Museo Thyssen

Camiones blindados y metralletas para sacar ‘Mata Mua’ del Museo Thyssen

El cuadro propiedad de Carmen Cervera se descolgó a principios de junio. El día 8 salió de la institución pública, camino de su nuevo destino, entre fuertes medidas de seguridad

Trabajos de embalaje de ‘Mata Mua’, en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, el 5 de junio de 2020.
Trabajos de embalaje de ‘Mata Mua’, en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, el 5 de junio de 2020.EL PAÍS

España entraba en fase 2, había vuelto a las peluquerías y a las terrazas. Los museos anunciaban que abrían sus puertas después de casi tres meses y Mata Mua (1892) desaparecía del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Ocurrió poco antes de que los visitantes regresaran a las salas, según aseguran los abogados de Carmen Cervera a EL PAÍS. La brigada del museo descolgó el lienzo de Paul Gauguin de la galería L, dedicada a las pinturas impresionistas y posimpresionistas. El sábado, 6 de junio, ya no quedaba rastro de la idílica visión de Tahití que colgaba sobre las paredes pintadas de salmón, color que Tita eligió en 2004 para decorar y distinguir del resto del museo las 16 estancias en las que muestra su colección prestada al Estado desde hace casi dos décadas.

Una semana antes, con el protocolo de la nueva normalidad para museos recién aprobado, el Ministerio de Cultura anunció la esperada reapertura de Prado, Reina Sofía y Thyssen. Mientras tanto, los abogados de Cervera —los exministros de los Gobiernos de Aznar Ángel Acebes y José María Michavila— remataban la operación de salida del Mata Mua. En enero, una semana después de la marcha de José Guirao como ministro de Cultura, pidieron a su sustituto, José Manuel Rodríguez Uribes, permiso de exportación definitiva para el cuadro, rompiendo el acuerdo al que habían llegado con el responsable cesado. El 30 de marzo, y aunque los plazos administrativos estaban suspendidos desde la declaración del estado de alarma, el nuevo ministro concedía la marcha.


La propietaria del cuadro, vicepresidenta del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, aguardó dos meses. El día en que lo retiraron, junto a los operarios se encontraban el jefe de restauración, Ubaldo Sedano, y la jefa de registro, Marián Aparicio, así como Lucia Cassol, figura clave en la salida del icono más popular de las 426 pinturas cuyo alquiler al Ministerio de Cultura la propietaria negocia desde 2011.

Cassol es una de las personas del museo en las que Carmen Cervera confía y le encargó que acompañara el cuadro hasta que estuviera de vuelta en sus manos. Cervera conoció a la especialista en Lugano (Suiza), donde gestionaba las colecciones privadas del barón Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza. Fue la responsable del traslado, en 1992, de las 775 piezas que el Estado había alquilado al barón —y más adelante compró por 350 millones de dólares— desde la residencia Villa Favorita al palacio de Villahermosa en Madrid. Cervera nombró a Cassol jefa de registro, puesto en el que ha permanecido desde la apertura del museo en 1992 hasta su jubilación hace unos meses. Ahora ha sido correo, que es como se denomina al experto que acompaña y supervisa el traslado de obras, y no se separa de la obra hasta que llegue a su destino, en este caso la cámara acorazada de un banco de confianza de Cervera.

Listo para embalar

El lienzo de Gauguin bajó a las dependencias del equipo de restauración. Allí, sobre la mesa de operaciones, Ubaldo Sedano volvió a inspeccionar el cuadro que tan bien conoce, para confirmar que mantenía la buena salud con la que lo habían dejado en una intervención reciente. Dejó por escrito su diagnóstico en el “acta de estado de conservación”, donde detalló la estabilidad del pigmento, el estado de la estructura y de la trasera y el marco. Junto al análisis aparece un “mapa de daños” de la pieza, con fotos de estas tres partes en las que se reconocen y señalan los puntos dañados antes de ser embalada. Marián Aparicio firmó el informe y dejó el Mata Mua listo para embalar.

Cassol dio instrucciones a los trabajadores de la empresa de transporte para que introdujeran el lienzo en la caja construida para la ocasión. Pesa 82 kilos, está diseñada para controlar las condiciones climáticas de temperatura y humedad en su interior e incorpora un sistema en suspensión antimovimiento. Antes, la preciada pieza fue envuelta en papel tissue, libre de ácido, una costumbre del museo Thyssen. La dueña pidió a la empresa de transportes que pintaran la caja de madera de color amarillo fluorescente. El precio de este tipo de embalajes ronda los 1.500 euros. En la salida de Mata Mua, “el seguro y el transporte corren a cargo de la propiedad, y el coste del embalaje lo asume la Fundación Thyssen, pues así está estipulado en el contrato original”, explican los abogados. El seguro asciende a unos 60.000 euros y el transporte a cerca de 12.000 euros.

El cuadro se mantuvo embalado en las salas de restauración durante el fin de semana, hasta el lunes 8 de junio. Ese día llegó un camión blindado acompañado por otros dos, que realizaban las labores de escolta. Los operarios, dirigidos por Cassol, anclaron con cinchas la caja a la pared derecha del remolque (hay menos vibración en esa parte del vehículo). Entonces se produjo una curiosa escena: el vehículo subió la rampa del garaje, cruzó la verja, accedió a la calzada y se despidió del museo ante la fila de personas que aguardaba en la calle para entrar en el Thyssen. Por delante y por detrás, iban los automóviles con personal de seguridad privada, armado con ametralladoras.

La caravana no puso inmediatamente rumbo a su destino internacional, que los implicados prefieren no desvelar por motivos de seguridad. Antes pasó una noche en la cámara acorazada de la empresa de transportes, para partir el martes, 9 de junio, a las siete de la mañana. El vehículo no puede superar los 90 kilómetros por hora, ni desviarse del trazado previsto o detenerse a hacer noche en el camino. Los cuadros propiedad del Estado, que salen en camión a una exposición internacional, hacen noche en la casa cuartel de la Policía Nacional, en Basauri. Pero Mata Mua no pernoctó allí. Le esperaba un viaje de ocho horas. Lucia Cassol iba en la cabina, junto a dos conductores que se alternaron al volante cada cuatro horas. Llegaron por la tarde al banco en el que depositaron la obra y una vez allí, con la dueña presente, abrieron la caja y confirmaron que no había habido problemas. A partir de ese momento, Carmen Cervera se hizo cargo del almacenamiento y del seguro de la obra, protegida hasta ese momento por la garantía del Estado.

La coleccionista segura que no quiere venderla, aunque nunca antes había jugado tan fuerte en las negociaciones, que se han prorrogado hasta el 31 de septiembre. Ojalá entonces haya que contar este camino a la inversa.

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