988

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