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Letras americanas
Columna
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Cárdenas y Larraquy: saber mirar el pasado

‘Peregrino transparente’ y ‘La telepatía nacional’ son novelas que ponen en disputa los relatos que aceptamos en nombre del progreso y sus fantasmas

El escritor colombiano Juan Cárdenas.
El escritor colombiano Juan Cárdenas.Cristóbal Manuel
Emiliano Monge

La idea de progreso, querido lector, nos ha sido tan bien vendida a los escritores latinoamericanos que, como sucede con el resto de la humanidad, son pocas las veces que nos detenemos a mirar nuestro pasado.

Lo peor es que, casi siempre que se da la extrañeza de que alguien se detenga, de que una escritora o escritor haga una pausa y mire para atrás, lo que busca no es otra cosa que confirmar, bendita sea nuestra suerte, que todo sucedió como tenía que haber sucedido, que nuestro tren no descarriló, que podemos, pues, quedarnos tranquilos.

Parecería que, como el resto de la gente, los escritores y escritoras de nuestro continente vivimos el presente de manera frenética, estúpidamente esperanzados en que el mañana, que parecería ser lo único real, que parecería no solo ser más importante que el instante que vivimos sino que todos los quiebres pasados, pues así lo decretaron el aceleracionismo —ese dogma laico de la modernidad— y el cortoplacismo —ese motor del capital que impone lo inmediato—, solo puede ser mejor y solo puede ser, obvio, mucho más luminoso.

Un par de excepciones luminosas

Calma, tranquilo, querido lector, no estoy a punto de hablar de novelas históricas —que, en nuestra región, parecen solo o casi siempre interesarse por poco más que el chisme, los enredos sentimentales de los héroes y villanos, nuestras derrotas más sonadas, esas que abonan tanto al relato establecido como las victorias mil veces cantadas, o al palmarés del avance, la superación y la vanguardia sobre aquello que, bendito sea el señor, era, fue y debía ser el mundo del ayer— sino de dos libros que rompen, de manera por demás brillante, con todo lo que he venido diciendo hasta ahora: Peregrino transparente, del colombiano Juan Cárdenas, y La telepatía nacional, del argentino Roque Larraquy.

A estas alturas, después de tantas entregas, espero haber dejado claro que esta newsletter se interesa, exclusivamente, en la Literatura, así, con mayúscula, ese género en aparente extinción que, de tanto en tanto, da lugar a novelas como Peregrino transparente y La telepatía nacional, es decir, novelas extraordinarias en todas las acepciones de la palabra, novelas que se atreven a exigirle al lector, además de su atención en pleno, poner una parte de sí mismos para dar lugar a la confabulación, confabulación que no solo es la relación de dos o más imaginarios sino también de dos o más temporalidades —dinamitando, por eso, tanto a la prisa impuesta por el aceleracionismo como el imperio del cortoplacismo, que no solo impide ver más allá del hoy, tanto para atrás como para delante, sino que también impide ver más allá del uno mismo—, novelas que ponen en disputa el relato o los relatos que aceptamos en nombre del progreso y sus fantasmas, novelas, además, que buscan y que encuentran —he ahí otra de sus enormes virtudes— un lenguaje que le disputa el terreno del significante, pero también del significado, al lenguaje del poder.

Peregrinos telepáticos

Tanto Peregrino transparente —que, con el pretexto de contar el viaje de un pintor inglés por la Colombia de mediados del XIX, pintor que, trabajando para una comisión corográfica, se obsesiona con un artista local que no está claro si es real, si es una o varias ideas, si es un colectivo o si es producto del imaginario popular, cuenta otro viaje aún más complejo y hermoso, un viaje a través de las pinturas, tan extraordinarias como fantasmagóricas, de aquel artista elusivo que da cuenta del colonialismo, el racismo, el mercantilismo, el extractivismo y las disputas identitarias— como La telepatía nacional —novela que relata un enloquecido proyecto que, hacia la mitad de la primera mitad del siglo XX, busca crear un parque etnográfico en el último sur del mundo, parque en el que podrían verse las diversas razas que no eran la blanca y cuya ejecución se tuerce tras la llegada, a Buenos Aires, de un grupo de indígenas que traen consigo un extraño perezoso, animal que resulta ser el corazón de un ritual aún más extraño que pone en duda todos los supuestos de la ciencia y las creencias religiosas—, se detienen a mirar el pasado, se atreven a buscar los descarrilamientos de nuestros trenes, se burlan de nuestros dogmas y revientan los motores de lo inmediato.

En ninguna de estas novelas, escritas magistralmente y salpicadas, además, por un humor tan ácido y despiadado que, cuando uno recuerda por qué se está riendo, la carcajada se atora en la garganta, claro está, reina la idea de progreso que nos ha sido vendida. Sin miedo a exagerar, además de celebrar y aplaudir la singularidad radical de las novelas de Cárdenas y Larraquy, su inteligencia por momentos apabullante y su escritura transparente y casi telepática —en el sentido que dice el narrador del argentino: “Lo que llamamos telepatía o imaginamos como una transacción mental, para estos indios es una secreción, algo que se expulsa del cuerpo, como el sudor”—, me atrevo a decir que, aun a pesar de que en alguna hay instantes, poquísimos, en que ciertas ideas se desnudan y se resisten, por lo tanto, a la literatura, se trata de dos de las novelas más importantes de los últimos tiempos.

Últimas anotaciones

No es común esto en nuestra newsletter, querido lector, pero, si no lo hago, se me quedarán algunas cosas que no quiero dejar de decir sobre Peregrino transparente y La telepatía nacional. Por eso, también escribo esto: las de Cárdenas y Larraquy son dos novelas tan desesperanzadoras como extrañamente esperanzadoras, tan devastadoras como creadoras. Cárdenas y Larraquy desarman nuestro continente, desarmando un pedazo de este, para después proponernos mil armados diferentes.

De algún modo, Peregrino transparente y La telepatía nacional son, también, novelas composta —lo digo desde la certeza de que la composta es lo que nos queda—: dan lugar a la belleza, a través de lo que se pudrió y se sigue pudriendo, seamos o no, queramos o no, en realidad, ser conscientes de ellos.

Y son, por último, los libros de Cárdenas y Larraquy, resultado de dos universos interiores vastísimos y de dos imaginaciones asombrosas, desatadas y distantes de todo aquello que se suele considerar como común.

Coordenadas

Peregrino transparente fue publicado por Periférica. La telepatía nacional la publicaron Eterna Cadencia y Fulgencio Pimentel.

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