En defensa del premio Espasa

Lo más noticioso no ha sido lo más destacado: el galardón ha recaído en un desconocido y, a menos que el jurado denuncie lo contrario, corre el intolerable riesgo de ser un premio limpio. Lo nunca visto

Rafael Cabaliere, Premio Espasa de Poesía 2020.
Rafael Cabaliere, Premio Espasa de Poesía 2020.

El lunes pasado la editorial Espasa arruinó con un comunicado la ilusión de miles de lectores: el ganador de su premio de poesía no es un robot. Muchos soñábamos con que lo fuera. Llevamos siglos esperando un Homero de silicio que escriba una obra maestra, una verdadera odisea del espacio fruto, por fin, de la inteligencia artificial, un artefacto, en fin, digno de la máquina de razonar de Ramón Llull o del método para componer relatos de Raymond Roussel. ¿Sería una estafa? Si el resultado es bueno, no. A muchos de los libros que llenan las librerías les vendría bien pasar por el corrector automático. ¿Una humillación para los humanos? La misma que supuso la victoria del Deep Blue de IBM sobre Gari Kaspárov en 1996: ninguna. Como dijo, tirando de lirismo, el campeón mundial de ajedrez: la Luna no es menos enigmática porque el hombre haya puesto sus pies en ella.

A la sospecha de que Rafael Cabaliere pudiera ser una máquina le siguió la de que pudiera ser el pseudónimo de un autor empeñado en trolear el galardón. Otra ilusión frustrada: la de que hubiera compuesto sus poemas tomando palabras de aquí y de allá (ahora unos gramos de autoayuda, luego un estado de Facebook). Parece que los ha escrito él. Lástima. Por un instante pensamos que se trataba, ya que no de un robot, sí al menos de un cruce entre Walter Benjamín —que soñaba con escribir un libro compuesto totalmente de citas (eslóganes publicitarios incluidos) — y Kenneth Goldsmith —defensor de la escritura no creativa —. ¿Por qué añadir un texto más al mundo si podemos reciclar los que existen?

Cuando se comprobó que Alzando vuelo no era fruto de una máquina ni de un plagiario, sus críticos buscaron un nuevo objetivo: las redes sociales. El ganador ha cometido el pecado de tener muchos seguidores en Instagram y Twitter—entre ellos tal vez, ojalá, algún robot— y la editorial lo habría tenido en cuenta a la hora de pagarle 20.000 euros. Como el Capitán Renault en Casablanca, algunos espíritus puros parecen haber descubierto que “aquí se juega”. Se olvidan de que el criterio de arrimarse a alguien con muchos fologüers lleva décadas inventado: es el mismo que se sigue a la hora de premiar —o de publicar— a un novelista superventas, a un presentador de televisión o a alguien que escribe en EL PAÍS. Aviso para investigadores: en un mes se falla el Planeta (buque insignia de la empresa propietaria de Espasa).

Cabe la posibilidad de que el poemario de Cabaliere sea, sencillamente, malo. Habrá que leerlo para emitir un juicio. Si así fuera, solo sería otro más entre tantos libros malos como se premian -o encargan- cada año. Paradójicamente, lo más noticioso, por infrecuente, no ha sido lo más destacado: el Espasa de poesía ha recaído en un perfecto desconocido y, a menos que el ilustre jurado denuncie lo contrario, corre el intolerable riesgo de ser un premio limpio. Lo nunca visto.

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