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Tribuna:Serrano Súñer responde a Antonio Marquina / y 3

Hitler tenía minuciosamente planeado el ataque contra Gibraltar

Apenas transcurridos veinte días desde el encuentro Franco-Hitler en Hendaya, sin el menor propósito por nuestra parte de reabrir negociaciones con los alemanes, al contrario, deseando volver sobre lo tratado lo más tarde posible, fuimos nuevamente llamados por ellos. A mi despacho oficial del palacio de Santa Cruz llegó, sobre el mediodía del 14 de noviembre, el embajador alemán Von Stohrer con una comunicación de su jefe, Ribbentrop, para que me dijera que Hitler deseaba recibirme con urgencia en Berchtesgaden, en el Berghof, que era, como es sabido, su refugio en los Alpes bávaros. Amistosamente, el embajador me proponía que saliéramos juntos para allí inmediatamente, cosa, le manifesté, que no podía hacer, pues tenía que hablar primero con el Generalísimo, como lo hice, en aquel mismo día; y con él, y con los ministros militares Vigón, Varela y Moreno, celebramoss una conferencia -en la mañana siguiente, sábado- sobre si convenía o no que acudiera a aquella llamada y sobre la actitud que debía adoptar si acudía. De acuerdo todos en que lo hiciera, después de una primera vacilación de Varela, salí para París, no recuerdo exactamente si el domingo 16 o el lunes 17, y el martes 18, por la tarde, acompañado por el profesor Tovar y el diplomático barón de las Torres, llegué a la estación de Berchtesgaden, donde Ribbentrop y varios jefes militares me esperaban.No fue, pues, repito, mi viaje iniciativa nuestra, sino de Hitler, y no es cierto, por consiguiente, lo que ha escrito Marquina, ni hubiera sido lógico que, después de haberme llamado Hitler, me dijera Ribbentrop, como gratuitamente afirma el articulista, «que no existía necesidad de ver al Führer, a menos que pudiera llegar a un acuerdo con él» -con Ribbentrop-, y es igualmente inexacta la afirmación que hace de que yo «amenazara con marcharme».

Hitler notifica

La entrevista con Hitler fue por la tarde y, como casi siempre, estuvo acompañado por su ministro de Asuntos Exteriores y por el intérprete Gross. Hitler habló así: «He decidido atacar Gibraltar. Tengo la operación minuciosamente preparada. No falta más que empezar y hay que empezar.» Yo, que había escuchado silenciosamente y observado con atención al hombre tan poderoso que tenía frente a mí, comprendí, como lo comprenderá cualquier persona inteligente, con imaginación y sensibilidad para entender el dramatismo de aquel momento, que se trataba de una grave notificación. Hitler argumentó ampliamente parajustificar su decisión y su tesis: razones de orden psicológico; contrarrestar el mal efecto del imperdonable error cometido por los italianos en Grecia; la aceleración de la guerra para acabar con el derramamiento de sangre; también -¡ahora!- la defensa de las islas Canarias; la necesidad de cerrar el Mediterráneo... etcétera. Yo, con emoción contenida, con sinceridad, con el tono inconfundible de la amistad -patéticamente- contesté exponiendo las razones económicas, políticas y militares por las que nuestra entrada en la guerra no era posible. No se podía pedir a los españoles nuevos sacrificios pocos meses después de las devastaciones y la desgracia terrible de una guerra civil, pendiente el afán de reincorporar a la fe y a la tarea de la Patria a los que habían sido nuestros enemigos.Hitler escuchó al principio mis manifestaciones con un cierto malhumor, para acabar con un gesto de decepción, de cansancio y de tristeza. De las siete u ocho veces que tuve que hablar con él fue esta la ocasión en que le encontré más parecido a un ser humano. «Bien -me dijo-, España puede tomarse algún mes más para prepararse y decidirse.» (Este encuentro histórico puede conocerse con todo detalle en mi viejo libro Entre Hendaya y Gibraltar, publicado en 1947.)

Y me pidió que, no obstante, deseaba que pasáramos -como lo hicimos- a una gran sala contigua llena de mapas colgados en las paredes, y sobre un gran tablero central, en los que con banderitas se señalaba la posición de sus ejércitos, y donde el general Jodl, jefe de operaciones del cuartel general alemán, hizo una exposición muy detallada (de la que, naturalmente, poco entendí) del proyecto minuciosamente preparado para el ataque a Gibraltar. Terminada su explicación, les manifesté que, profano en el arte militar, me imaginaba, sin embargo, conocida su gran competencia, que todo aquello sería perfecto, pero que, por las razones apuntadas, no era posible nuestra entrada en la guerra.

¿Otro fracaso?... Para los alemanes.

Cuando terminamos era ya de noche, y contra nuestro deseo de volver rápidamente a España tuvimos que pernoctar en Berchtesgaden, lo que no era agradable en circunstancias de desacuerdo, teniendo en cuenta las expeditivas maneras de aquella gente ante las dificultades.

Nuestra política dilatoria

Es evidente el mérito personalísimo de Franco con la técnica de resistencia a intervenir en la guerra, compatible con la política de amistad hacia las potencias del Eje: la «no beligerancia». El era el jefe, él quien tenía el poder de decisión; y quien decidió. Pero en servicio de esa política me correspondió a mí el papel incómodo -y, en más de una ocasión, arriesgado- de ser elemento de choque; de ser el dialéctico en las confrontaciones personales, directas, con el Gobierno alemán. Por ello, creo que ninguna persona con rectitud de conciencia dejará de comprender y de considerar legítimas mis explicaciones y mi protesta ante la falsa atribución de una postura intervencionista de que fui víctima y que, pese a mis ideas y sentimientos -por otra parte, aquí, en España, muy extensamente compartidos-, era radicalmente contrarlo a la realidad de mi gestión.Los ataques de que me hacen objeto Hitler y sus generales -que constan en los documentos de Nuremberg- demuestran que aquella táctica dilatoria, resistente, fue apoyada por mí con alguna inteligencia y con energía. Así, el citado general Jodl escribió en su diario, autógrafo, estas palabras: « La resistencia del ministro español de Asuntos Exteriores, señor Serrano Súñer, ha desbaratado y anulado el plan de Alemania para hacer entrar a España en la guerra.» Y todavía, para completar la información del lector, se podían haber transcrito en el periódico, en lugar de la falsedad que figura al pie de una de las fotografías llamándome defensor de la entrada de España en la guerra, estas otras palabras del mismo general, pasando revista ante los gauleiters del Reich sobre las ocasiones perdidas, que se recogen en el documento L-172 de los de Nuremberg: «Nuestro tercer objetivo en el Oeste, el de llevar a España a la guerra a nuestro lado, y de crear así la posibilidad de tomar Gibraltar, falló por la resistencia de los españoles o, más exactamente, de su jesuítico ministro de Asuntos Exteriores, Serrano Súñer.» También las de Hitler, que en sus ataques contra Franco me califica a mí del más siniestro, por estar dedicado a la tarea de preparar la Unión Latina.

El testimonio de Ridruejo

Y en sus memorias, Ridruejo -siempre Dionisio en el recuerdo- cuenta con su palabra limpia, valiente y generosa, las reflexiones que yo le hice en conversación íntima, mantenida después de un viaje de exploración espontánea que él había hecho por el Oranesado; y dice, literalmente, que yo «le expuse claramente mi posición ante la guerra en estos términos: la intervención era imposible con nuestros medios actuales, y atraer para ello al Ejército alemán era inaceptable». Aparte de ésto, dice que añadí «que debía preocuparnos la idea de un exceso de victoria por parte de Alemania, y ello excluía la ruptura con Francia. Si apuñalásemos a Francia por la espalda habríamos eliminado nuestra única posibilidad de pensar en Europa al fin de la guerra, pues sólo aquel frente latino podría moderar el dominio de Alemania en el continente. Cada uno de los tres países, aislado, quedaríamos en peligro».Finalmente me referiré a la caballerosidad con que el general don Vicente Rojo, la primera figura del Ejército republicano, se manifestó en relación conmigo, brindándome sus mayores respetos porque en un momento crucial de, la vida de España supe colocar mi conciencia por encima de mi conveniencia. Todos estos testimonios capitales han sido aquí poco o nada difundidos, porque no siempre se escribe la Historia como fue.

Los que hablan o escriben en términos parecidos a los del, pie de esa fotografia a que me refiero, ¿es que no sabían nada de esto? ¿No tienen en cuenta, los insidiosos que todavía mienten o callan sobre nuestra salida victoriosa de una de las más graves crisis de nuestra hi storia, que una, política se mide, se pesa, se valora y califica, en definitiva, por sus resultados; y que la nuestra, de «amistad-resistencia», fue buena y acertada, puesto que nos libró a todos -también a ellos- de la invasión por los ejércitos alemanes y, en consecuencia, del deshonor si les dábamos paso a través de nuestro territorio en actitud sumisa, o de la guerra, si hubiéramos seguido una política de enemistad con Alemania?

Y todo ello, cualesquiera que fueran nuestras ¡das y venidas, nuestros discursos, nuestros sentimientos y nuestras palabras de amistad, que, al menos por mi parte, salvo las naturales reservas a ciertas conductas suyas, contrarias a la unidad moral del género humano, eran sinceras.

El terco andar del tiempo ha acumulado ya muchos años sobre mí, y con ellos una carga grande de escepticismo y de cansancio. Y a esta altura crónológica pesa tener que salir al paso de confusiones, a veces de puerilidades, imprecisiones y errores, aunque en algunas ocasiones sean producto de la buena fe. A quienes escriban con noble propósito para indagar y juzgar podría ofrecérseles el consejo que un poeta medieval daba a los jueces recomendándoles que hicieran justicia: sin amor, sin desamor, sin temor e sin cobdicia.

Sin olvidar que sobre todos hay un Juez que un día -a todos- ha de juzgar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 29 de noviembre de 1978