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Tribuna:

La tiara gibelina / 1 RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

Ante la nueva ola de distensión que nos amenaza, tan imprevista y repentina, lo primero que uno se pregunta es: ¿por qué ayer no y hoy sí? ¿Qué cachondeo es éste? Que estos virajes puedan darse así, de la noche a la mañana, sin que haya habido novedad de hecho alguna, ni en las circunstancias ni en las relaciones, es algo que manifiesta, en primer lugar, la caprichosa índole predominantemente gestual de las distintas actitudes y, en segundo lugar, los rasgos mercantiles que, con sus puntos de inflexión y sus momentos coyunturales, rigen también las decisiones de semejante tráfico de gestos; las inversiones de criterio en la compraventa de valores se deciden súbitamente, a partir de cifras críticas, y las órdenes a los agentes de bolsa se dan de un telefonazo. Así, debe de haberse estimado que la cal ideológica de la confrontación, del armamentismo y del militarismo estaba llegando al punto de saturación de los mercados políticos, con detrimento de su rentabilidad, mientras que los grandes almacenamientos de arena de distensión, acaparados e inmovilizados durante tanto tiempo, se encuentran hoy con una demanda lo bastante incrementada como para que se vea más rentable volver a darles finalmente salida. Quiero decir que, al igual que en la imagen popular de la cal y de la arena, confrontación y distensión no son, en modo alguno, dos cosas que se contrapongan y se excluyan, sino tan sólo opuestos que se complementan en un mismo resorte regulado, como los dos rubíes del tic y el tac en el escape de áncora del mecanismo de un reloj.La palabra distensión, en cuanto término del léxico político, se encuentra ya conceptualmente fijada en relación de alternancia consabida con la de confrontación o guerra fría; como el buen tiempo que sucede al temporal, en un turnarse cíclico, invariable y perdurable, la distensión no anuncia cambio alguno, sino que es, por el contrario, segura garantía de la perpetuación del mecanismo. Sólo los necios pueden ya seguir haciéndose ilusiones ante semejantes cambios de ademán, poniendo sus esperanzas en tales gesterías, sintiéndose acunados en este balancín, cuando en verdad somos zarandeados, como en una especie de tratamiento dosificado alternativo, ducha escocesa para aplacar los nervios de una humanidad empachosa e inoportuna, y que lo único que realmente promete es la perpetuación del mismo cachondeo de las potencias por sobre las cabezas de los hombres. Digámoslo por voz de Jeremías: "Danme voces desde Seir: ¿Vigilante, qué hay de la noche? ¿Vigilante, qué hay de la noche? El vigilante os responde: viene la mañana; viene también la noche; preguntad, si queréis, volved a preguntar".

No me parece nada irrazonable ver en ello un recurso instintivo del poder supremo con miras a conservar e incrementar su monopolio sobre cualquier protagonismo humano. Nada podía favorecerlo tanto como el sistema de una bipolaridad antagónica, con su amenaza erigida en prioritaria cuestión universal. Si a ello se añade la máxima ignaciana: "En tiempo de aflicción no hacer mudanza", desaconsejado, desalentado y disuadido de todo posible impulso en tanto no se arregle el susodicho asunto principal, se verá hasta qué punto el sistema de la cal y de la arena asegura la gran coartada para mantener al público clavado a la inacción y a la parálisis. Bien entendido que este monopolio no se procura sólo respecto de los públicos anónimos y sueltos, sino también por parte de las potencias hegemónicas con respecto a Estados de segunda fila. Huelga, por obvio, hablar de la URSS con sus satélites; en cuanto a EE UU, el celo, y aun los celos, de sus aspiraciones frente a las iniciativas concebidas y tramitadas de manera autónoma por terceros Estados, es algo que ha podido observarse claramente en su actitud de reluctancia, tanto ante el frágil y tímido consenso logrado en torno al acta de Contadora como frente a los modestísimos propósitos de socorro económico a las repúblicas centroamericanas por algunos Estados europeos. Tras el pretexto inconsciente de una disconformidad de contenido se esconden tal vez los celos frente a una iniciativa de terceros como la de Contadora y el celo por conservar en las manos la palanca de la incertidumbre con respecto al propio poder de resolución para convalidarla o invalidarla. (Post scriptum: acabando este artículo, leo que EE UU se ha cargado el acuerdo). Así, manteniendo suspensas las expectativas, pendiente de atención, bloqueada cualquier iniciativa, el supremo poder logra mostrarse a los Ojos de los hombres, e incluso verse a sí mismo en el espejo, a imagen y semejanza de la divinidad, que se reserva en exclusiva el soberano arbitrio de dispensar, según le place, ora la turbación, ora el consuelo. Y, por cierto, que no es a humo de pajas hablar de endiosamiento.

Ya que alguien pone aún en duda la idoneidad de un tratamiento teológico de este tinglado, empezaré por recordar aquí un artículo del profesor Carlos Cañeque, de la Universidad de Yale (Dios nos ha enviado a Reagan, EL PAÍS, 31 de agosto de 1983). Cañeque nos describe la presencia compacta y destacada en la campaña electoral, y a favor del presidente, de la llamada "nueva derecha cristiana", aglutinada en torno a las organizaciones Christian Voice, The Religious Roundtable y, sobre todo, The Moral Majority, cuyo máximo líder es el reverendo Jerry FalweIl. Esta "nueva derecha cristiana" surge, siempre según nuestro autor, de "la fusión de la nueva derecha americana ( ... ) con el ala más conservadora del protestantismo americano, que primordialmente hay que buscar entre las sectas fundamentalistas y, muy especialmente, bautistas". Al parecer, conforme avan-

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za la campaña electoral, los programas religiosos de la televisión van acrecentando aún más su ya notable tendencia a tratar y debatir sobre cuestiones políticas. El reverendo Falwell, por ejemplo, en su programa diario The old time gospel hour, "legitima", y cito textualmente de Cañeque, "sus proclamaciones desde un plano teológico, en su constante referencia bíblica, y desde otro romanticonacionalista, que alude a la fundación de la nación por los Padres Fundadores. Para Falwell", sigue Cañete, "Estados Unidos está siendo atacado interna y externamente por un plan diabólico, que podría conducir al la aniquilación nacional. Esto, por otra parte, entra en cruenta lucha con la voluntad de Dios, que confirió a EE UU un estatuto que lo situaba por encima de las demás naciones, a modo de la antigua Israel. Exotismo de la figura del profeta que se filtra en el cuadro secular de millones de pantallas de la televisión (y el autor cita aquí una frase literal de Falwell): "Ninguna otra nación en la Tierra ha sido bendecida por la omnipotencia de Dios como el pueblo de Estados Unidos de América, pero estamos dando esto por hecho durante demasiados años". Por mucho que este Falwell pueda representar el límite extremoso y delirante (aunque el hecho de que una televisión le conceda un espacio cotidiano hace dudar de que los grupos para los que no resulta groseramente caricaturesco sean solamente unas muy minoritarias camarillas de fanáticos), en él se marcan con toda niti(lez los dictados de la moda. ¿No ha sido acaso en más altas instancias -de cuya mayoritaria aceptación tenemos datos fehacientes- donde se ha reclamado de manera explícita e insistente las exigencias de acendrar el vínculo entre política y moral (moral con énfasis en sus connotaciones religiosas)? Por otras múltiples proclamaciones de estas mismas instancias se percibe muy bien cómo este propugnado Vinculo entre política y moral va a, reflejarse por coordinación biunívoca en la pareja nacionalismo y religión, o Patria y Dios: "Todo entra", dice Cañeque en otro punto, refiriéndose a la imaginaría de los fundamentalistas, "en un perfect program, en el que Estados Unidos tiene asignado un papel apocalíptico. La ley de Dios se interfiere en la ley constitucional, al igual que en la vieja Israel, moldeando, guiando y conduciendo a la nación a lo largo de su devenir histórico...". Aquí se observa bien cómo el par de política y moral, cuya coyunda se encarece, ve encarnarse en cl par Nación y Dios, y a la vez cómo el exceso visionario del reverendo Falwell no es más que el resultado de cubrir con trazo continuo la línea de puntos que instancias más sensatas dejan sólo insinuadas. Resurgen, pues, las viejas querencias veterotestamentarias del protestantismo no luterano ni anglicano, y unida al gusto por la imaginería del éxodo mosaico que surgió a los pioneers la coartada ideológica del "destino manifiesto" reverdece el concomitante delirio del narcisismo colectivo de ser un pueblo elevado de entre los otros pueblos por la señal de una elección divina. La combinación de nacionalismo y religión, ya de por sí explosiva, resulta serlo superlativamente cuando la religiosidad se ve afectada por una regresión a lo mosaico. La conjunción actual de religiosidad y orgullo nacional, como caballos gemelos uncidos al varal del carro triunfal de Reagan (conjunción saludada, por cierto, aquí en España con ferviente entusiasmo por nuestro jefe de la oposición), aparece, por múltiples indicios, peligrosamente propensa a desatar en la ciudadanía norteamericana la regresiva fantasmagoría de un sentimiento de pueblo elegido. Como regurgitación a escala universal de la noción de destino manifiesto, que sirvió de coartada para la depredación, la opresión y el exterminio de los pieles rojas, serviría hoy de legitimación teológica de la arreciante hegemonía.

Sin embargo, si hubiese que indicar la concepción en la que más radicalmente se prospecta la contraposición entre judaísmo y cristianismo, habría que señalar, sin duda alguna, justamente la idea de un pueblo elegido. No hay concepción más esencialmente anticristiana. De ahí que hayan sido las sectas protestantes, con sus características inclinaciones veterotestamentarias, las que han anticipado el nuevo espectro de representaciones nacionales y se han constituido en su vanguardia.

Respecto de los judíos, Cañeque indica una actitud ambigua en relación con la nueva derecha cristiana; la dualidad institucional de denominaciones religiosas parece interceptar la esperable simpatesis derivada del común factor mosaico. En cuanto a los católicos, se han mostrado en principio, al parecer, los más seftaladamente reluctantes frente a la repetida nueva derecha cristiana. Sin embargo, y aquí empieza el asunto, ¿quién sabe si, habida cuenta de la elementalidad de los actuales automatismos maniqueos, muchos católicos norteamericanos, interpretando la simultaneidad de los esfuerzos de la Casa Blanca por reventar el Acta de Contadora con las pontificales calabazas asestadas a la teología de la liberación, no como un simple azar, sino como un movimiento connivente, no infieren de ello un tácito respaldo de Roma a Reagan?

Aunque sin elementos de juicio suficientes, no puedo sustraerme a la impresión de que, por lo que se refiere a la doctrina, la teología de la liberación no pasa, por lo demás, de ser un movimiento de hibridación verbal, regido, no ya por ningún afán cognoscitivo, sino por el más puro instinto de sugestión propagandística.

Expresiones como "dialéctica de la cruz" o "practicar a Dios" (donde, obviamente, quiere rescatarse la palabrapraxis) probablemente no quieren decir nada, o a lo sumo han cobrado tan sólo a posteriori las más forzadas -aparte de forzadas- significaciones, habiendo sido en principio excogitadas únicamente con vistas a dorar la predicación del evangelio con el aura prestada de palabras sustraídas a otro léxico tan prestigioso como reconocible, remozando con una nueva afectación la cada día menos convencida y convincente jerga clerical. Se trataría, en una palabra, de habilitar para los púlpitos los acreditados -o, más bien, todavía, sorprendentemetne, no desacreditados- términos praxis, dialéctica, etcétera, dándoles un papel más o menos impropio o hasta falaz, pero siempre sugestivo, en las entrañas de la predicación cristiana (y este embutir con significados evangélicos voces foráneas preseleccionadas será la ardua tarea de los teólogos), para después de lo que resulte del mensaje decir lo del pintor: "Si sale con barba, san Antón, y si no, la Purísima Concepción" (José María González Ruiz puso hace poco, en estas mismas páginas, toda su buena voluntad en hacer una defensa limitada de la teología de la liberación; defensa en la que, aun aceptando los errores, apelaba a la consideración hacia los muchos que, desde la pobreza y la injusticia, tienen cifrada en esa teología sus esperanzas; con lo cual, sin querarlo ni advertirlo, el bienintencionado defensor venía a sustentar, de modo implícito, la proposición, perfectamente cínica, de que una doctrina puede merecer ser defendida, ya que no a causa de una verdad de que carece, sí por la calidad y la multitud de aquellos a los que engaña).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 10 de octubre de 1984

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