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Reportaje:Siria, un país en el punto de mira / 1

Hafez el Asad, la única persona que conserva la sangre fría en Damasco

Israel está sometiendo a Siria a la política de la ducha escocesa. Los generales dicen que "Damasco necesita un escarmiento por su apoyo al terrorismo y su ocupación de Líbano". Al mismo tiempo, Simón Peres asegura que "no prepara una acción militar contra Siria". En Damasco se afirma que sólo una persona conserva la sangre fría, Hafez el Asad. El corresponsal de EL PAÍS en Oriente Próximo viajó recientemente por Siria.

Hafez el Asad, de paisano o de militar, seguía sonriendo desde los cientos de miles, millones tal vez, de carteles que cubrían obsesivamente las paredes de calles, carreteras y lugares públicos de Siria. En un característico gesto suyo, adelantaba la cabeza colocando en primerísimo plano una frente grande y abombada, de forma que el bigote quedaba algo atrás, sobre una mandíbula huidiza. Era todo un símbolo que el dirigente de la República Árabe de Siria desde 1970 fuera por la vida con la testa por delante. Si Asad ha batido la plusmarca de permanencia en el poder de su país no es sólo por disponer de un leal, omnipresente y durísimo aparato policial, sino sobre todo a causa de su inteligencia y su agudo sentido de la supervivencia. Lo está demostrando en ese mismo momento, a primeros de mayo, cuando Siria atraviesa un momento crítico. Tras el rapapolvo infligido por la aviación de Estados Unidos a su aliado Muammar el Gaddafi, Asad está en el, punto de mira de la Casa Blanca y de Tel Aviv. Pero todo el mundo que en Damasco podía expresar una opinión _aunque casi siempre en voz baja y en el exterior de sus casas, "porque, sabes, puede haber micrófonos aquí dentro"_ estaba convencido de que el león, el jefe, el héroe que ensalzaban los carteles saldría del trance.

Uno de los que así prensaban, un responsable palestino de un grupo marxista _tolerado por Asad por sus excelentes relaciones con los soviéticos, aunque sometido a un estrecho e indiscreto control de movimientos_, lo dijo en su guarida de Damasco, donde había concertado una cita secreta: "Como buen alauí, Asad es ambicioso y altivo, pero también astuto y consciente de su fuerza real. Sabe que dirige un país muy pobre de apenas 12 millones de habitantes. Nada que ver con el vocinglero y desmesurado Gaddafi".

Cuando a mediados de abril los aviones norteamericanos ensangrentaron Trípoli y Bengasi no hubo manifestaciones populares, en las calles sirias. Hubo, sí, una firme y sincera condena oficial y en los muros de la avenida de Abu Rumane, el área de las embajadas, los retratos de Asad compartieron el espacio con unos carteles en los que se veían críos libios espantosamente heridos y se leía en varias lenguas europeas: "Reagan, asesino de niños".

Ecos de Chernobil

El mal tiempo acompañó en los primeros días de mayo los sombríos augunos que se formulaban en la antigua capital de los omeyas. Se susurraba en Damasco lo que se gritaba en Beirut y Aminan que la catástrofe de la central nuclear de Chernobil era la causa de tan extraños comportamientos climáticos. Los sirios conocían el asunto por la televisión jordana. Sus propios medios de comunicación, sometidos a estricta censura, no decían de ello ni palabra. Al fin y al cabo, la URSS es el principal sostén militar y político de Hafez el Asad, su principal garantía de que el territorio sirio no será atacado por EE UU o Israel. Pero el veto soviético, mucho más serio que en el caso libio, no afecta a las tropas sirias en Líbano.

Hafez el Asad comenzó a moverse. Mientras el presidente viajaba a Yugoslavia y a Jordania, país este último que no visitaba desde 1977, mientras su diplomacia prodigaba los mensajes a Europa para que mediara ante EE UU, las fuerzas sirias abrieron el fuego contra los integristas shiíes del pro iraní Hezbollah (Partido de Dios) en Baalbek, en el corazón de la Bekaa. Nadie en Damasco creyó que era un incidente aislado. Eso no se hace sin la aprobación personal del presidente. Aquello cabía entenderlo como "un gesto de buena voluntad".

Al poco, Asad dio otro de sus cautelosos pasos hacia una disminución de la tensión con Occidente. Por primera vez afirmó que el acuerdo tripartito de paz para Libano, que patrocina Damasco, podía ser objeto de correcciones si así lo desean los libaneses".

"Los sirios tienen auténtica fascinación por el fuerte, y pará ellos EE UU ha subido. muchos enteros tras el ataque contra Libia". El europeo que decía esto tomaba una cerveza en uno de los umbríos restaurantes que flanquean el río. "En todos sus enfrentamientos con Israel, Siria ha comprobado la superioridad del armamento norteamericano de su enemigo frente al que a ella le entrega la Unión Soviética. Se dice en Damasco que el primer mensaje que Gaddafi transmitió a Hafez el Asad tras el ataque norteamericano fue que las armas soviéticas eran "una porquería". El drama de Siria es el de otros muchos países y movimientos árabes: para sobrevivir y seguir manteniendo la cabeza algo alta frente a Israel necesita de la URSS, pero su verdadera pasión es EE UU.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 13 de mayo de 1986