Un dislate sobre terrorismo

Desde su primer minuto, toda la película, debut en la dirección de Irene Zoe Alameda, es de echarse a temblar

Fernando Gil y Rocío Yanguas, en 'La cinta de  Álex'.
Fernando Gil y Rocío Yanguas, en 'La cinta de Álex'.

El primer minuto de La cinta de Álex, debut en el largometraje de la habitual escritora Irene Zoe Alameda, es ya para echarse a temblar porque se acumulan las malas decisiones: de concepto, de puesta en escena, de montaje, de visualización, de sonorización. Hay decenas de maneras de rodar una explosión en un lugar público con una niña como víctima. La directora elige siete planos consecutivos de tensión, filmados a cámara lenta, con notas musicales vehementes de fondo, e intercalados por seis cortes de montaje a negro. El octavo plano es ella volando, saliendo despedida por el aire, mientras un risible fuego creado con infumables efectos digitales ocupa buena parte de la pantalla. Si no hay dinero en producción para fabricar un bombazo creíble y realmente impactante, existen recursos como el fuera de campo para resultar más elegante, más cinematográfico. Quizá, incluso más ético.

Los minutos siguientes no son mucho más alentadores. Tras una secuencia en el pasado de la explosión, con la que comienza el largo flashback que ocupa buena parte del relato y que sirve de presentación del personaje de la cría, caprichosa y petulante, Alameda coloca a la niña haciendo una maleta para mudarse con su padre y lo monta con infinidad de planos cortantes, de apenas unos fotogramas. La directora parece querer hacer muchos ejercicios con el montaje desde el principio, pero no tienen mucho sentido más que el simple y llano porque sí. Ni narrativo ni dramático.

El resto de la película es peor aún. Un drama familiar de redención social y encuentro entre culturas, de exotismo impostado desde el primer mundo, cursi, condescendiente y de infantil discurso moral, repleto de situaciones ridículas (el momento “¡socorro, este criminal me está atacando!” se lleva la palma) y de cancioncillas cuyas letras, también de Alameda, quizá lo digan todo: “Cuando algo es bueno, nadie se opone (…). No hay naciones, no hay fronteras…”. Cuando a mitad del metraje se introduce el elemento terrorista y comienzan los flashbacks de las torturas al padre de la niña en una cárcel secreta para yihadistas, el control del tono y de la historia se ha perdido por completo.

Alameda, guionista, realizadora y productora de La cinta de Álex, exdirectora del Instituto Cervantes de Estocolmo, compositora musical, ensayista y novelista, estuvo en el centro de una polémica política hace siete años, cuando se descubrió que estaba detrás de la identidad fantasma de Amy Martin, supuesta autora estadounidense que escribió numerosos artículos para la Fundación Ideas del PSOE, cerrada un año después. Sin haber tenido el gusto de leer nada de Alameda, ni como articulista ni como novelista, es imposible que su calidad literaria sea peor de lo que cinematográficamente es este dislate de película.