Justo Navarro: “Estamos en una época de suspensión general”

El escritor granadino publica ‘Bologna Boogie’, novela que afronta la vida cuando Italia (y España) vivían los rescoldos o la realidad del fascismo

Justo Navarro retratado en Málaga el pasado 1 de diciembre.
Justo Navarro retratado en Málaga el pasado 1 de diciembre.García-Santos

Justo Navarro (Granada, 68 años) ha publicado Bologna Boogie (Anagrama, sello de la mayor parte de su obra narrativa). Sus amigos, innumerables, aunque no se vean, porque él vive en Nerja (Málaga), alejado del mundo, tecleando novelas, haciendo traducciones, consideran que su silencio vale oro, porque cuando lo interrumpe solo es para advertir que lo que lleva pensando, y escribiendo, es consecuencia de una sabiduría tranquila y afilada, como la de un bisturí. Esta entrevista, hecha ante el mar de Málaga, tiene raíz en su última novela, que va de la vida cuando Italia (y España) vivían los rescoldos o la realidad del fascismo. Hasta ahora, dice, ha estado huyendo de la pandemia, en su pueblo y en Bolonia, donde tiene su origen este último libro.

Pregunta. ¿Cómo ha vivido esta salud suspendida?

Respuesta. Estamos en una época de suspensión general. Todas las épocas son de crisis, pero esta es una crisis muy peculiar, porque afecta a la salud. Es un momento de terrible inestabilidad económica, fundamentalmente para los jóvenes, pero también para la gente de mediana edad que pierde el trabajo. Y no saben si van a poder volver a trabajar, si van a ir a la calle ya con una edad en la que va a ser difícil que vuelvan a encontrar un trabajo nuevo. Una situación preocupante porque no solo afecta a la salud física, sino también a la salud mental.

P. ¿A usted personalmente le ha afectado?

R. A mí no, porque en Bolonia estuve trabajando. En septiembre cogí la covid, no sé por qué, siempre llevo mascarilla, mantengo las distancias, y así y todo cogí también una gripe pesada. Me costaba trabajo levantarme de la cama y ponerme en la vida.

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P. Estar en Italia es para usted un reconstituyente, de todos modos.

R. Estuve en el curso 1992-1993 en la Academia de Roma y fue fundamental. Escribí allí prácticamente La casa del padre. Fue un cambio general de mentalidad, de modo de escribir, de todo. Una revolución íntima, aunque hubo un momento en que me sentí hundido. Pero ahora, siempre que vuelvo a Italia, para mí es un motivo de felicidad. Estos meses en Bolonia me los pasé yendo a la hemeroteca a ver qué pasaba en 1947, cuando transcurre la novela. Era un tiempo de trabajo feliz viendo un mundo que para mí era una revelación, la posguerra. Veía la retórica de los periódicos, las fotos, las marcas, la publicidad. Veía luego en internet cómo estaban hechas las etiquetas de las botellas, los tapones, cómo eran los paquetes de tabaco… En los periódicos está todo, ya sabe. Me preguntó mi amigo el poeta José Carlos Rosales si sabía de algún poema que trate de periódicos, y me acordé de estos versos de Félix Grande: “Hoy el periódico trae sangre, igual que de costumbre”.

La mayor parte de las cosas que tenemos delante no las vemos. Y para mi escribir es precisamente el intento de ver lo que no se ve a primera vista

P. Un célebre verso de Réquiem, de José Hierro, recoge una esquela de un periódico de Nueva York…

R. Pues le estaba contando a Rosales qué había en los periódicos y me di cuenta de que en aquel recuento de 1947 aparecían también las cartillas de racionamiento, el precio de la carne, del azúcar, cómo subían los precios de las barberías, cuánto valía el viaje en tranvía, qué programas de radio sonaban… En Bologna Boogie aparecen las horas de las emisiones, los incidentes del Giro, contra quién juega el Bolonia… Y lo que me dice José Carlos Rosales: hoy en los periódicos no encuentras nada de eso… Pero internet trae otras cosas buenas.

P. Quizá los periódicos son imaginación más tiempo, así que usted puede reconstruir ese tiempo casi tal como ocurrió…

R. Yo creo que los periódicos, o ese tipo de periódicos, solo con la tipografía de la publicidad o la distribución de la página o de las secciones, están hablando incluso de lo que no quieren hablar, por el relieve que le dan a las noticias o la publicidad que le ponen al lado. Acostumbrado a leer periódicos desde chiquillo sabes meterte en ese pequeño jeroglífico que no está explícito, pero que ahí está. Solo tienes que ver el significado.

P. Sus últimos libros son contemporáneos del fascismo o de su caída. ¿Vuelve ahora el aroma de aquella época?

R. Yo quiero pensar que no. Los hitlerianos, por ejemplo, concurrían a las elecciones, aunque explícitamente eran antidemócratas. El primer objetivo de los fascistas era acabar con la política democrática. Los parafascistas o la extrema derecha de hoy se muestran en su retórica como demócratas, y por el momento no dicen que no quieran respetar las reglas democráticas, aunque determinados partidos estén en contra de la mayoría de la Constitución. Pero creo que esa actitud antidemocrática implícita no existe. Que la tengan como programa oculto quizá, pero explícitamente no la manifiestan como sí la manifestaban los fascistas y los hitlerianos, que eran evidentemente antidemocráticos.

P. Su personaje es un español de Zamora que pasa por Granada y recala en Bolonia. ¿Por qué ese eje?

R. En Bolonia hay un nexo muy fuerte con España, en el Real Colegio de España en Bolonia. Está fundado en la Edad Media y reúne allí lo mejor de la vida académica española. Los bolonios son una élite académica. En aquellos tiempos, 1947, el Colegio de España estaba cerrado desde 1936, y reanudó su actividad un año más tarde. Lo dirigía un granadino y el colegio recibía a determinados huéspedes de familias bien. Imaginé que allí estuviera alojado un profesor de Derecho como invitado. Pensé que ese señor, por alguna razón, había desaparecido, y que por él se preocupaba la familia bien de la que procedía. Así que el Gobierno civil de Granada envía a una persona de su confianza para que buscara a su hijo. Ese enviado sería, en la novela, el comisario Polo, el mismo que preparó en Granada el sistema de seguridad que vigiló la primera visita a España de Eva Perón. Polo no existió, pero hubo alguien que me sirvió como modelo, un jesuita que fue mi director espiritual en los maristas. Tenía los ojos muy grandes, como el lobo de Caperucita, y como el comisario Polo.

No es que en mi haya una voluntad de estilo ni nada de eso. Es mi forma de hablar, mi forma de pensar, mi deseo de ser siempre claro y preciso

P. Se le suele asociar a usted con la novela negra, esa que según dijo Albert Camus podía acabar con el gusto por la literatura.

R. ¡Porque a Camus no le gustaba el negro! En aquella época de Camus era un color muy feo. El noir lo inventó Gallimard, la editorial que popularizó ese tipo de novela. En Italia estaban las camisas negras, pero las novelas negras eran de cubierta amarilla, así que se llaman giallo, como el color. El negro puede ser un color bonito, y también se puede escribir muy bien literatura de ese color.

P. Su literatura incluye la síntesis, el ritmo, no hay suspense como aliento de sus libros. La propia literatura empuja al lector.

R. Bueno, también la literatura está hecha con palabras. No es que en mí haya una voluntad de estilo ni nada de eso. Es mi forma de hablar, mi forma de pensar, mi deseo de ser siempre claro y preciso. También creo que quien escribe debe disfrutar con su herramienta de trabajo. Imagínate un mecánico al que no le gustan las herramientas y al que no le gusta ensuciarse las manos. Hay que disfrutar cuando se escribe, hay que disfrutar de la herramienta de trabajo, de cómo encajan las piezas, de que el motor funciona, marcha.

P. ¿Qué alienta su estilo?

R. Empecé a leer de niño. Me ponía malo y procuraba ir al colegio lo menos posible. Lloraba por la noche, no quería ir. Y llenaba el tiempo leyendo novelas de Plaza y Janés y de Queralt, que publicaban americanos e ingleses. Y después hubo dos escritores que fueron esenciales para mí, Marcel Proust y Kafka, hasta el Malcolm Lowry de Bajo el volcán… De Proust me sigue convenciendo el hilo mental que lleva lo que está escrito, y Kafka me ha enseñado la precisión, la contundencia, la atención a detalles insospechados. La mayor parte de las cosas que tenemos delante no las vemos. Y para mí escribir es precisamente el intento de ver lo que no se ve a primera vista, cosas que parecen absurdas o que parecen disparates y que iluminan un instante de realidad o le dan o le cambian el sentido. Nunca he estado buscando una voz. Yo creo que cada persona tiene la voz que tiene, inevitablemente.

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