Entrevista | Escritora uruguaya

Fernanda Trías: “Consumimos hasta destruirnos a nosotros mismos”

La escritora uruguaya publica ‘Mugre Rosa’, una novela que preveía el horror de la pandemia antes de que esta llegara

La escritora uruguaya Fernanda Trías.
La escritora uruguaya Fernanda Trías.Fernanda Montoro

Fernanda Trías, escritora uruguaya basada en Bogotá, terminó de escribir su nueva novela, Mugre Rosa, en diciembre de 2019, tres meses antes de que se declarara la pandemia. Cuando la releyó en mayo, antes de que se fuera a la imprenta, entendió que además de escribir su primera novela de ciencia ficción había escrito un relato con poder premonitorio: había imaginado en el 2019 el horror que nos esperaba en el 2020.

La novela es casi una descripción de nuestra vida diaria: una mujer y un niño están confinados en un departamento de Montevideo porque el aire afuera puede ser mortal –en este caso un viento rosa contaminado. Los síntomas iniciales de los enfermos son tos, debilidad, malestar general. Las autoridades le piden a los ciudadanos de Montevideo que no olviden su mascarilla al salir, los hospitales están colapsando, pero algunos ciudadanos difunden teorías conspirativas para negar el peligro. Los mercados están casi vacíos, y a los protagonistas les queda poco más que comer que ‘mugre rosa’: unos subproductos de carne procesada con los restos de los animales.

La novela, de Random House, ya está en las librerías de Uruguay y se encontrará en las de América Latina y España en abril del 2021. Dentro de la literatura sobre epidemias, además de Camus con La Peste o Saramago con Ensayo sobre la ceguera, Mugre Rosa será un libro indispensable para entender lo que nos pasa psicológicamente y socialmente en el confinamiento. El PAÍS habló con Fernanda Trías, escritora de 44 años nacida en Montevideo, sobre su nuevo libro.

Pregunta. El fenómeno mortal de la novela no se llama covid-19 sino ‘El Príncipe’: un viento contaminado que viene del Río de la Plata, que parece ligado a la ‘mugre rosa’ que comen los protagonistas. ¿De dónde viene esta enfermedad?

Respuesta. Un historiador indio que se llama Dipesh Chakrabarty dice que el clima de la historia y la historia del clima están íntimamente ligados, y que han pasado a confundirse. Porque el ser humano como especie se ha convertido en un agente geológico. Desde la industrialización hasta acá comenzó esto que llaman el antropoceno. Yo venía reflexionando sobre las consecuencias del ser humano sobre el medio ambiente, y esta pandemia es consecuencia directa de la manera en la que nos relacionamos con el medio ambiente, de nuestra relación con los animales y las condiciones espeluznantes de la industria alimenticia: los mercados insalubres, las fábricas. Así como el patriarcado es una estructura social de dominación y jerarquía sobre la mitad de la población, también hay una dominación hegemónica y una explotación sistemática del hombre sobre los animales que consiste en la destrucción y matanza sistemática.

Antes de que empezara la pandemia ya tenía muy presente esta sensación apocalíptica de: lo estamos destruyendo todo y no va a haber tiempo para parar esta autodestrucción. Porque si todo sigue así, como creo que va a seguir, para el 2100 el 74% de regiones donde hoy viven personas se van a convertir en entornos inhabitables donde va a haber constantemente enfermedades letales.

P. En la novela hay mucho humor cuando describe cómo los medios de comunicación cubren la epidemia. ¿Ve un paralelo con la forma como se ha manejado la información en estos últimos meses?

R. Sí, claro. Se puede decir que en la crisis actual es la crisis del gran relator. No hay grandes relatos, está atomizado el relato, y yo estaba pensando en la burbuja de información que genera el algoritmo de las noticias en las redes sociales. En las redes estamos hablando solos, o nos leemos entre nosotros, y con discursos o posts convencemos a los que ya están convencidos. Estamos ciegos de una realidad que está en otro lugar y que de pronto, cuando se explota esa burbuja, te explota en la cara. Eso se aplica para la pandemia con todo lo que estamos viendo de los antivacunas, y con toda la falsa información que circula ahora.

Quería también burlarme un poco de la opinología, que ha sido tan patente durante esta pandemia. Con la democratización de las redes sociales e internet, nos alegramos pensando que es una democratización por fin de los medios, pero otra vez nos explotó en la cara nuestro propio invento. Entramos en la era de la opinología individual.

P. La novela también es sobre el confinamiento: la protagonista está encerrada con un niño que cuida. ¿Qué nos dice la novela sobre esta vida en cuarentena?

R. Aunque a mí me gustó mucho imaginar este mundo distópico, a mí lo que me interesaba no era la distopía sino lo que pasaba en la casa de la protagonista, las relaciones humanas y afectivas entre los protagonistas. El encierro en la casa me permitía crear una especie de escenario, como en una obra de teatro, donde las sutilezas de las reflexiones, de las emociones, de los conflictos, cobran protagonismo. Y también porque en el encierro es cuando puedo llevar al personaje contra las cuerdas, acorralándolo y sin posibilidad de escape. ¿Hasta dónde se puede llegar? ¿Qué cosas emergen?

Ahí quería dar mucho espacio a la construcción del recuerdo. ¿Cómo se construye esto que creemos que somos, a partir de todo lo que hemos vivido, pero que también es una edición constante? Todo el tiempo estamos editando nuestro pasado. Hay cantidad de cosas de nuestro pasado que no recordamos, y yo quería darle ese espacio a la protagonista para que hiciera ese viaje hacia el pasado para entender la relación con su madre, con su exmarido, con el personaje de Delfa [su cuidadora]. En la memoria el pasado es pasado, pero también está presente en el momento que lo estamos re-visitando. En ese momento el cerebro no entiende qué es pasado y qué es presente. En el momento que se recuerda, se reconstruye en la imaginación, y por lo tanto se vuelve a vivir.

P. Uno de los temas con los que lucha la narradora es el tema de la maternidad: la madre que abandona y la que cuida no son la misma.

R. La maternidad está en el centro de la novela para mí. La Azotea es la novela sobre el padre, y la madre estaba sorprendentemente ausente. Siempre lo que no está, eso de lo que no se habla, es el núcleo del dolor. Me di cuenta de que el tema de la maternidad lo venía esquivando en mi narrativa. Yo quería pensar cómo se va desarrollando o gestando una relación maternal no biológica. Cómo se deviene madre. Porque la protagonista es una mujer de más o menos 40 años, sin hijos, pero que con todos los conflictos que le genera el niño, va deviniendo madre sustituta de este niño. Y sintiendo conflictos que podría sentir cualquier madre: entre hastío, el hartazgo, la ternura, la protección. Y también quería pensar en los distintos conflictos al ser hija. Quería pensar la maternidad no como una posesión. Para mí es importante esa escena en el que la protagonista recuerda que la madre le forza la comida en la boca, y cuando ella le decía que le estaba doliendo, la madre respondía ‘ya sé que te duele, ¿por qué? porque soy tu madre’. Entonces la maternidad como una posesión versus la maternidad como un tejido de hilos afectivos. Puede haber muchas figuras maternales, y se podría pensar la maternidad de otra manera, y no como una posesión, que al final es una cosa tan patriarcal.

P. La novela también explora un tema médico: la narradora cuida un niño cuyo apetito nunca puede saciarse, tiene una enfermedad conocida como Prader-Willi. ¿De qué es una metáfora esta enfermedad en la novela?

R. Yo descubrí el síndrome de Prader-Willi haciendo traducciones médicas, porque hace muchos años hago traducciones médicas. A partir de la reflexión sobre nuestro vínculo con los animales, y de la manera en que comemos, ya veía que más que comer, nosotros depredamos. Más que alimentarnos, depredamos. Eso en varias áreas, no solo en la alimentación propiamente dicha, sino en lo afectivo. Pienso que en esa compulsión está la necesidad de llenar un vacío, que tiene que ser interno. Existencial o espiritual, como le quieras llamar. Ya conociendo el síndrome de Prader-Willi, no pude evitar ver la metáfora que había entre este síndrome y nuestra sociedad de consumo desaforado. Ese consumo desaforado nos está destruyendo, al igual que el consumo de comida desaforado en las personas que sufren este síndrome. Obviamente ese es incontrolable de verdad, porque falta el comando que permite sentir la sensación de saciedad. Por lo tanto es un hambre constante. Y a mí eso me conmovió mucho, me impactó tratar de imaginar que se puede sentir hambre constante. Es muy doloroso de imaginar. Por lo tanto las personas que nacen con este síndrome sin supervisión, sin control muy estricto, comen hasta destruirse hasta sí mismos, hasta morir. Por obesidad mórbida u otras enfermedades asociadas. Pueden llegar a comer basura, pueden llegar a comer cosas que no son comestibles, pueden ponerse violentos para acceder a la comida.

Evidentemente la metáfora la vi, de este capitalismo voraz en el que vivimos, en el que consumimos hasta destruirnos a nosotros mismos.

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Sobre la firma

Camila Osorio

Corresponsal de cultura en EL PAÍS América y escribe desde Bogotá. Ha trabajado en el diario 'La Silla Vacía' (Bogotá) y la revista 'The New Yorker', y ha sido freelancer en Colombia, Sudáfrica y Estados Unidos.

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