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Diez grandes películas para adultos que están escondidas en Disney+

Buceamos en las plataformas en busca de joyas cinematográficas. En la cuarta incursión se encuentran títulos de directores como David Cronenberg o Wes Anderson

George Clooney y Shailene Woodley en un momento de 'Los descendientes'.
Javier Ocaña

Abonarse a Disney+ con el fin de encontrar grandes películas para adultos sería como suscribirse a Penthouse en busca de la calidad de los textos. Y sin embargo, escritores célebres como Charles Bukowski, Jack Kerouac y William S. Burroughs escribieron en su día para publicaciones consideradas como pornográficas.

Perdonen el paralelismo, sobre todo tratándose de una plataforma principalmente destinada a los pequeños de la casa, pero en esta serie de piezas que desde hace unos meses estamos haciendo en EL PAÍS con el mejor cine de las principales empresas de streaming, la parada en busca de títulos de excelencia para mayores, en la casa madre de los dibujos animados, del entretenimiento sin pausa ni mesura, de los superhéroes y de las series bobaliconas, tiene algo de paradoja. Aun así, rebuscando entre el carrusel de productos para chavales (o ya crecidos con alma de niño), muchos de ellos excelentes, hay un buen puñado de posibilidades cinéfilas exclusivamente para adultos. Escasas, eso sí, de décadas anteriores a los setenta, pero sí de años posteriores. De modo que, si están abonados solo por y para el disfrute de sus hijos, sepan que hay buenas oportunidades también para ustedes. Las diez películas de esta selección, además, solo pueden verse en este momento a través de Disney+.

- Quiz Show. El dilema (1994), de Robert Redford.

El programa de televisión que triunfa en cada momento histórico de cada país dice mucho de ese lugar, de sus ciudadanos, de su tiempo, de su modo de vivir y de obrar. A finales de los años cincuenta, en los Estados Unidos inmediatamente posteriores al macartismo y anteriores a los asesinatos políticos y a la corrupción de su gobierno, un programa de preguntas y respuestas de cultura general mantiene a la nación pendiente de sus ganadores. Pero el espacio está amañado. Se juega con la ilusión y con la confianza del televidente. Redford, magnífico heredero de la llamada generación de directores del compromiso, la que formaron nombres como Sydney Pollack, Arthur Penn y Alan J. Pakula, con los que había trabajado como actor, recupera su conciencia política para analizar no ya un programa de televisión y su funcionamiento interno, sino las bases políticas y morales de todo un país, con una película crítica, profunda, sofisticada y carismática, alrededor de la dignidad, el trabajo, el sacrificio, la reputación, la libertad, la vergüenza, el poder, la imagen, la envidia, la honestidad y, sobre todo, el dinero.

- La última noche (2002), de Spike Lee.

David Benioff, que más tarde se haría célebre como uno de los creadores de la serie Juego de tronos, adaptó su propia novela con la fuerza de las grandes historias mínimas que trascienden hasta lo máximo. El hundimiento de un hombre, en paralelo al hundimiento de una ciudad, Nueva York, rota un año antes con el atentado de las Torres Gemelas. Los errores, siempre los errores, en este caso los de un joven camello que se ha hecho rico y que, traicionado por alguien cercano, debe pasar siete años en la cárcel. La película cuenta las últimas horas antes del encierro: el abismo de la noche, de la pasión, de lo prohibido, de lo oculto, de lo turbio. Edward Norton, Rosario Dawson, Philip Seymour Hoffman, Barry Pepper y Brian Cox, insuperables. Y Lee, en una obra en principio ajena a su mundo, se luce con una expresiva dirección llena de detalles: rupturas del eje, miradas a cámara, planos subjetivos y supresiones del sonido. Lo que pudo haber sido y lo que fue, con un halo de esperanza, a ritmo de la solemne banda sonora de Terence Blanchard.

- Matrimonio de conveniencia (1990), de Peter Weir.

Tras Único testigo, La costa de los mosquitos y El club de los poetas muertos, escritas por manos ajenas, Weir se adentró en un proyecto más personal y de proporciones más pequeñas, que se encargó de producir, dirigir y escribir. Entonces quizá fuese vista como una más de las abundantes comedias románticas de los noventa. Recuperada hoy, es un prodigio de finura, narración y mirada. El primer cuarto de hora, con sucesivas y maravillosas elipsis, es un curso de cine sutil y a la vez enérgico, en el que Weir lleva la acción justo adonde no se espera, dejando de mostrar lo que la mayoría de directores hubieran enseñado. El matrimonio de conveniencia entre la fría, bella y ordenada Andie MacDowell y el volcánico brío de Gérard Depardieu está condenado de antemano: son dos mundos inconciliables, como los de Único testigo. El forastero en una tierra extraña que no logra cambiar los comportamientos de los ya establecidos, uno de los grandes ejes de la sólida carrera de Weir, tiene en esta preciosa comedia su más singular aportación.

- La profecía (1976), de Richard Donner.

Paradigma del terror adulto de la época, junto con obras como El exorcista y Al final de la escalera, la película de Donner ha adquirido en los últimos años una lectura aún más social e interesante, desplegada en una doble vertiente. Primera, por el mito de las “malas madres”, y el trauma que puede suponer el cuidado de los hijos, representado por una progenitora alejada del estereotipo del cariño, el cuidado exquisito y profesional. Y segundo, a causa de la extendida opinión del “derecho a ser padres”, pese a quien pese y caiga quien caiga, con las consecuentes adopciones ilegales. Lee Remick desconfía de su hijo por fundadas razones, y anticipa en cierto sentido personajes como el de Tenemos que hablar de Kevin. Donner, de entonces 36 años, dirige con pulso maestro la peor de las ideas posibles: que tu hijo sea, directamente, el Mal con mayúsculas. El carisma de Gregory Peck y la memorable perfidia de Willie Whitelaw, musa de Samuel Beckett, completan una película portentosa.

- La mosca (1986), de David Cronenberg.

Las mutaciones del cuerpo están en la base de las obras completas de Cronenberg, y qué mejor conversión que la del científico que se transformaba en mosca de la película homónima original, dirigida por Kurt Neumann en 1956. Ahora bien, el cineasta canadiense, fiel a su cine de la Nueva Carne, más que una transformación, lo que buscó fue todo un caos, una fusión entre dos modelos genéticos distintos. Con apenas tres personajes y una invitada especial, La mosca, casi una película de cámara, plantea el miedo de la sociedad por la carne, alcanzando cotas conceptuales peliagudas: la creación de una segunda naturaleza. El arquetipo del científico loco que interpreta Jeff Goldblum, junto con la trágica historia de amor que suele acompañar el modelo, desemboca así en una figura dolorosa que, simbólicamente, puede quedar asociada incluso a una enfermedad mucho más común. De hecho, en una de las conversaciones de la película se llega a hablar de “una rara forma de cáncer”.

- French connection II (1975), de John Frankenheimer.

Cuatro años después de que William Friedkin ganara el Oscar a la mejor película en una época para el cine estadounidense repleta de obras maestras, Frankenheimer se atrevió a darle continuidad al relato del policía Popeye Doyle, a la caza del elegante narcotraficante Charnier, con una segunda entrega aún más paranoica y sobrecogedora, ambientada en una Marsella sucia e inhóspita. A Gene Hackman y a Fernando Rey les separa esta vez un grupo de policías franceses tan ávidos por acabar con el crimen como recelosos con el trabajo de ese violento americano que desconoce la ciudad y sus métodos. Y Frankenheimer, consciente de que las persecuciones automovilísticas por las calles de Nueva York de la primera entrega eran inmejorables, se aplica con una histórica persecución a pie de ocho minutos, comandada por unos prodigiosos planos subjetivos. Un cruento descenso al infierno de las drogas, con una ambientación que roza el carácter documental gracias a las tomas de la ciudad y sus gentes por medio de teleobjetivos.

- Martha Marcy May Marlene (2011), de Sean Durkin.

En tiempos de crisis de las religiones tradicionales, pero con la misma soledad de siempre, y con la necesidad de cobijo, de apoyo y de una cierta espiritualidad, las sectas ofrecen una falsa esperanza disfrazada de calma, que en realidad encierra una más que probable tumba. El relato alterna los dos años de una joven (la magnífica, y hoy estrella, Elizabeth Olsen) en el seno de una de estas camarillas del amor, la paz, el abuso sexual y la autodestrucción, y su posterior intento de recuperación para una vida convencional. Durkin, desgraciadamente no demasiado prolífico, solo ha firmado desde Martha Marcy May Marlene, estremecedor debut de título insólito y fascinante, una miniserie de televisión en Reino Unido, Southcliffe (2013), y una obra para cines que en España hubo de verse a través de una plataforma más de un año después de su estreno: The Nest (2020). Eso sí, las dos, la serie y la película, también eran espléndidas.

- Veredicto final (1982), de Sidney Lumet.

¿En qué momento un perdedor hundido en la miseria económica, social y moral deja de serlo, y decide intentar luchar contra insalvables molinos de viento, con el fin de recuperar su honra? Lumet enmarca ese instante en un hospital, donde un picapleitos alcohólico hace fotos a una mujer que, por culpa de un error en la anestesia, ha quedado “como un vegetal”. Prepara un juicio que tiene ganado de antemano: 210.000 dólares de indemnización por un acuerdo extrajudicial. Pero, desde aquella iluminación —Paul Newman con la mirada perdida—, el perdedor se rebela ante la limosna que el poder ha decidido otorgar a la familia. Un poder que, en este caso, es la Iglesia Católica, a la que pertenece el hospital. Lumet, gran cineasta de la corrupción, compone entre las lúgubres sombras de la fotografía de Andrzej Bartkowiak el escalofriante y sobrio retrato de la desolación, el martirio y la redención, y una de las más influyentes películas judiciales de todos los tiempos.

- Academia Rushmore (1998), de Wes Anderson.

Suena Nothin’ in the World Can Stop Me Worryin’ ‘Bout that Girl, de los Kinks, mientras Bill Murray lanza pelotas de golf a una piscina, y no se puede ser más feliz admirando con deleite las cuatro esquinas de una imagen. Contraste, modulación del tono, melancolía, atrevimiento. Luego sube al trampolín mientras apura un whisky y hace una bomba perfecta sobre el agua. A veces el cine es tan sencillo y tan profundo como Academia Rushmore. Para los que no somos fanáticos de Anderson, quizá su mejor película. La adolescencia es eso: un extraño periodo de insolencia y de peculiares aspiraciones. Como las de Max Fischer, un papel ideado para las singulares maneras físicas y de interpretación de Jason Schwarztman, aspirante a casanova con una profesora que le dobla la edad, y a la que trata sucesivamente como un lacayo y como un demente. Pero, ¿quién es el adolescente, el personaje de Schwarztmann o el de Murray? La frontalidad en la puesta en escena de Anderson, y su sempiterna colección de canciones maravillosas, hacen diana en una película que hubiera apasionado al Hal Ashby de Harold y Maude.

- Los descendientes (2011), de Alexander Payne.

¿Payne escribe dramas que fluyen como comedias, o comedias en las que siempre subyace el dolor de vivir? Al igual que en A propósito de Schmidt, Entre copas y la posterior Nebraska, el director estadounidense articula un estrambote acerca del absurdo de determinadas situaciones de nuestra existencia, y de las decisiones morales que a veces la envuelven. Una mujer en coma; aunque despierte, nunca volverá a ser como antes. ¿Y cómo era? Feliz, divertida, libre, alcohólica, adúltera. Así que la decisión moral recae en el marido: desenchufarla de las máquinas que la mantienen con vida, y ofrecerle una buena despedida. La despedida (im)posible. Payne hurga en los orígenes de la institución familiar, ofrece una bendita defensa a todos sus personajes, y deja una frase para la eternidad, relacionada con la educación: “Da suficiente dinero a tus hijos, pero no tanto como para que no hagan nada”.

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Javier Ocaña
Crítico de cine de EL PAÍS desde 2003. Profesor de cine para la Junta de Colegios Mayores de Madrid. Colaborador de 'Hoy por hoy', en la SER y de 'Historia de nuestro cine', en La2 de TVE. Autor de 'De Blancanieves a Kurosawa: La aventura de ver cine con los hijos'. Una vida disfrutando de las películas; media vida intentando desentrañar su arte.

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