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“Sería inconcebible que España no protegiese el templo de Debod”

Jaled El-Enany, ministro de Antigüedades y Turismo de Egipto, celebra la próxima inauguración del Gran Museo de Giza

El ministro egipcio de Antigüedades, Jaled El-Enany, en septiembre de 2019 en El Cairo.
El ministro egipcio de Antigüedades, Jaled El-Enany, en septiembre de 2019 en El Cairo. Getty

El bullicio del distrito de Al Abasiya, en el corazón islámico de El Cairo, se cuela por las ventanas del despacho de Jaled El-Enany, un egiptólogo de 49 años al que el presidente egipcio, Abdelfatá al Sisi, encomendó en 2016 el complejo Ministerio de Antigüedades y al que sumó el año pasado la estratégica cartera de Turismo. La próxima inauguración del Gran Museo de Giza, el gigantesco contenedor histórico que se alza ya a la sombra del trío de legendarias pirámides, acapara toda la atención de este profesor, a quien le ha tocado pilotar la política de recuperación del turismo cultural tras un lustro catastrófico para el sector en el país de los faraones.

“El Gran Museo”, se ufana, “es uno de los grandes proyectos culturales del mundo, con un presupuesto de mil millones de dólares (924,71 millones de euros) para exhibir en cerca de medio millón de metros cuadrados decenas de miles de objetos del Egipto antiguo, muchos de los cuales serán expuestos por primera vez al público”.

La satisfacción se borra de su semblante cuando la entrevista con EL PAÍS deriva hacia la polémica suscitada en Madrid en torno al templo de Debod por el veterano egiptólogo Zahi Hawass, quien le precedió en el Ministerio de Antigüedades hasta la revolución de 2011. Sostiene Hawass que el monumento nubio rescatado hace 52 años de las aguas de la presa de Asuán y reasentado en el solar de triste memoria del Cuartel de la Montaña sufre a la intemperie las inclemencias del clima madrileño. “Si no se cubre y se protege, habría que devolver el templo a su país de origen”, vino a advertir este carismático egiptólogo, quien hace casi dos décadas reclamó al Museo Británico la restitución de la célebre piedra de Rosetta.

“El templo fue ofrecido al pueblo español con la condición de que fuera visible y accesible”, tercia con pedagogía el ministro El-Enany, “en agradecimiento del pueblo egipcio por su contribución a la campaña internacional de salvaguarda de los monumentos nubios”. La Unesco se dispone a conmemorar en las próximas semanas el 40º aniversario del fin de una de las misiones arqueológicas más importantes de su historia, en la que se rescataron de las recrecidas aguas del Nilo joyas únicas como Abu Simbel. “Ofrecimos a Madrid el templo de Debod”, prosigue su calculada argumentación el titular de la cartera de Antigüedades, “y tenemos plena confianza en que el Gobierno español, que ha dado sobradas muestras de respetar el patrimonio histórico, tomará todas las medidas a fin de proteger de la mejor forma este monumento para disfrute de las generaciones futuras y de toda la humanidad”.

—¿Si España no cubre el templo, como han hecho otros países receptores para prevenir su deterioro, Egipto reclamaría su propiedad?

—Me parecería inconcebible que un país como España, de una gran cultura y civilización, no protegiese el templo de Debod de su destrucción. En caso contrario, tendríamos que discutirlo con nuestros colegas españoles. España tiene una doble responsabilidad sobre un monumento salvado por la Unesco y regalado por Egipto.

El Gobierno de El Cairo repatria regularmente restos arqueológicos desde todos los países del mundo, según el ministro del ramo. “Por vía diplomática, mediante procesos judiciales, a través de negociaciones directas, gracias a donaciones generosas de mecenas del Golfo…”, detalla el profesor El-Enany, quien recientemente apareció fotografiado en la prensa de El Cairo junto a un valioso ataúd dorado recién devuelto por Estados Unidos, después de haber sido vendido a un anticuario en 1971 con documentación falsa. “Todos los países tienen derecho a recuperar sus obras de arte expoliadas”, sentencia.

La época colonial

Mientras que el polemista Hawass no vacila en reivindicar para Egipto el busto de Nefertiti que se exhibe en Berlín o el Zodiaco de Dendera custodiado en el Louvre, el actual responsable de la arqueología egipcia considera que “hay que respetar las decisiones tomadas en épocas coloniales sobre la salida de objetos arqueológicos adoptadas de forma legal”.

El ministro retorna a la zona de confort del Gran Museo de Giza para anunciar su apertura oficial a finales de este año gracias al esfuerzo día y noche de 8.000 obreros y técnicos. Fuentes de su departamento que prefieren no ser citadas apuntan a una fecha en torno al 6 de octubre, cuando Egipto conmemora el victorioso inicio de la Guerra de Yom Kipur contra Israel en 1973. “El nuevo complejo de Giza va a ser un activo cultural y turístico de muy alta calidad. En pocas horas, el visitante podrá acceder a la pirámide de Keops y, a escasos centenares de metros, contemplar en la pirámide moderna del Gran Museo vestigios como el obelisco suspendido o los colosos de Ramsés II”.

“Esperamos alrededor de cinco millones de visitantes anuales, entre extranjeros y egipcios, frente a los tres millones que acuden al viejo museo de la plaza de Tahrir”, agrega El-Enany. La construcción de nuevas carreteras y hoteles acompaña el proyecto, que cuenta ya con el nuevo aeropuerto internacional de la Esfinge a una veintena de kilómetros. El vuelco del turismo cultural hacia Giza, al oeste de la congestionada ciudad de El Cairo, resulta tan patente como la huida del Egipto oficial en dirección al este, donde se ultiman las faraónicas obras de la nueva capital administrativa, también auspiciada por el presidente Abdelfatá al Sisi.

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