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Tribuna:TRIBUNA LIBRE

El carro y el caballo

No se puede poner el carro delante del caballo, considera Eugene Rostow, director de la Agencia Norteamericana de Control de Armamentos y Desarme. ¿Qué es para Rostow el carro y qué el caballo? No puede ser -aclara- que consideraciones de control sobre los armamentos influyan sobre la política de EE UU "en el ámbito de las adquisiciones de armas e incluso en nuestra estrategia". Así pues, de lo que se trata es de la prioridad de la carrera armarnentista sobre las negociaciones y sobre el control.Ahora, tras haber sido adoptada la decisión de producir íntegramente la bomba neutrónica, resulta particularmente evidente el peligroso carácter de la actitud norteamericana respecto a las prioridades en la política internacional. Y resulta evidente no sólo para nosotros, para la Unión Soviética. Al constatar el descontento que cunde en Europa occidental a causa de esa decisión, el New York Times señala: "Muchos estiman que este paso pone en tela de juicio el interés de la Administración Reagan por el control sobre los armamentos y complica los esfuerzos a realizar con el fin de conseguir el apoyo a la política militar de la OTAN en Europa".

Es obvio que al anunciar su decision neutrónica EE UU quisiera dificultar la celebración de las negociaciones con la URSS sobre la limitación de los armamentos estratégicos. No podemos dejar de ver que Washington adoptó esta resolución para dialogar con la Unión Soviética desde posiciones de fuerza, para imponerle sus condicíones. Y no sólo a la Unión Soviética. Washington está imponiendo su voluntad a los propios aliados. Como ya había sucedido otras veces, Estados Unidos no ha consultado con ellos. A los partidarios eurooccidentales de la solidaridad atlántica les ha impartido una nueva lección. El estilo es evidentemente el mismo: en las relaciones con la URSS, Washington se niega a negociar, y con sus aliados, a consultar.

Fallo táctico

No me he referido por casuafidad a las deducciones que se podrían hacer de la nueva acción norteamericana. A juzgar por las publicaciones, los satisfechos son muy pocos. Pero si la opinión pública considera a la bomba neutrónica un arma de exterminio masivo, una amenaza para el futuro de Europa, algunos políticos y militares le reprochan al líder solamente el fallo táctico. Por ejemplo, el Bonn oficial puso mala cara, pero manifestó que el arma neutrónica no es más que "un asunto interno del Gobierno norteamericano". Como si esa arma no estuviera destinada a ser emplazada en Alemania Occidental, sino en algún lugar de Oklahoma.

Por ahora, nada indica que el líder norteamericano preste atención a esas insinuaciones. Todo eso son acciones programadas no a la flexibilidad, sino a la desfachatez. Y lo principal es que la política norteamericana está orientada a la confrontación, y no a la distensión. En las recientes audiciones de la Comisión senatorial para Asuntos Exteriores, el ayudante del secretario de Defensa norteamericano Richard Perle, quien se encarga en el Pentágono de las cuestiones relacionadas con el SALT, manifestó: "No es posible predecir cuándo estaremos dispuestos a iniciar las negociaciones con la Unión Soviética". Añadió que esa disposición podrá surgirle a la Administración solamente hacia la primavera del año que viene.

Así se mantiene la línea encaminada a quebrantar las negociaciones y los convenios con la URSS. El secretario de Defensa de EE UU, Caspar Weinberger, manifiesta que Washington puede, en circunstancias convenientes, exigir que sea revisado el tratado sobre limitación del Sistema de Defensa Antimisiles (DAC). A los actuales líderes norteamericanos, por lo visto, les molesta también el convenio concertado entre Estados Unidos y la URSS sobre la prevención de una guerra nuclear. Ya se conocen sus declaraciones acerca de que en las relaciones con la Unión Soviética "Estados Unidos no se detendrá ante el uso de la fuerza armada, incluidas las armas nucleares".

Renuncia al SALT II

Sobre el tratado SALT II, en Washington se dice que a Estados Unidos "no le conviene", que sólo depara ventajas a la URSS. En una de sus recientes entrevistas, Ronald Reagan, de hecho, renunció al SALT II, quetiene precisamente por base el justo principio de la igualdad y la igual seguridad. "No creo que el tratado, en la forma que ahora existe, pueda ser firmado algún día por nosotros", manifestó Ronald Reagan. Es una reserva característica. El presidente ha olvidado que el tratado SALT II fue firmado por su antecesor en el cargo de presidente de EE UU.

El hecho de que EE UU no sólo ha congelado la ratificación del SALT II, sino que renuncia al tratado -negociado por tres presidentes de EE UU, incluidos dos republicanos-, viene a atestiguar una vez más la poca confianza que ofrece la Administración washingtoniana como socio de negociaciories. Es importante señalar también que últimamente EE UU ha renunciado unilateralmente a convenir varias importantes negociaciones sobre cuestiones referentes al océano Indicó, sobre limitación de la venta y suministros de armas convencionales, así como sobre la prohibición general y completa de las pruebas de armas nuclearel. Por culpa de EE UU han quedado bloqueadas las negociaciones sobre la reducción de las fuerzas armadas y de los armamentos en Europa central.

Las consecuencias de esa política pueden ser verdaderamente catastróficas. Cuando en nuestra era nuclear se concede príoridad a la carrera armamentista en vez de las negociaciones eso ya no es un simple fallo en la estrategia, sino un acto demencial, una obstinación en no querer tomar en consideración la realidad. Al considerar motor de la política al caballo de la carrera armamentista, los líderes norteamericanos han vuelto a demostrar que las anteojeras del antisovietismo no les permiten ver el mundo tal y como es: un mundo que no quiere abandonar el camino de la distensión, un mundo que no quiere admitir el papel de blanco nuclear que le ha preparado EE UU.

Edgar Cheporov es un observador politíco de la agencía de Prensa soviética Novosti, de la que fue corresponsal en Londres.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de agosto de 1981