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Tribuna:Manifiesto inédito de Alejandro Lerroux

Mi testamento político

Alejandro Lerroux, para muchos «el político de masas más grande del siglo XIX», tuvo una trayectoria política curiosa, salpicada en ocasiones por escándalos financieros, y constituye, sin duda, un personaje interesante de la historia española española a lo largo del primer tercio del presente siglo. Inició su vida pública dirigiendo el periódico El País, y fundó después El Progreso, El Intransigente y El Radical. Su primer ámbito de acción política lo constituyó el proletariado barcelonés, sobre el que supo explotar la tradición de la revolución romántica, el anticlericalismo y la violencia. Era entonces el Rey del Paralelo, y sus seguidores, los Jóvenes bárbaros. Defensor del republicanismo unitario, Lerroux perdió su influencia entre los catalanistas y en 1908 funda el Partido Radical. Escándalos financieros le llevan al destierro y, tras la Semana Trágica, reemprende la lucha política, pero esta vez muy atemperado y no como líder obrerista, sino como representante, a través de su Partido Radical, de un liberalismo moderado de clase media. Formó parte del Comité Revolucionario que se convirtió en Gobierno Provisional de la 11 República, y fue ministro de Estado en 1931. Tras las elecciones del 33 presidió seis Gobiernos distintos, apoyándose cada vez más en la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), hasta incluir en el Gabinete a Gil-Robles. En septiembre de 1935 cae su Gobierno y es sustituido por Chapaprieta. De nuevo, unos escándalos financieros le afectan de lleno, y en las elecciones de 1936 no consiguió apoyo, ni en la derecha ni en la, izquierda. Durante la guerra civil Lerroux se exiló en Portugal y no volvió a España hasta 1947, para morir dos años más tarde. Desde su retiro de Estoril envió a su amigo Francisco Rodríguez Dopico un Manifiesto o Testamento Político, aún inédito, que, por gentileza de su corresponsal, ofrecemos hoy a nuestros lectores.

A mis amigos:A los que queden, pocos o muchos, supervivientes de aquel puñado de hombres que redimí de la muchedumbre anarquizada para servir a la patria en una misión de libertad, progreso, justicia y salud.

Vivo en la emigración hace diez años, callando, meditando, contemplando las tragedias presentes y pensando en el porvenir.

He alcanzado una edad a la que no todos los nacidos llegan en estado de salud físico y espiritual equilibrado. Si la hubiese logrado en un régimen político normal, a mis años no me jubilarían aún. Pero en plena vorágine de una revolución que la humanidad no había experimentado hasta el presente, la obra magna de reconstruir la sociedad y continuar la nuestra civilización, no es para viejos demasiado viejos, ni para jóvenes demasiado jóvenes. Es para hombres madurados en la lucha por la existencia, en el estudio de los problemas que crea la convivencia social, fortalecidos por el saber y la experiencia, con vocación para la cosa pública y que no hayan perdido del todo los entusiasmos de la juventud ni la capacidad de abnegación y sacrificio que tamaña empresa requiere.

Por eso yo, que ya he dado a la vida política más de cuanto pude imaginar, habíame propuesto retirarme calladamente al panteón de mi hogar, pero como la vida y la muerte, en colaboración, me han dejado sin hogar en medio del tumulto, he resuelto deciros años antes de sumergirme en el silencio o en la nada.

Personalmente no siento mucho dolor por lo que dejo. No alimento ambiciones ni me consuelo con esperanzas. El cáliz de la amargura también ha tenido para mí sabores de miel en fugaces momentos del pasado. Sé lo que es mandar y dirigir, como supe obedecer y ejecutar. Ya no siento deseos de mandar ni de dirigir. Lo único que ahora ambiciono es algo que considero lo más díricil y lo más importante para todos los pueblos en la presente crisis mundial: que las nuevas generaciones produzcan hombres que sepan mandar y ciudadanos capaces de disciplina que se obliguen a obedecer.

Por eso rompo en este momento histórico supremo mi silencio de tantos años, con el que también he servido a mi patria en el destierro.

No hablaré con pretensiones de maestro o de profeta, sino para tratar de prestarla un servicio más. Voy, pues, a deciros mi última palabra. Quien la quiera escuchar que oiga o que lea. Nada más fácil, porque yo ni siquiera pido que se me haga caso.

Desde el amañado triunfo del Frente Popular, facilitado por el retraimiento de las clases medias, el abandono de las conservadoras y el auxilio de colaboraciones extranjeras, en España se encendio- la guerra civil, fulminante puesto en el polvorín de la política internacional Y aquella guerra civil, bárbara y salvaje cual ninguna, acabó, como casi todas, en una dictadura militar.

Pero los militares que inicialmente se alzaron no pusieron su pensamiento en la Monarquía, ni hicieron armas contra la República, ni sintieron ambición de gobernar. La República había dejado de existir el día mismo en que la autoridad abdicó sus prerrogativas entregando las armas propiedad del Estado, almacenadas en los parques militares, a muchedumbres anónimas, sin organización, disciplina, jefes ni bandera. Las masas, así acabadas de anarquizar, se desbordaron rompiendo todos los diques que ha construido la civilización para hacer posible la sociedad humana.

El Ejército se echó a la calle casi espontáneamente, sin previa preparación, para actuar como poder supletorio. No para gobernar, sino para restablecer el orden, un orden. Para atajar la anarquía y hacer de nuevo posible la convivencia social, interrumpida por la demagogia. Lo demostró el hecho de que durante muchos días los jefes del movimiento militar que hablaban públicamente al país, lo hacían invocando corno suprema autoridad a la República, vitoreando a la República y terminando sus alocuciones al compás del himno republicano.

Si los promotores del alzamiento hubiesen sido políticos y hubiesen puesto la mira un poco más alta, no habría resultado díficil al cabo de un poco tiempo reponer la República sobre sus cimientos, anular la obra del Frente Popular, convocar nuevas Cortes y reformar la Constitución, que no había sido hecha de molde para lo que a la sazón era el estado moral, intelectual y social de la mayoría de los españoles.

Pero la fuerza de los hechos consumados, actuando como impulso lógico de la fatalidad, desenlazó la revolución comunista en guerra civil y la guerra civil en dictadura militar. La temporal era inevitable y hasta necesaria puesto que la nación había quedado sin forma alguna de gobierno. La que no debió convertirse en permanente, una vez cumplida su primera y única misión, fue la que ha continuado indefinidamente, sin procurar legitimarse por una confirmación del sufragio popular.

No hubiera sido díficil precaver cuál sería el desenlace de la guerra internacional que estalló a poco. Les bastó a los países anglosajones ganar el tiempo necesario para ponerse en pie de guerra y defender lealmente los ideales que prefieren hoy los pueblos de todas las razas, para encontrar auxiliares poderosos y con ellos el camino de la victoria. Y la victoria ha llegado.

Se pretende ahora que los aliados lo olviden todo, hasta las legiones de aventureros enviadas contra ellos a España o desde España, que está sufriendo al presente amenazas,afrentas e injusticias que la inflingen grandes y pequeñas potencias. Años sucesivos de malas cosechas, escasez de materias primas para la industria, carencia de material marítimo y terrestre para el transporte y la distribución, falta de confianza en la posibilidad de una paz duradera, ausencia de satisfacción interior en el alma nacional envenenada por odios fratricidas, qué va a ser de España si el mundo, obligado ante todo a dar de comer a muchedumbres hambrientas, la niega su solidaridad y la abandona o la posterga bloqueándola moral y materialmente?

Con una pena que suele estallar en mi pecho con hervores de indignación, vengo escuchando o leyendo manifestacíones extranjeras que aluden a España. Sus amenazas y sus ironías ofenden más a la patria que a los que la gobiernan. Sus intenciones, más o menos disfrazadas, de intervención en asuntos de nuestra soberanía y de imposición de soluciones de su preferencia en España ponen de pie hasta a los muertos.

Y frente a todo eso, ¿qué hacemos los españoles? No hay otra cosa que hacer

Mi testamento político

que invocar gestas heroicas de nuestra historia y escandalizar ante las Embajadas extranjeras.Invadidos y aherrojados, otros pueblos han dado ejemplo de sublime heroismo en la resistencia pasiva o activa. Nosotros con menos participación en el sacrificio universal, no sólo hemos enmudecido, sino que continuamos como siempre divididos en luchas intestinas que agotan nuestra potencia.

Ni aprendemos ni escarmentamos. Todos los días se invoca el imperialismo de España que torció el curso de nuestro destino y que sin tener en cuenta más intereses dinásticos llevó a toda Europa la guerra de invasión y conquista, pero se olvida o se calla que, al fracasar, no dejó en la impotencia y nos hizo odiosos al mundo entero.

Ahora bien, la desunión y discordia de siempre son cosas de antes. Hoy vivimos en después de la catástrofe que ha sido la guerra. Porque la historia de la humanidad y la civilización quedó cortada cuando, por primera vez en el tiempo, los pueblos y las naciones se han levantado contra ellas y han traicionado al progreso y prostituido las conquistas de la ciencia, convirtiéndolas en instrumento de todos los crímenes.

La historia va a comenzar nuevamente y ahora para presentarse dignamente en ella los españoles que no hayan renegado de su patria y de su raza están obligados, si quieren redimirlas, al olvido y al perdón como política doméstica, a unirse en solidaridad patriótica temporal como política nacional y a ponerse en condiciones de colaborar, como política internacional en la obra de paz, justicia y libertad que se está intentando por los aliados a costa de tantos sacrificios.

Lo presente no puede continuar ni resucitar lo pasado. La generación que dejó perder la Monarquía sin defenderla, que recibió como de gracia la República y no fue capaz de conservarla, no tiene: derecho a gobernar a España en nombre de la dictadura, que no fue obra suya, sino del Ejército.

Sirviendo a la Monarquía se agotaron los hombres políticos que nacieron en la revolución del 68. En la República, que debió ser, y no fue un movimiento renovador, no surgió o no llegó a actuar ni un solo estadista, ni un grupo homogéneo de Estado Mayor capaz y suficiente para superar y sobrevivir en funciones de gobierno a las crisis inevitables entre la autoridad y la libertad en el nacimiento e infancia de todo régimen nuevo. Y esta misma esterilidad es propia y natural de toda dictadura, cuya misión es, o debe ser, exclusivamente policial, para restablecer el orden perturbado o interrumpido.

En todas esas revoluciones y, evoluciones han medrado los logreros, han fracasado los políticos, han estado ausentes los gobernantes, se han, desprestigiado los ideales, se ha dejado al pueblo sin fe y sin esperanza y está el peligro de naufragar la patria.

Cuando se oye decir que la solución del problema político español puede ser la Monarquía, el sentido común se pregunta que si es así, ¿por qué fue ella misma la que lo planteó abandonando el trono y el poder sin intimidación formal y poderosa de nadie? Y el español de la calle duda y se sonríe.

Pero si la solución que se dibuja en el horizonte, aunque sea remota, impuesta además por el extranjero, es la restauración de la República del Frente Popular, el español que tiene una familia, un hogar, una propiedad o un negocio, se sonroja indignado, avergonzado y convulso.

De modo que pensando en una solución política, definitiva, o estable siquiera, para España, el pensamiento se detiene vacilante y desorientado. ¿Ni Monarquía, ni República, ni dictadura, que no es sino un puente sobre una solución de continuidad? Entonces, ¿qué?

La gran interrogación se abre delante del pensador y le deja perplejo.

El ideal sería una solución pacífica a la que concurriese el mayo

número de españoles con su voto y con el propósito resuelto de someterse voluntaria y sinceramente a ella sin renunciamientos de la conciencia individual porque aceptó los hechos legalmente consumados, acatando la República o la Monarquía, no significaría que monárquicos o republicanos debieran renunciar a sus ideales.

La solución de nuestro caso es mucho más fácil que el que están debatiendo los aliados. La tiene en su mano y en su voluntad un solo hombre, al que se le presenta cada día ocasión de inmortalizarse dejando en la Historia un ejemplo único e insuperable de grandeza moral.

No está en mi ánimo proponer a quien quiera que sea renunciamiento alguno, sino sólo llamar a los interesados a la meditación sobre el problema. Y si en la alusión incluyo, como no puedo menos a quien ejerce en España el poder supremo, no es para negarle derechos a la consideración de sus conciudadanos, así en sus aciertos como en sus errores, sino para que no desaproveche la hora crucial que se le ha presentado de dar aquel ejemplo.

Para no sufrir la coacción de ceder ante las amenazas de los poderosos ni sucumbir a la fatalidad de las circunstancias hostiles que rodean a España, si yo me encontrase en el lugar del Jefe del Estado me anticiparía a lo acontecimientos promulgando inmediatamente una disposición igual o parecida a la siguiente:

Ordeno y mando. 1. Se conceda amnistía a todos los españoles presentes en la patria o ausentes de ella que no se hallen sujetos a responsabilidad criminal por delitos comunes y que se consideren amenazados de ser sometidos a proceso por responsabilidades políticas. En ningún caso podrá ser aplicada la última pena. Se da un plazo de presentación de tres meses, la cual podrá hacerse también ante los consulados.

2. Se autoriza a las entidades de todas clases -políticas, patronales, profesionales, económicas, académicas, científicas, obreras, eclesiásticas, etc., que existan y existieran legalmente en España antes del 18 de julio de 1936, para reorganizarse y designar persona que autorizadamente las represente, a cuyo fin se da un plazo de dos meses y las facilidades necesarias con arreglo a la ley de Reuniones.

3. Todos esos representantes serán invitados antes del tercer mes a una reunión que se celebrará en Madrid bajo mi presidencia, y gozarán de las mismas inmunidades y consideraciones que los diputados a Cortes, mientras dure su representación.

4. El orden del día de esta reunión contendrá los postulados siguientes, más los que puedan presentarse en ella y sean declarados pertinentes:

a) Objeto de la reunión: deliberar sobre la forma de consultar democráticamente al país acerca de la forma de Gobierno de su preferencia.

b) Establecer que todos los elementos que concurran a la reunión se comprometan, en nombre de sus representados, a respetar y reconocer como legítimo el resultado de aquella consulta.

c) Comprometerse igualmente a no combatirlo por medio de la fuerza ni otro alguno fuera de la Ley.

d) El mismo compromiso de mantener entre sí relaciones normales, sin dividirse ni hostilizarse, hasta que la solución que resulte preferida haya podido organizarse en función del poder público capaz de mantener el orden y gobernar para todos los españoles.

e) Para que ni dentro ni fuera del país puedan suscitarse dudas sobre la lealtad y sinceridad con que los españoles procuran pacífica y democráticamente la solución de su problema, se invitará a todas las naciones y a la prensa universal a que envíen a España representantes autorizados, a fin de que actúen como testigos fehacientes, a cuyo objeto se les darán todas las facilidades.

Por mi parte, declaro que personalmente estoy dispuesto a ofrecer una como ejemplo de subordinación, disciplina y abnegación, acatando el resultado que se obtenga de la consulta al país por este u otro procedimiento democrático. Y si los amigos que me queden y que fueron pensamiento y corazón del Partido Radical quisieran imitar mi ejemplo, yo les aconsejaría que procediesen del modo siguiente:

1. Atenerse a las disposiciones de la autoridad y en todas las localidades donde hubo organización o en que pueda haberla, hacer acto de presencia para reconstituirla y disponerse a responder a la convocatoria precedente.

2. Renunciar al empleo de la fuerza y de todo medio ilegal para la propaganda y triunfo de nuestros ideales de partido, mientras el poder público mantenga libres y garantizados los medios de lucha legal.

3. Poner el pensamiento y el propósito en la finalidad de constituir una fuerza política de reserva al servicio de la Patria, del orden, de la justicia, de la libertad y de la paz, en todo momento dispuesta a encargarse del poder, si. fuese necesario, y gobernar el Estado, manteniéndose a igual distancia de la reacción política que de la demagogia.

4. Para ello, tener en cuenta que no puede haber libertad, democracia ni República, si no hay primero liberales, demócratas y republicanos, y que nuestro partido debe consagrar su política a conseguir que sus afiliados adquieran plena conciencia de su deber y capacidad para intervenir en el gobierno de su municipio, de su provincia y de su nación.

5. Procurar que sus centros de reunión o domicilio de sus organizaciones sean como prolongación espiritual del hogar doméstico, donde los afiliados puedan realizar por la cooperación fines de instrucción y educación, económicos, artísticos y sociales, de auxilio mutuo y cuantos la inercia o la incapacidad suelen esperar y mendigar del municipio o del Estado.

Así, el Partido Republicano Radical llegará a ser, como empezó a serlo, escuela de ciudadanía, creador de españoles que sientan en el alma el patriotismo como un título de nobleza, y se pongan en condiciones de asegurar y consolidar la III República, que llegará cuando la merezcamos, para ser factor de paz y de progreso en marcha hacia la justicia social.

Así, de generación en generación, por el progreso moral e intelectual en forma de tolerancia fraternal, se harán imposibles las guerras civiles y dejarán de ser utópicos los ideales de hoy hacia la federación de los pueblos, por continentes, y los ideales de mañana hacia la confederación de la humanidad entera en las amplitudes de una paz universal fecunda y laboriosa.

Callo y me detengo, casi a las puertas de la eternidad para deciros adiós.

Sin emoción patética, sin que la pena de la separación altere mi serenidad, pero con la esperanza en el alma, quiero que la última palabra sea en mis labios como una oración, y en mi pluma, como una plegaria más que para la nación que aisla y divide, para la patria inmortal que ha extendido por el mundo la gloria de este nombre: España.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de julio de 1976

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