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Una frase feliz basta para pasar a la historia

Algunos escritores han alcanzado la posteridad no solo por haber creado obras maestras, sino por ser fuente de anécdotas y sentencias memorables

El escritor Truman Capote, en Venecia en 1950.
El escritor Truman Capote, en Venecia en 1950.GETTY IMAGES

Dijo Borges: “Todos los escritores caminamos hacia el anonimato, solo que los mediocres llegan un poco antes”. No obstante, la posteridad está al alcance de cualquier escritor que, al margen de su talento literario, se haya convertido en una fuente de anécdotas. Oscar Wilde dijo: “La diferencia entre un capricho y una gran pasión consiste en que el capricho puede durar toda la vida”. Del mismo modo, frente a una obra maestra de un autor, cualquier anécdota de su vida es la que lo lleva a la inmortalidad. Solo por una frase feliz muchos han pasado a la historia. Pese a haber escrito más de cien libros, algunos muy notables, Francisco Umbral será recordado porque un día con alguna copa de más dijo en televisión aquello de “yo he venido a hablar de mi libro”. Su gloria le llegará cuando esa frase también pase al anonimato y solo los muy eruditos sepan quién la pronunció por primera vez en el siglo XX.

Requerido por el senador Joseph McCarthy para declarar ante el Comité de Actividades Antinorteamericanas, en medio del salón abarrotado del Congreso, Arthur Miller dijo: “No me siento tan inocente como para maldecir a otros que no han sabido ser fuertes”. Ante ese mismo estrado, el director de cine John Ford había retado a los miembros del comité: “Tienen ustedes media hora para preguntarme lo que quieran. A las diez empiezo el rodaje”. La muerte de un viajante y La diligencia están contenidas en esas respuestas, que son todo un desafío moral. Por su parte, Dorothy Parker resumió el caos de su vida con esta salida: “La primera copa la tomo sobre la mesa, la segunda debajo la mesa, la tercera debajo del productor”.

Cuando a Samuel Beckett se le concedió el Nobel, exclamó: “¡Qué catástrofe!”

Truman Capote se hizo este autorretrato: “Tengo más o menos la altura de una escopeta y soy igual de estrepitoso. Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”. Cuando en Palamós estaba escribiendo A sangre fría fue acogido por un diabólico dilema. Durante sus visitas se había enamorado de uno de los reos, pero necesitaba que los asesinos fueran llevados a la cámara de gas para que su novela tuviera éxito. Si Cristo, en lugar de ser crucificado, hubiera sido condenado a 12 años y un día, su vida habría carecido de interés y no hubiera existido la Iglesia.

A Samuel Beckett se le concedió el premio Nobel en 1969. Recibió la noticia en Tánger. Después de dar las gracias, exclamó: “¡Qué catástrofe!”. Y a continuación se perdió por el desierto de África. Un día, Beckett fue acuchillado gravemente en una esquina de París por un vagabundo. Al salir del hospital lo visitó en la cárcel y le preguntó: ”¿Por qué lo has hecho?”. El vagabundo contestó: “No lo sé.” En esa respuesta está sintetizada la esencia del absurdo que invade toda la obra de este inmenso escritor. He aquí un diálogo de su obra Final de partida. “Cliente: Dios es capaz de hacer el mundo en seis días y usted no es capaz de hacer unos pantalones en seis meses. Sastre: Pero, señor, mire el mundo y mire su pantalón”.

Cuando en 1981 Mitterrand le concedió a Julio Cortázar la nacionalidad francesa, en una pared de Buenos Aires apareció esta pintada: ”Volvé, Julio, qué te cuesta”. Cortázar volvió a Buenos Aires para visitar a su madre muy enferma y se le vio vagar como un extraño por el aeropuerto de Ezeiza sin que nadie lo reconociera ni hubiera ido a recibirlo. Nunca fue aceptado por ninguna autoridad establecida. Hoy en el barrio de Palermo de Buenos Aires hay una plazoleta con su nombre, de la que arranca la calle dedicada a Jorge Luis Borges. Cerca se alarga un paredón donde en la oscuridad se sacrificaban los travestis. En ese paredón estaba escrita esa plegaria para que volviera a casa.

Julio Cortázar, buscando libros en París.
Julio Cortázar, buscando libros en París.Pierre Boulat (Getty)

Dylan Thomas entró en la taberna habitual de Swansea, al sur de Gales, con los cristales empañados por el vapor del alcohol y comentó con un colega acodado a su lado en la barra: “La primera obligación de un periodista es la de ser bien recibido en el depósito de cadáveres”. Y dicho esto, encendió un cigarrillo y pidió una pinta, abriendo así la ola de cerveza sobre la que navegaría siempre hasta naufragar.

John Kennedy y Jaqueline se dedicaban a coleccionar celebridades para adornar algunas cenas privadas de la Casa Blanca. Por su mesa habían pasado Norman Mailer, Saul Bellow, Arthur Miller y los sinatras de mayor o menor tamaño. Incluso Pau Casals había adornado con su violonchelo algunos postres exquisitos. Cuando Faulkner fue invitado, contestó a vuelta de correo: “Señor presidente: yo no soy más que un granjero y no tengo ropa apropiada para ese evento. Ahora bien, si usted tiene algún interés en cenar conmigo, con mucho gusto le invito a mi casa de Rowan Oak, en Oxford, Misisipi”.

La historia de la literatura no es más que un cúmulo de anécdotas, que ocupan los márgenes en blanco de las obras maestras. Son las que llevan a sus autores a la posteridad.

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