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33º FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE DE SAN SEBASTIÁN

'El ladrón de Bagdad', una joya inmortal del espectáculo

El domingo por la noche el festival de San Sebastián ofreció a una asistencia boquiabierta, que se dio de patadas para encontrar un hueco en el atestado Victoria Eugenia, una joya inmortal del cine considerado como espectáculo a la altura del cielo: la legendaria obra maestra del cine mudo norteamericano El ladrón de Bagdad, de Raoul Walsh. El lunes por la mañana, el cine español, después de este fastuoso vuelo a las alturas máximas de la fantasía, rescataba el humilde derecho del talento cinematográfico a bajar a la miseria humana del humor negro con La corte del Faraón, de José Luis García Sánchez.

Del silencio deslumbrante pasamos casi sin transición a la ruidosa negrura. Así son los contrastes del cine cuando éste merece la pena. La proyección integral de El ladrón de Bagdad, en copia nueva extraída del tesoro de los negativos originales, adaptados a la velocidad actual de proyección de 24 imágenes por segundo, contó además con el acompañamiento musical de la Orquesta Sinfónica de Barcelona, dirigida por el músico norteamericano Carl Davis. Éste es autor de una muy funcional partitura, en la que se refunden los acordes que acompañaron el rodaje del filme y sus proyecciones primitivas, allá por los primeros años veinte, la mayor parte de ellos inspirada en el poema sinfónico Scherezade, del ruso Rimski-Korsakov.El espectáculo de El ladrón de Bagdad es de esos que obligan a frotarse los ojos con incredulidad. Las bellísimas escenas, los inconcebibles decorados, los inmaginables trucos ópticos y las formidables composiciones físicas de los personajes encarnados por Douglas Fairbanks y Ana May Wong, entre otros, tenían, en esta como en tantas otras joyas del cine mudo, una secreta clave a voces: la música inaudible, que permitía a los actores actuar con todo el cuerpo, y no solamente con la gesticulación facial, hasta el punto de que, en cierta manera, llegaban a bailar sus actuaciones.

Barraca de feria

Apoyada en la pureza de la copia proyectada en San Sebastián y en la interpretación de su música oculta, el indescriptible y genial filme de Walsh se elevó vertiginosamente sobre la media del cine actual y nos situó ante el milagro del intento del cine en su más absoluta pureza: una cosmogonía de barraca de feria, con sus antenas en contacto con esa perfección que sólo se alcanza desde la inocencia de los inventores de mundos. No se exagera al decir que El ladrón de Bagdad, visto así, es cosa divina, es decir, obra de dioses. Los inventores del cine como Walsh, fueron, a su manera humana, auténticos dioses, pues supieron crear un mundo de la nada. Walsh, algo más lento que Jehová, no tardó siete días en hacer las dos horas y media de El ladrón de Bagdad, sino 35. Si tenemos en cuenta que los más eminentes bodrios fílmicos de hoy requieren centenares de días para hacerse, habrá que deducir que la época de los dioses del cine duerme el sueño de los justos.Estamos en tiempos mucho más humanos que aquellos en que era posible hacer películas como El ladrón de Bagdad. Pasado el hermoso sueño, nada mejor para devolvernos a la realidad, después de haber sobrevolado los techos de Las mil y una noches, que otra fantasía oriental, ésta ejecutada a ritmo de una pesadilla del Madrid canalla y que, por tanto, está situada en las mismísimas cloacas de la España sojuzgada por la dictadura franquista. El descenso, de la noche a la mañana, del Bagdad legendario a la comisaría de Arganzuela fue de vértigo, como corresponde a una caída desde poéticas cúpulas a mugrientas mazmorras morales.

La corte del Faraón, de José Luis García Sánchez, es una película fotografiada con esa emulsión que sólo se positiva con un baño de ácido escéptico. La película empieza algo desganada, y en su primera media hora casi aburre. Pero en un momento perfectamente calculado, al mismo tiempo que la acción se estanca y se pudre, los subentendidos de esa acción comienzan a penetrar hacia abajo, hacia los chuscos abismos cotidianos de nuestra historia reciente. El blanco e increíble caballo alado de Douglas Fairbanks se convierte así en un entrañable y perfectamente creíble piojo. El sublime soplo de un ¡oh! admirativo es sustituído por un oscuro y secreto viento de sobremesa.

La corte del Faraón es un filme raro y notable, sobre el que habrá que volver, porque marca el punto sin retorno de un cineasta de auténtico talento que comienza a conocer sus propios límites y, por tanto, comienza a tener a mano la posibilidad de sobrepasarlos. Es un filme corrosivo, casi feroz, que lleva dinamita travestida de humor y mucho y buen cine dentro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 24 de septiembre de 1985