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Washington empieza a dar marcha atrás en su postura de dureza respecto a El Salvador

El conflicto salvadoreño puede entrar en una vía de negociación tras el cambio de actitud estadounidense que revelan las últimas declaraciones del secretario de Estado, Alexander Haig, en las que, por primera vez (durante su estancia, el miércoles, en la capital de Canadá), se mostró favorable a una salida política.

Las fuerzas insurgentes han valorado de forma positiva este primer pronunciamiento norteamericano por el diálogo. Los informes de los asesores norteamericanos, que desde hace varias semanas instruyen al Ejército salvadoreño, pueden haber sido determinantes para este nuevo planteamiento.La guerra de El Salvador va a ser larga y va a costar muchas vidas, ha manifestado uno de estos asesores. «La guerrilla mantiene», añadió, «cinco posiciones muy seguras ». Es ésta, al parecer, una conclusión generalizada entre los militares estadounidenses desplazados a la zona del conflicto.

La durísima posición mantenida hasta ahora por Estados Unidos ha logrado detener el flujo de armas hacia la guerrilla. Esto es un hecho que ni siquiera se niega en Nicaragua. Reagan puede presentarse, por tanto, ante la opinión pública de su país con un relativo éxito frente al expansionismo comunista. Algunos analistas políticos creen que ya están dadas las condiciones para que Estados Unidos pueda propiciar una negociación. Ir más lejos sería revivir el síndrome de Vietnam, todavía no superado como lo demuestran los primeros brotes de protesta surgidos en Estados Unidos por el envío de un reducido grupo de asesores.

Las posiciones de la izquierda y la Junta están, sin embargo, tan alejadas entre sí que cualquier diálogo parece ahora mismo difícil y de resultados más que dudosos. La izquierda no puede aceptar ningún pacto que excluya una purga de ultraderechistas en el Ejército y el aparato estatal, pero es muy poco probable que el Presidente Jose Napoleón Duarte esté en condiciones de exigir a sus mandos militares este harakiri colectivo.

No es casual que los líderes de la ultraderecha, como el mayor Roberto d'Aubuisson, hayan empezado a defender el golpe militar puro y duro en cuanto Duarte apuntó la posibilidad de una negociación con la izquierda. La política global de Reagan en el continente americano, que pasa por el apoyo a los régimenes de fuerza, ha envalentonado a la extrema derecha salvadoreña, que, por primera vez, se siente capaz de dar un golpe sin el apoyo previo de Estados Unidos, en la convicción de que éste vendrá después.

El presidente Duarte ha reforzado su posición con la ayuda norteamericana y con el rechazo de las ofensivas guerrilleras, pero nadie duda de que los verdaderos dueños de la situación son los militares, v que éstos utilizarán al dirigente democristiano hasta donde les sirva.

Por otra parte, las ofertas de diálogo de Duarte se parecen cada vez, más a la demanda de una rendición sin condiciones. Porque si no está dispuesto a negociar ni tan sólo la formación de un Gobierno provisional hasta las elecciones generales que se anuncian para comienzos de 1983, no se sabe muy bien de qué se va a favorecer la izquierda, si no es de una amnistía que ya ha sido rechazada por la guerrilla.

La marcha de la guerra, con un Ejército fuertemente rearmado por Estados Unidos, ha sido hasta ahora, sin duda, favorable a las fuerzas armadas,- pero un conflicto largo, con sabotajes y emboscadas per manentes por parte de la guerrilla, puede terminar por modificar la actual relación de fuerzas. Los norteamericanos no ocultan su de cepción, porque, hasta ahora, el Ejército se ha mostrado incapaz de expulsar a la guerrilla de sus santuarios de Mozarán, Chalatenango, Guazapa, San Vicente y Conchagua. La aviación y la artillería pesada se han mostrado poco efectivas.

Tras el desconcierto guerrillero que siguió a la primera ofensiva general de enero, el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) ha reactivado sus ataques durante las últimas semanas. Por primera vez, el Ministerio de Defensa admite que hay cientos de bajas en sus filas, aunque añada, inmediatamente, que en la guerrilla hay un mínimo de 2.000.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 14 de marzo de 1981

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