“Un pacto solidario con la vida”

Escritores, filósofos y artistas reflexionan sobre el significado de vivir confinados

Una mujer lee en un balcón de Barcelona durante el confinamiento por el nuevo coronavirus.
Una mujer lee en un balcón de Barcelona durante el confinamiento por el nuevo coronavirus.©Consuelo Bautista

Confinados. Dice Juan Marsé (Encerrados con un solo juguete, Premio Cervantes): “Las normas del confinamiento no son ajenas al escritor. Los objetivos son diferentes, pero en ambos casos pretenden lo mismo: un pacto solidario con la vida, una gentileza de la imaginación y la esperanza”. El último Cervantes, Joan Margarit (El orden del tiempo), cita la elegía que dedicó al arquitecto Coderch: “Decía: la casa debe ser virtuosa y humilde. / Ni independiente ni vana. Ni original ni suntuosa”. Emilio Lledó, filósofo (Memoria de la ética): “En la Guerra Civil sabíamos que lo malo eran las bombas que yo he visto caer, cuando los maestros nos echaban al campo, que era menos peligroso que estar bajo techo. Pero hoy es más misterioso. No vemos caer las bombas, ni oímos las explosiones, y no sabemos qué cara tienen el horror y la sangre. Lo que sí oigo es el charlataneo”.

Federica Marangoni, escultora, confinada en Venecia: “¡¡¿Estoy viviendo una broma del destino?!! Es como un bosque de Alicia congelado y vacío por un encanto del que no nos va a salvar un príncipe. Estamos dentro de una película de ciencia ficción, como Blade Runner. ¿Cómo serán los vivos cuando volvamos?”. Nuccio Ordine, filósofo (La utilidad de lo inútil), en Calabria: “La humanidad es hoy un único continente. Los recortes en la educación y en la sanidad, pilares de la dignidad, revelan la fragilidad de nuestra sociedad. Es inexistente la unidad de Europa. Me preocupa que aprovechen la enseñanza telemática para convertir la excepción en la normalidad”.

Desde Hannover, Alemania, Fernando Aramburu (Patria): “He visitado cuatro países desde que se supo que la epidemia del Covid-19 empezaba a alcanzar dimensiones inquietantes en Italia. En todos ellos me fue dado observar una similitud de comportamientos. El ser humano se acoraza de cultura, leyes, principios morales, con el fin de mantener a raya su naturaleza animal. En caso de emergencia, dicha coraza se desintegra fácilmente, a veces, como en el caso actual, de forma colectiva, lo que da lugar a episodios multitudinarios de pánico. No es raro que en tales situaciones coincidan el egoísmo extremo, encaminado a la propia supervivencia, y los gestos solidarios rayanos en la heroicidad. He visto estos días a adultos disputarse, a viva fuerza, el último paquete de papel higiénico de la estantería y a sanitarios que arriesgan su salud por atender a contagiados. Sigo creyendo que aquellos ciudadanos que supieron aprovisionarse de cultura están mejor dotados para arrostrar el confinamiento, ejercer el sosiego en circunstancias difíciles y poner sus conocimientos al servicio de los demás. Está en la naturaleza del hombre, como afirmó Spinoza, perseverar en el ser. En este punto los humanos no se diferencian de los delfines, las moscas o los abedules”.

Claudia Piñeiro (La viuda de los jueves) expresa desde Buenos Aires su estupor ante la negación que responsables de países hacen de la evidencia de lo que ya ha pasado en otros lugares. “Y mientras, la gente desamparada ante un virus que mata y que se desparrama sin entender de fronteras”. Desde Bombai (“más silenciosa, entrando despacio en el confinamiento”), en la India, Mahruk Tarapor, ex directora adjunta del Metropolitan de Nueva York, siente que “esta extrañeza que sufrimos seguirá hasta que nos instalemos en una nueva normalidad”. Theodor Kallifatides (Otra vida por vivir) evoca desde Estocolmo a Aristóteles (“Esperamos los peligros con conocimiento y experiencia. Lo inesperado lo afrontamos con el carácter”). “Esperemos”, añade Kallifatides, “que ante este drama nos quede cierto carácter”.

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