José Jiménez Lozano, un escritor contra el mundo

El último tomo de los diarios del premio Cervantes, fallecido hace un año, muestra su versión más crítica y conservadora

El escritor José Jiménez Lozano, en su casa de Alcazarén (Valladolid) en noviembre de 2017.
El escritor José Jiménez Lozano, en su casa de Alcazarén (Valladolid) en noviembre de 2017.NACHO GALLEGO (EFE)

“Años después, comentamos con Aranguren que todo se había torcido: él no había sido el Sartre hispánico, ni César había sido Mitterrand, ni yo Mauriac. Nos reímos, y en paz. Ahora siento una cierta melancolía, y me parece estupendo que nunca me haya tomado estos momentos político-literarios más allá de estos juegos. Pero sí sabíamos que las cuestiones de justicia eran para todos, eran las cosas serias”. José Jiménez Lozano anotó estas líneas en su dietario de 2018. Estaba en el hospital curándose una neumonía y allí recibió la noticia de la muerte de César Alonso de los Ríos, compañero suyo en El Norte de Castilla en los tiempos de juventud y posguerra en que Miguel Delibes, director del periódico, ejercía de mentor de ambos. Si para sus amigos habían reservado en la juventud los papeles estelares de filósofo comprometido y político socialista, a él le tocó el de influyente escritor católico. Dos premios Nobel de literatura y un presidente de la república francesa. Los sueños de grandeur también pasan por Ávila y Palencia.

Esa nota de Jiménez Lozano, premio Cervantes en 2002, forma parte de Evocaciones y presencias, el noveno tomo de sus diarios, recién publicado por la editorial Confluencias. Con esos apuntes de 2018 y 2020 se completan las más de 2.000 páginas autobiográficas de uno de los escritores españoles recientes que más tiempo dedicó a narrar y pensar la vida del campo y la vida del espíritu. Los últimos años, retirado en el pueblo vallisoletano de Alcazarén. Este dietario —interrumpido por la muerte del autor abulense el 9 de marzo de 2020, a los 89 años— es tal vez el más político, combativo y amargo de todos.

El libro completa una obra de 2.000 páginas que ayudó a asentar el género diarístico en España

Junto a sus habituales comentarios sobre lecturas o sus características estampas de la llanura castellana, Jiménez Lozano arremete contra lo que resume en el acrónimo inglés acuñado por Walker Percy en Amor en las ruinas, una novela de ciencia ficción cuyo subtítulo reza: Confesiones de un mal católico en un tiempo cercano al fin del mundo. Ese acrónimo es LEFTPAPASANE. “Con estas letras”, apunta el escritor español, “comienzan las palabras que resumirían el credo de lo que se llama la modernidad, y la felicidad que nos ofrece: Liberty, Equality, Fraternity, The Pill (la Píldora), Atheism, Pot [marihuana] (Potito de droga), Antipollution, Sex, Abortion Now (Aborto Ahora mismo), Euthanasia.Y quizás hay que añadir Bibliofobia, Ingeniera biológica y social, y Cristofobia”. Sus críticas llegan incluso hasta el Vaticano, que, dice, teme tanto “faltar a la modernidad” que “sucumbe de manera crónica” a preocupaciones que él considera ajenas a su misión. Como el cambio climático, lo que le lleva a atribuirle, en tono de broma, el nombre de “Iglesia de la calentología”.

Consciente de su propia evolución, en ocasiones echa la vista atrás para reconocer en su pasado los mismos tics que critica en el presente. Con matices: “Hasta los más reaccionarios —o así se nos consideraba entonces— tuvimos algunos tiempos de profesión progresista y marxismo dulce. Pero habíamos leído y comentado tantas veces El cero y el infinito, de Koestler, y las escrituras de la señorita Simone Weil, que estábamos vacunados hasta contra el marxismo dulce. Pero todos pasamos la gripe. ‘Hasta los gatos tenían tos’, como decían nuestros abuelos de la Ilustración”.

En varios pasajes reprueba con dureza el aborto y la eutanasia
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Guadalupe Arbona Abascal, profesora de literatura en la Universidad Complutense y responsable de la edición de Evocaciones y presencias junto a Javier Jiménez Vicente —hijo del escritor— recuerda que, “algo escandalizada” por la “terrible crítica al mundo contemporáneo” de algunos pasajes, preguntó al autor de El mudejarillo la razón de tal radicalidad. “Este ya no es mi mundo. No lo comprendo”, le respondió. “Puede que no fuera el suyo”, añade la profesora Arbona, autora de Las llagas y los colores del mundo. Conversaciones literarias con José Jiménez Lozano. “Pero nunca dejó de interpelarlo. Le molestaban el sectarismo, la manipulación del lenguaje y la corrección política. Defendía la libertad de pensamiento. Siempre fue así. Por eso trabó una amistad tan especial como Américo Castro”, dice de alguien tan diferente a él y, sin embargo, recordado con devoción en Evocaciones y presencias. Hace unos meses, ella misma se encargó, junto a Santiago López-Ríos, de publicar en la editorial Trotta las cartas cruzadas entre Jiménez Lozano y el historiador exiliado, al que había impresionado la lectura de un ensayo de su entonces joven amigo: Meditación española sobre la libertad religiosa.

Guadalupe Arbona Abascal insiste en la crítica a la “manipulación” del lenguaje porque para Jiménez Lozano era fundamental la llaneza de la expresión: “Escribía como hablaba”. Algo que había cultivado por tres vías: “Escuchar, mirar y leer”. Escuchar las conversaciones de los ancianos en los pueblos de Castilla, “que guardan esa lengua primera nacida en el siglo XVI y que no difiere de la de Santa Teresa o Cervantes”. Observar atentamente “el paso de las estaciones, los pájaros, el vaivén de los días cortos y largos”. Y leer a su “familia espiritual”: Kierkegaard, Pascal, los místicos, la citada Simone Weil.

Por ocuparse del clima, el Vaticano es para él la “Iglesia de la calentología”

Los diarios eran para Jiménez Lozano, sostiene esta estudiosa de su obra, “una forma de continuar la conversación, a la que era tan aficionado; conversar y escribir eran su manera de relacionarse con la realidad”. De ahí su fidelidad a un género que él contribuyó a asentar en las letras españolas con la publicación en 1986 del primero de la serie: Los tres cuadernos rojos. Autores como Miguel Sánchez-Ostiz, Andrés Trapiello, José Luis García Martín o José Carlos Llop se sumarían pronto a ese renacer de la escritura en primera persona.

Anna Caballé, responsable de la Unidad de Estudios Biográficos de la Universidad de Barcelona y autora del ensayo Pasé la mañana escribiendo. Poética del diarismo español, señala precedentes como Josep Pla, Rosa Chacel, Max Aub, Jaime Gil de Biedma o Francisco Umbral y subraya la que, junto a su carácter prolífico —esos nueve volúmenes—, es la mayor singularidad de Jiménez Lozano: su forma “personal e independiente” de entender el diario: “Frente a la mayoría de escritores contemporáneos suyos, que hacen verdaderos esfuerzos por integrarse en la modernidad que apunta en España en los años setenta y ochenta, él va en dirección contraria y se sumerge en los vislumbres que le aporta la vida rural y en su preocupación por el devenir del espíritu religioso. Para entendernos, su inspiración es un autor tan antimoderno como Pascal. Jiménez Lozano es pascaliano y una rareza en la cultura española de los ochenta, cuando todo el mundo desea alejarse del franquismo, es decir, del catolicismo”.

Pese a la dureza de muchas de sus páginas, Evocaciones y presencias incluye, antes de la nota final del 13 de enero, de hace un año, un villancico humorístico escrito contra el “palabreo” ideológico y “para enviar una sonrisa a algunos amigos”. Se titula Promesa política y dice: “Fue el alcalde de Belén a ver al Niño, y dijo: / ‘Si gano las elecciones, habrá posada gratis / los días que nieve o hiele’. Y el Señor del mundo / contestóle al oído: ‘Si haces eso, / volveré a nacer aquí, sólo por verlo”.

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Sobre la firma

Javier Rodríguez Marcos

Es coordinador de la información literaria en 'Babelia', suplemento cultural de EL PAÍS. Antes trabajó en 'ABC'. Licenciado en Filología, es autor de la crónica 'Un torpe en un terremoto' y premio Ojo Crítico de Poesía por el libro 'Frágil'. También comisarió para el Museo Reina Sofía la exposición 'Minimalismos: un signo de los tiempos'.

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